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Pensemos por un momento en personas que son muy orgullosas. ¿Qué tienen en común? Tienen en común que se creen superiores a los demás. Se ven a sí mismos como más bonitos, más inteligentes, más talentosos, más simpáticos que el resto de la gente que los rodea.Con mucha razón C. S. Lewis afirmó que el orgullo tiene su base en la comparación o la competencia (Cristianismo 31 nada más., p.123). El orgulloso siente placer, no tanto por ser poseedor de algo valioso, sino por tenerlo en mayor medida que los demás. Es así como la mujer orgullosa de su hermoso cuerpo se vanagloria, por sobre todas las cosas, porque es más bonita que «la competencia». Y el talentoso jugador de fútbol se jacta, no tanto por dominar este deporte, sino porque es el mejor del grupo.
Esta actitud, sin embargo, no es buena. De hecho, la Biblia condena el orgullo y sus similares (la vanagloria, la altivez, la arrogancia, etc.) en forma contundente. Dice, por ejemplo, que el orgullo acarrea deshonra (Prov. 11:2), va seguido del fracaso (16:18) y de la humillación (29:23).
¿A qué se debe esto? Basta pensar en la caída de Lucifer para saberlo: «¡Cómo caíste del cielo, lucero del amanecer! Fuiste derribado por el suelo, tú que [...] pensabas para tus adentros: "Voy a subir hasta el cielo; voy a poner mi trono sobre las estrellas de Dios; voy a sentarme allá lejos en el norte"» (Isa. 14:12-13).
Yo, yo y solamente yo. El problema de Lucifer no fue su belleza, ni su inteligencia. Su problema fue que se comparó con los demás y se vio a sí mismo como la súper maravilla de la creación. Subió tanto que la caída no pudo ser más estrepitosa.
Y tú, ¿sientes que eres brillante? ¿Tienes muchos talentos? ¿Un bonito cuerpo? ¿Un rostro atractivo? Ten en cuenta dos cosas. En primer lugar, no te compares, porque no eres ni mejor ni peor que nadie. Todos somos hijos del mismo Dios. En segundo lugar, dale gracias a tu Creador, porque nada tienes que él no te haya dado.
Gracias, Señor, por los talentos y dones que me has dado. Me propongo usarlos para tu gloría. 
Recuerda, la palabra de Dios dice: 
Tras el orgullo viene el fracaso; tras la altanería, la caída. Proverbios 16:18

 Tomado de Meditaciones Matutinas para jóvenes
Dímelo de frente - Por Fernando Zabala


Son muchas las historias que se cuentan de Nasrudín, un personaje legendario que se cree vivió entre los siglos trece y quince. Una de ellas relata que, mientras trabajaba como barquero, a Nasrudín le tocó transportar a un profesor de gramática.
—¿Cuánto sabe usted de gramática? —pregunta el hombre a Nasrudín.
—Nada —responde Nasrudín.
—Pues le diré que ha perdido usted la mitad de su vida.
Nasrudín guarda silencio. Más tarde durante el viaje, se desata una tormenta y la barca es golpeada con furia por el viento y las olas. Las aguas embravecidas golpean la pequeña embarcación y tanto Nasrudín como el profesor son lanzados con fuerza al agua. Entonces Nasrudín grita al profesor:
—¿Sabe usted nadar?
—¡No! —responde el hombre, aterrado.
—¡Pues le diré que ha perdido usted, no la mitad, sino toda su vida!

Si algo nos enseña este relato es que el conocimiento que puede ser útil en un aspecto de la vida, puede ser completamente inútil en otro. Por muy importantes que sean, por ejemplo, la gramática y las matemáticas, de nada sirven si te estás ahogando y no sabes nadar.

De acuerdo a esto, bien podríamos decir que hay conocimientos útiles y conocimientos indispensables, tal como lo ilustró el Señor Jesús con la parábola del hombre rico (ver Luc. 12:13-21). La habilidad de este hombre en los negocios le fue útil para acumular muchas riquezas. Sin embargo, resulta curioso que Dios lo llamó «necio». ¿Por qué lo llamó «necio» y no «sabio»? Porque este hombre había descuidado el conocimiento indispensable. Por muy hábil que haya sido en el manejo del dinero, no puede ser sabio quien solo haga planes para esta vida. No se le puede llamar sabio a quien pase por esta vida sin el conocimiento indispensable, el de Dios: A fin de cuentas, ¿quién es realmente «sabio»: el que más sabe, o el que sabe las cosas que más importan?

No permitas que ningún conocimiento secular, por importante que sea, te impida obtener el conocimiento más valioso: el del único Dios verdadero, y de Jesucristo, a quien él ha enviado. No hacerlo equivale a perder, no la mitad, sino toda la vida.
Padre celestial, capacítame para que nada me impida conocerte a ti, y a Jesucristo, tu Hijo amado.
Recuerda la palabra de Dios nos dice:  Y esta es la vida eterna: que te conozcan a ti, el único Dios verdadero, y a Jesucristo, a quien tú has enviado. Juan 17:3, NVI " 

Tomado de Meditaciones Matutinas para jóvenes
Dímelo de frente - Por Fernando Zabala








¿Cuál es la mejor arma contra la tentación? Es la profunda convicción de que no importa donde estemos ni lo que hagamos, la presencia de Dios nos acompaña. Probablemente ningún ejemplo ilustre mejor esta afirmación que el de José, el hijo de Jacob.
Cuando era todavía un adolescente, José fue vendido como esclavo por sus hermanos a unos ismaelitas que iban rumbo a Egipto. Allí fue comprado por un capitán del ejército de Faraón llamado Potifar. Aparentemente, no pasó mucho tiempo antes que Potifar se diera cuenta de que «el Señor estaba con José y le hacía prosperar en todo» (Gen. 39:3, NVI), razón por la cual lo nombró su administrador principal. Pero así como la calidad del trabajo de José no pasó inadvertida para su patrón, el físico del muchacho tampoco pasó desapercibido para la esposa de Potifar, que comenzó a acosarlo sexualmente.
La hora de la verdad para José llegó un día en que «todo el personal de servicio se encontraba ausente» (Gen. 39: 11, NVI). Ese día, la desesperada mujer atacó con toda su artillería pesada. «¡Acuéstate conmigo!», le propuso la mujer a José. Y la cosa no era en juego. Si José cedía a las propuestas indecentes, traicionaba la confianza de su patrón y, peor aún, pecaba contra Dios. Si se negaba, arriesgaba su propia vida. La importancia de lo que estaba por ocurrir era de tal magnitud que, según Elena G. de White, «los ángeles presenciaban la escena con indecible ansiedad» (Patriarcas y profetas, p. 193).
¿Cómo resistió José semejante ataque? «Salió corriendo y dejó su ropa en las manos de ella» (vers. 12). ¿Por qué corrió? ¿No estaban sus hormonas funcionando bien? Nada de eso. Escuchemos por qué rechazó la tentadora oferta: «Mire, señora: mi patrón ya no tiene que preocuparse de nada en la casa, porque todo me lo ha confiado a mí, [...] excepto meterme con usted, que es su esposa. ¿Cómo podría yo cometer tal maldad y pecar así contra Dios?» (Gen. 39: 8, 9, NVI, el destacado es nuestro).
¿Dónde estuvo el secreto de su éxito? José nunca perdió de vista a Dios. Por eso, Dios nunca lo perdió de vista a él.
Señor, cuando llegue la tentación, que yo pueda decir: «¿Cómo podría yo pecar así contra Dios?».
Recuerda, la palabra de Dios te anima a pensar frente a la tentacion, preguntandote como Jose : “¿Cómo podría yo hacer algo tan malo, y pecar contra Dios?” 
(Génesis. 39:9).

Tomado de Meditaciones Matutinas para jóvenes
Dímelo de frente - Por Fernando Zabala




Estaba a bordo de un avión. La noche anterior no había dormido bien y me propuse recuperar parte del sueño perdido mientras viajaba. Me tocó uno de los primeros asientos. En la misma fila, pero en el ala contigua, se sentó un señor de mediana edad. Al parecer, tenía planes idénticos a los míos. Mientras me acomodé para dormir, él hizo lo mismo. Entonces ocurrió algo inusual. Apenas el hombre recostó la cabeza en el respaldo del asiento, en cuestión de segundos comenzó a roncar.

Y mientras él dormía plácidamente, yo ensayaba una y otra posición sin poder conciliar el sueño. ¿Por qué él podía dormir tan rápida y profundamente, y yo no?, me preguntaba. Entonces me puse a leer. El hombre durmió hasta que una azafata lo despertó para preguntarle si quería comer. Se despertó, devoró la comida y... adivina qué. De nuevo recostó la cabeza e inmediatamente se volvió a dormir! Y yo... bien, gracias. El hombre se despertó cuando el avión aterrizó. No pude evitar sentir cierta envidia.
El Diccionario de la lengua española define la envidia como la «tristeza o pesar del bien ajeno»; o también, el «deseo de algo que no se posee». En mi caso, no pasó de ser un sentimiento pasajero que desapareció cuando bajé del avión. La envidia no tuvo tiempo de ser alimentada.

El problema con la envidia comienza cuando abrigamos la idea de que nos falta algo que otros sí poseen: el bonito cuerpo de Andrea, la habilidad deportiva de Manuel, la simpatía de Carmen, el automóvil de Esteban... Y se complica cuando permitimos que ese sentimiento vaya creciendo. Es decir, cuando lo alimentamos. ¿Cómo se alimenta? Cuando nos dedicamos a pensar en «eso» que no tenemos: el cuerpo de Andrea, la habilidad de Manuel...

Ese fue, precisamente, el problema de Lucifer, con respecto a Jesús. Y también el de Caín con relación a Abel. Y el del rey Saúl con David. En cada caso, la envidia se fortaleció en el corazón, luego dio lugar al odio y, finalmente... llegó el desastre.

¿Cuál es la solución? Demos gracias a Dios por lo que tenemos en lugar de lamentar lo que nos falta.
Señor Jesús, gracias por las cosas buenas que me has dado y porque me amas tal como soy.

 Recuerda, la palabra de Dios dice: “La mente tranquila es vida para el cuerpo, pero la envidia corroe hasta los huesos” (Proverbios 14:30).

Tomado de Meditaciones Matutinas para jóvenes
Dímelo de frente - Por Fernando Zabala





¿Tú que piensas? ¿Aumentan o disminuyen las posibilidades de divorcio cuando la pareja ya ha tenido relaciones sexuales antes del matrimonio? 
La respuesta es: aumentan los divorcios. Esta es la conclusión a la que llega el psicólogo David Myers en su libro The Pursuit of Happpiness (La búsqueda de la felicidad, pp. 162,163.), después de analizar los resultados de siete estudios. Tres de esas investigaciones tuvieron carácter nacional: en los Estados Unidos, Canadá y Suecia. En todos los casos los resultados fueron similares: el porcentaje de divorcios aumenta significativamente entre las parejas que ha cohabitado antes de casarse.
¿Qué factores se combinan para que se produzcan estos resultados? El mismo Myers menciona que las parejas que viven juntos sin casarse son más propensas a tener relaciones fuera del matrimonio; es decir, tiende a ser infieles a sus cónyuges después de casarse.
Otros investigadores señalan que muchas de estas parejas que tienen sexo sin casarse por lo regular tienen pocas cosas en común. Por ejemplo, no comparten los mismos valores ni las mismas metas. Casi se podría decir que el vínculo que los mantiene unidos es el sexo. Pero ya sabemos que «no solo de sexo vivirá el hombre»
Hay todavía otro factor. Los jóvenes que experimentan con el sexo muchas veces terminan casándose con otra persona. Y después que se casan, no pueden evitar las odiosas comparaciones: «Mi esposa es una buena mujer, pero no supera a Patricia en la intimidad»; «Ricardo no sabe besar tan bien como lo hacía Carlos», etc.
En conclusión, si algo prueba los «matrimonios a prueba» es que son una desgracia, tanto para los que se aventuran en esta causa perdida como para la sociedad. Por lo tanto, vale la pena esperar hasta el matrimonio. Solo así disfrutarás sin sentimientos de culpa de las delicias de ese precioso regalo que Dios nos dejó: el sexo como parte de una relación de amor que se establece para toda la vida.
Padre celestial, ayúdame a esperar hasta el día de mi boda para disfrutar de la intimidad sexual como tú mandas.

 Recuerda , la palabra de Dios dice: "Por eso el hombre deja a su padre y a su madre para unirse a su esposa, y lo dos llegan a ser como una sola persona. (Génesis 2:24)
Tomado de Meditaciones Matutinas para jóvenes
Dímelo de frente - Por Fernando Zabala



Cuando era niño, imitaba a los superhéroes de las tiras cómicas. Cuando llegué a la adolescencia, comencé a imitar a los deportistas famosos. Y ya de adulto, he tenido que resistir la tentación de ser como algunos pastores y profesionales de éxito.
¿Hay algo malo en desear ser como otros? No hay nada malo en las fantasías infantiles de imitar a los héroes. Y mucho menos en imitar los buenos hábitos y las buenas acciones de los adultos que nos rodean. El problema se presenta cuando nos sentimos inconformes con lo que somos y comenzamos a copiar a la gente que admiramos: vestir como Carlos, caminar como Isabel, hablar como Alejandro; un cuerpo como el de Julia, un físico como el de Roberto; un peinado como el de Cintia.
Al querer parecernos a otros, en el fondo estamos admitiendo que hay algo malo con lo que somos; es decir, estamos perdiendo de vista el hecho de que Dios nos creó de manera única, con características y talentos que no se repiten en ningún otro. Los atributos de Carlos, Julia, Alejandro, Isabel, y de tantos otros, son sus atributos. Pero cada individuo tiene características distintivas, que hacen de él o ella una persona especial, diferente de todas las demás. ¿Porque entonces tratar de ser como los demás?
¿Te imaginas qué triste había sido si Josué, el héroe bíblico, hubiera intentado copiar a Moisés, a quien reemplazó en la posición de líder del pueblo de Dios? La tentación tiene que haber sido muy grande para Josué, por cuanto Moisés había sido un líder respetado y admirado. Pero no era el plan de Dios que Josué fuera otro Moisés. Ni que realizaran la misma obra. La tarea de Moisés fue sacar al pueblo de Egipto; la de Josué, introducirlo en la Tierra Prometida.
No es el plan del Señor que tú seas una réplica de otro. Eres especial, y tu Padre celestial tiene una misión para ti. Cúmplela en el nombre de Dios, con su poder y para su gloria. Él ha prometido que estará contigo.
 Padre celestial, gracias por ser lo que soy, y por los talentos que me diste.
Recuerda, la palabra de Dios nos dice: “Nadie te podrá derrotar en toda tu vida, y yo estaré contigo así como estuve con Moisés” (Josué 1:5).

Tomado de Meditaciones Matutinas para jóvenes
Dímelo de frente - Por Fernando Zabala


¿Cómo reaccionas cuando alguien habla mal de ti o cuando te crítica? Todavía ¿no conozco a nadie que celebre cuando la gente habla mal de su persona. ¿Pero qué podemos hacer para no molestarnos?
En su artículo «La dura verdad», james Wallace cuenta que en cierta ocasión, un hombre, muy molesto, visitó la oficina de un abogado. Su malestar se debía a que había leído en el periódico local una nota en la cual alguien lo criticaba duramente.
—¿Piensa usted que tengo que demandar al autor de ese escrito? —preguntó el hombre.
Con mucha calma, el abogado le respondió:
—Yo no le daría tanta importancia al asunto. La mitad de la gente que leyó el periódico, no leyó el artículo. La mitad de los que lo leyeron, no lo entendieron. La mitad de los que lo entendieron, no lo creyeron. Y la mitad de los que lo creyeron, no le dieron importancia (Signs of the Times [Señales de los tiempos], marzo de 2005, p. 29).
Lo primero, entonces, es no darle al asunto tanta importancia. Recuerda que quien habla mal de ti, lo que quiere es que tú caigas en su terreno y te defiendas del ataque. ¿Caerás en la trampa? La situación es muy diferente cuando lo que se dice de ti es verdad. En ese caso, si se trata de una falta, tienes que admitirla y, mejor aún, corregirla. Pero si no es verdad, ¿para qué preocuparse? A fin de cuentas, la gente que mejor te conoce no lo creerá.
Lo segundo que podemos hacer lo ilustra bien algo que le sucedió al dramaturgo irlandés George Bernard Shaw. Se dice que en cierta ocasión, Shaw recibió una carta con una sola palabra: «¡Imbécil!». Después de leerla, Shaw comentó: «En mi vida he recibido muchas cartas sin firma, pero esta es la primera vez que recibo una firma sin carta» (Carlos Pisas, Historias de la historia, 26a ed., p. 219). El ejemplo de Shaw enseña que, en lugar de molestarnos, ¡tenemos que buscar el lado humorístico del asunto!
Por último (y esto es lo más difícil), si alguien está hablando mal de nosotros, ¿te imaginas qué podría ocurrir si hablamos bien de esa persona? La mejor manera de derrotar a un enemigo es ganándolo como amigo.
Recuerda, la Palabra de Dios te dice: “No te dejes vencer por el mal. Al contrario, vence con el bien el mal” (Romanos 12:21).
Tomado de Meditaciones Matutinas para jóvenes
Dímelo de frente - Por Fernando Zabala







Carrie era la gran favorita para ganar la corona en el concurso Señorita Estados Unidos 2009. Pero cuando todo parecía apuntar en esa dirección, la pregunta de Pérez Hilton, uno de los jueces, cambio por completo la situación.
—Hace poco —dijo Pérez Hilton— Vermont se constituyo en el cuarto estado en legalizar el matrimonio entre personas del mismo sexo. ¿Crees tú que cada estado debería hacer lo mismo?
Pregunta cargada de dinamita. Carrie sabe que su respuesta le puede costar la corona. ¿Dirá al juez lo que él quiere escuchar, o será fiel a sus convicciones?
—Yo creo que el matrimonio debe ser entre un hombre y una mujer —respondió Carrie—. No es mi deseo ofender a nadie, pero así fui criada y así creo que debe ser: entre un hombre y una mujer.
Apenas Carrie concluyo, se escucharon los abucheos. El concurso siguió adelante, pero Carrie Prejean, representante de California, sabía que para ella el evento había terminado. El mismo juez que le hizo la pregunta comento después de finalizada la competencia: «Perdió por esa pregunta. Su respuesta ofendió a millones de homosexuales y lesbianas en los Estados Unidos» (www.abcnews.go.com; 20 de abril de 2009).
Ahora bien, ¿no podría haber dado Carrie una respuesta que no la comprometiera? Por ejemplo: «Este es un tema muy delicado. Creo que cada individuo tiene que decidir qué es lo mejor. A fin de cuentas, lo más importante es el amor».
¿Podría haberlo hecho? Permitamos que ella misma responda: «Mi respuesta me costo la corona [...]. Pero dije lo que pienso. Exprese la opinión que le hace honor a lo que soy y eso es todo lo que puedo hacer. [...]. Aprendí desde pequeña a no negociar jamás mis convicciones ni mis opiniones, por nada del mundo».
Es decir, no podía dar la respuesta complaciente, porque al hacerlo habría negado la esencia de su individualidad: sus convicciones. Y para Carrie esas convicciones no son negociables.
¡Qué bueno es saber que todavía hay jóvenes de este calibre! Cuando lo que está de por medio tiene que ver con los principios, no hay nada en este mundo que los aparte de la senda del deber.
¿Eres tú también capaz de renunciar a la fama, al dinero y al poder para ser fiel a tus principios?
 Recuerda, la palabra de Dios te dice: "No te avergüences, pues, de dar testimonio a favor de nuestro Señor. 2 Timoteo 1: 8
 Tomado de Meditaciones Matutinas para jóvenes
               Dímelo de frente- Por Fernando Zabala



Una noche conducía mi auto de regreso a casa cuando, de pronto, otro vehículo se atravesó bruscamente en mi carril. Toqué la bocina con toda la intensidad que pude, pero el conductor siguió adelante como si él no tuviera nada que ver con la situación. No sé cómo, pero milagrosamente pude evitar lo que parecía un choque seguro.
Sin embargo, el asunto no terminó allí. Como pude, me las arreglé para darle alcance al otro vehículo.
—¡Usted casi me choca! —le grité de mal humor.
Para mi sorpresa, el hombre simplemente dijo:
—Cometí un error. Por favor, discúlpeme.
Su respuesta me desarmó. Pero en lugar de reconocer mi error, traté de justificarlo: «¡Fue él quien me hizo molestar!».
En realidad, ¿fue ese conductor quien me hizo molestar? ¿O me molesté?  La pura verdad es que fui yo quien se molestó. Cuando se produjo el incidente, la molestia no era mi única opción disponible.
Curiosamente, pocos días después leí un libro en el cual el autor, Sean Covey, hablaba de dos tipos de personas: las reactivas y las proactivas. Decía que las personas  reactivas actúan como producto de sus impulsos. Son como una lata de refresco sin abrir que se agita con fuerza. Cuando la destapas, el contenido sale disparado. Su problema básico, dice Covey, es que permiten que otros tomen «el control remoto» de sus vidas y cambien de canal a su antojo. Las personas proactivas, en cambio, piensan antes de actuar. Sus reacciones por lo regular están basadas en principios. Tienen «el control remoto» en sus manos y son ellas los que deciden qué canal sintonizar (The 7 Habits of Highly Effective Teens [Los siete hábitos de los adolescentes muy efectivos], pp. 49, 51). ¿Eres una persona proactiva o reactiva? Si te ofendes con facilidad; si te echas a morir cuando alguien te critica o habla mal de ti; si sientes que tu mundo se desploma cuando fracasas, eres reactivo. Si, en cambio, no permites que los demás decidan cómo tienes que actuar, si las críticas no te quitan el sueño, si después de un fracaso te levantas y lo intentas de nuevo, eres una persona proactiva.
En tus manos está «el control remoto» de tu vida. ¿Lo manejarás tú o permitirás que otros lo hagan?
Ayúdame, Señor, a actuar, no por impulso sino por principio.
Recordemos, que la palabra de Dios dice: “Como ciudad sin muralla y expuesta al peligro, así es quien no sabe dominar sus impulsos” (Proverbios 25:28).

Tomado de Meditaciones Matutinas para jóvenes
Dímelo de frente- Por Fernando Zabala



Hoy están de moda los alimentos integrales: arroz integral, trigo integral, pasta integral, galletas integrales, tortillas integrales, helados… No, todavía no hay helados integrales.
¿Por qué tanto alboroto con lo «integral» ? Porque la gente hoy quiere alimentos que sean completos. Pero no es de alimentos sino de la integridad personal que hablaremos hoy. A diferencia de los alimentos integrales, que son muy populares, la integridad personal hoy no está muy de moda. No sé de ningún joven que gane millones de dólares solo por ser íntegro. En cambio sí sé de atletas y artistas que, sin ser íntegros, ganan en un mes de trabajo lo que ni tú ni yo ganaremos trabajando toda la vida.
¿Vale la pena, entonces, ser íntegro? Definitivamente sí, porque la integridad tiene que ver con un tesoro más valioso que todo el dinero del mundo: el carácter. Y el carácter es lo que somos (no lo que aparentamos ser), como producto de la integración armoniosa de tres importantes componentes: saber lo bueno (conocimiento moral), desear lo bueno (sentimiento moral) y hacer lo bueno (conducta moral).
El profesor Thomas Lickona ilustra la integridad del carácter con el caso de Andy, un joven que ganaba buen dinero trabajando con un señor que afinaba pianos. A pesar de que disfrutaba de su trabajo, Andy enfrentó un serio dilema cuando se dio cuenta de que su jefe engañaba a sus clientes. Les decía que sus pianos debían ser afinados cuatro veces al año, pero en algunas de esas sesiones solo fingía que los afinaba. Cuando Andy se dio cuenta de la estafa, se indignó tanto que renunció al trabajo y luego notificó a los clientes que su ex jefe los estaba robando (Educating for Character [Educación para el carácter], pp. 51, 52).
¿Actuó Andy de manera íntegra? Sí, porque reconoció el fraude (conocimiento moral), se indignó ante la situación (sentimiento moral) y renunció al trabajo (conducta moral). Esto es ser íntegro. Es decir, completo, «sin remiendos ni costuras». Y un carácter íntegro no tiene precio. De hecho, es el único tesoro que podemos llevar con nosotros al cielo.
¿Cómo responderás a las tentaciones y desafíos que enfrentarás hoy? Dios espera, no solo que sepas reconocer lo correcto, sino que lo hagas «aunque se desplomen los cielos».
       Padre celestial, ayúdame a ser íntegro y completo, como tu Hijo Jesucristo.
La biblia dice :“Con el misericordioso te mostrarás misericordioso, y recto para con el hombre íntegro”(2 Samuel 22:26, RVQS).
 Tomado de Meditaciones Matutinas para jóvenes
Dímelo de frente- Por Fernando Zabala

Después de la decisión de aceptar o no a Cristo como Salvador personal, ¿cuál piensas que podría ser la decisión más importante de tu vida? En mi opinión, la decisión que le sigue en importancia es la elección del compañero o la compañera de toda la vida. Si te equivocas en la elección de una carrera profesional, siempre tendrás abierta la opción de cambiar de carrera. Es verdad que perderás tiempo y algo de dinero, pero siempre podrás cambiar. Lo mismo podría decirse si te equivocas en la elección de tu lugar de trabajo o el lugar de residencia, o en la selección de tus amistades. En cada caso tendrás la posibilidad de cambiar. Pero no sucede lo mismo cuando te equivocas en la elección de tu cónyuge, porque cuando del matrimonio se trata, la elección es para toda la vida. Una vez que «abordas esa embarcación», no existe la opción de bajarte en cualquier parada. A menos que tu cónyuge cometa adulterio. Pero, ¿quién quiere vivir deseando que su cónyuge sea infiel para que uno pueda casarse de nuevo?
Por todo lo mencionado, cuando un joven me pide que le dé la instrucción prematrimonial, le pregunto: «¿Eres consciente de que tendrás que vivir con esta persona durante el resto de tu vida?».
Si todavía no has decidido con quién te casarás, lee con atención las siguientes «pruebas» que sugiere el escritor Walter Trobisch en su libro I Married You (Me casé contigo, pp. 75-77):
1.      La prueba del respeto. ¿Siento admiración por esta persona? ¿Podría presentarla a mis familiares y amigos sin avergonzarme? ¿Deseo que sea la madre (el padre) de mis hijos?
2.      La prueba de los hábitos. ¿Es aseada esta persona? ¿Tiene mal aliento? ¿Qué come? ¿Qué bebe? ¿Cuáles son sus pasatiempos?
3.     La prueba del trato. ¿Cómo se relaciona con el sexo opuesto? ¿Mantiene las distancias? ¿Cómo trata a sus      padres, a sus hermanos, a los niños?
4.    La prueba del perdón. Después de una pelea, ¿cuán fácil o difícil es para esta persona reconciliarse? ¿Sabe perdonar?
5.    La prueba del tiempo. ¿Puedo decir que conozco bien a esta persona? ¿Conozco su familia, su pasado, sus principios, sus valores morales y espirituales?
Y la pregunta más importante de todas ¿Qué piensa de Cristo?
Señor, por nada del mundo me quiero equivocar al escoger mi pareja. Guíame, por favor, al tomar esta gran decisión.
Meditación centrada en  el siguiente texto biblico De los padres se reciben casa y riquezas; del Señor la esposa inteligente” (Proverbios 19:14)

Tomado de Meditaciones Matutinas para jóvenes
Dímelo de frente- Por Fernando Zabala



Alabado sea Jehová, que hizo que no te faltara hoy pariente, cuyo nombre será celebrado en Israel. Rut 4:14, RV95.

Hay momentos en la vida cuando pareciera que todo se desploma a nuestro alrededor. ¿Te ha pasado? Quizás te está ocurriendo ahora mismo. Si este es el caso, estoy seguro de que la siguiente historia te puede resultar de ayuda.
Una familia de cuatro personas (los esposos y dos hijos varones) tenía problemas económicos en su país, de manera que decidieron probar suerte en otras tierras. El plan era estar solo poco tiempo, pero se acostumbraron al lugar y se quedaron. Los hijos conocieron nuevos amigos, ahí se enamoraron y se casaron.
Pero las cosas no salieron como habían pensado. El padre de la familia murió. Tiempo después, los dos hijos también murieron. Es así que la pobre mujer dejó su país buscando mejorar su situación, pero ahora estaba peor que antes. Sola, sin dinero y en un país extranjero. ¿Qué podía esperar de la vida? Muy poco. Pero sin que ella lo supiera, Dios tenía un plan. ¡Y qué plan!
¿Ya sabes de quién estamos hablando? Es la historia bíblica de Noemí y Rut. Después de su trágica pérdida, Noemí decide regresar a su tierra, Belén. Les pide sus dos nueras que la dejen regresar sola. Una de ellas, Orfa, acepta el consejo. La otra, Rut, se resiste a dejarla. Noemí accede y juntas regresan a Belén, justo cuando comenzaba la cosecha de la cebada. Entonces Rut consigue trabajo recogiendo espigas en el campo de un hombre rico (¡y soltero!) llamado Booz.
Y aquí viene lo bueno. Booz y Rut se enamoran y se casan. De su unión nace un lindo bebé al que ponen por nombre Obed. De Obed nace Isaí; y de Isaí, nace David. Y del linaje de David nacería Jesús, el Salvador del mundo. ¡Quién lo podría imaginar! ¡Rut, la moabita, entre los antepasados de Jesucristo!
¿Cuál es la lección? Si ahora mismo estás atravesando por una situación difícil, recuerda que nuestro Dios tiene poder para transformar tus problemas en oportunidades. Recuerda, además, que Dios tiene un plan para ti, ¡y ese plan ahora mismo está en marcha!
Él solo espera que le permitas ayudarte y que confíes en él porque la solución a tu problema ¡ya está en camino!
Gracias Señor, porque nada es difícil para ti. Ayúdame a creer que tienes un plan para mí.

Tomado de Meditaciones Matutinas para jóvenes
Dímelo de frente- 
Por Fernando Zabala
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Pido en mi oración que [...] Dios les dé sabiduría y entendimiento, para que sepan escoger siempre lo mejor. (Filipenses 1:9,10)
Cuando éramos niños, la pregunta que más hacíamos a nuestros padres era: «¿Por qué?». Al alcanzar la edad adolescente, esa pregunta dio paso a otra: «¿Qué tiene de malo?».
La pregunta: «¿Qué tiene de malo?» suele ser formulada por alguien que desea participar de una actividad que no es recomendable, ya sea por razones de salud o de principios. «¿Qué tiene de malo ir a una discoteca?», «¿qué tiene de malo tomar un par de cervezas?», «¿qué tiene de malo que una parejita de novios que se aman tengan relaciones sexuales?»
El problema con estas preguntas es que desvían el foco de atención hacia el lado equivocado. ¿Qué debería motivar la conducta de un joven cristiano? La respuesta está en nuestro texto de hoy. El apóstol Pablo pide a Dios que conceda sabiduría a los cristianos de Filipos «para que sepan escoger siempre lo mejor». Lo que nos está diciendo el apóstol es que la motivación correcta de nuestras acciones va más allá de tan solo evitar lo malo. Consiste en hacer lo bueno. Según este razonamiento, la pregunta que tenemos que hacernos a la hora de decidir si participaremos o no de una actividad no es: «¿Qué hay de malo en eso?». Es más bien:¿Que hay de bueno?».

El fabricante de cervezas quiere que los jóvenes se pregunten: «¿Qué tiene de malo?». También el dueño de la clínica de abortos. Y el del prostíbulo. Estos mercenarios del vicio y la inmoralidad saben que siempre se podrán encontrar mil excusas para justificar lo malo. Pero el joven cristiano no tiene por qué moverse en esa arena movediza. A la hora de decidir si le conviene involucrarse, el joven cristiano se pregunta: «¿En qué me beneficia esta actividad? ¿Me edificará? » En otras palabra, ¿QUÉ TIENE DE BUENO?

El joven cristiano no anda a ciegas por este mundo; posee un repertorio moral del cual echa mano para decidir cómo vivir: son los eternos principios de la Palabra de Dios. Y uno de esos principios dice que a la hora de pensar y de actuar es necesario dar prioridad a «todo lo que sea excelente o merezca elogio» (Fil. 4:8, NVI).

Señor Jesús, dame sabiduría para escoger siempre lo mejor.

Tomado de Meditaciones Matutinas para jóvenes, Dímelo de frente- Por Fernando Zabala .
Más se puede confiar en el amigo que hiere que en el enemigo que besa. Proverbios 27:6.

Imaginemos el siguiente caso. Alberto se enamora de Miriam. Pero Miriam es la clase de muchacha que consideraba a sus novios como «material desechable». Para ella, cambiar de novio es como renovar su vestuario. Tomás y Carlos, los mejores amigos de Alberto, se dan cuenta del peligro que corre. ¿Deberían advertir a Alberto del peligro que corre con esa «devoradora de hombres», aunque le duela?
En última instancia, ¿cómo podemos saber quién es un verdadero amigo? El simpático relato que sigue, de John C. Maxwell, puede ayudarnos a descubrirlo. Es la experiencia de un pajarito canadiense que decidió no viajar hacia el sur en el invierno. «Si otros animales se quedan —razonó— ¿por qué no puedo hacerlo yo?»
No pasó mucho tiempo, sin embargo, antes de que se convenciera de su error. El frío invernal llegó con tanta fuerza, que el pajarito tuvo que volar hacia el sur. Pero las cosas no salieron bien. En pleno vuelo, se desató la lluvia y el frío helado comenzó a congelarle las alas. En cuestión de minutos, el pajarito terminó estrellado contra un granero.

No se había recuperado del golpe cuando una vaca vació su intestino sobre él. Disgustado, protestó: «¡Esto es lo que me faltaba! Me muero de frío, en este lugar desconocido, y ¡ahora esto!». Ya se había resignado a morir cuando, después de varios minutos, descubrió que su cuerpo se estaba calentando. El calor del excremento estaba derritiendo el hielo de sus alas. Rebosante de alegría, la avecilla comenzó a cantar.

Lo que el pajarillo no imaginó fue que su canto sería escuchado por el gato de la granja. «¿No es ese el canto de un pajarito? — se preguntó el sorprendido gato—. Creía que todos se habían ido al sur». Fue a comprobar sus sospechas y, en efecto, ¡allí había un pajarito! Con mucha delicadeza, le limpió el excremento de la vaca... ¡y se lo comió! (El mapa para alcanzar el éxito, p. 46).

¿Lecciones de esta historia? Maxwell señala tres:
1. No todo el que te ensucia es tu enemigo.
2. No todo el que te limpia es tu amigo.
3. Si alguien te ensucia, cállate.

Entonces, ¿quién es el amigo verdadero? El que te dice, no lo que quieres escuchar, sino lo que necesitas saber. No lo que te complace, sino lo que te conviene.
Ayúdame, Señor, a reconocer a mis verdaderos amigos y a conservarlos.

Tomado de Meditaciones Matutinas para jóvenes" Dímelo de frente"
Por Fernando Zabala
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Hay amigos que llevan a la ruina, y hay amigos más fieles que un hermano. 
(Proverbios 18:24). NVI.

Muchas de nuestras amistades probablemente se remontan al período de la niñez. Quizás hemos asistido a la misma escuela, .a la misma iglesia, o hemos vivido en el mismo barrio. Pero muy pocas veces, y recalco, muy pocas veces, las amistades duraderas surgen a raíz de discordias o desavenencias. Sin embargo, fue de esa forma como Jorge y yo nos convertimos en amigos inseparables cuando cursábamos la escuela secundaria. Los dos éramos muy activos, amigables, bulliciosos y de carácter fuerte, tanto que chocamos desde el principio. Generalmente nos sentábamos en la misma parte del salón de clases, lo que fomentaba la tensión y los roces. Yo era amante de los gatos y él de los perros, seguro que ya te puedes imaginar el cuadro.

Los insultos iban y venían, adornados de sarcasmos, de ironía y de las más rebuscadas hipérboles. En numerosas ocasiones ambos salimos emocionalmente lastimados. Con el paso del tiempo fue aumentado la tensión. Sin embargo, casi sin darnos cuenta, los gritos pasaron a convertirse en conversaciones amigables y el contacto que una vez rayó en la agresividad se convirtió en consideraciones del uno hacia el otro.

En nuestro último año de secundaria la vida nos hizo llegar a un mayor acercamiento al arrebatarnos a un ser muy querido para ambos. Fue entonces cuando reconocí la gran verdad manifestada en el libro de Proverbios: «Las suertes ponen fin a los pleitos» (Prov. 18: 18). Aquel fue el inicio de una amistad incondicional.

El don de la amistad es una de las mayores bendiciones que el Señor nos ha concedido. Saber que su brazo se extiende a través de un amigo incondicional y sincero nos proporciona tranquilidad y confianza. La Biblia asimismo nos recuerda la importancia de un buen amigo, que en ocasiones está más cerca de nosotros que un hermano carnal.

Desearía ser ese tipo de amiga mencionada en la Biblia: incondicional, sincera y, sobre todo, apegada a Jesús. Te invito a forjar tus relaciones de amistad de la misma forma en que lo hizo Jesús. Hónralo en cada una de tus acciones para que al final de tu vida no estés solo. Puedo decirte que han transcurrido varios años y Jorge, Jesús y yo seguimos de la mano.

Permite que Jesús te ayude a ser un buen amigo.

 Textos compilados por Edilma de Balboa- Por Yoela Murillo.

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