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REFLEXIONES PARA VIVIR --
No debemos inquietamos por lo que Cristo y Dios piensan de nosotros, sino que debe interesamos lo que Dios piensa de Cristo, nuestro Sustituto. Somos aceptos en el Amado. Dios muestra a la persona arrepentida y creyente, que Cristo acepta la entrega del alma para moldearla según su propia semejanza (Mensajes selectos, tomo 2, pp. 36, 37).
He aquí una obra que el hombre puede hacer. Debe mirarse en el espejo, la santa ley de Dios, descubrir los defectos de su carácter moral y abandonar sus pecados, lavando la vestidura de su carácter en la sangre del Cordero. La envidia, el orgullo, la malicia, el engaño, la contienda y el crimen serán limpiados del corazón que recibe el amor de Cristo y que alberga la esperanza de ser transformado a su semejanza cuando lo vea tal como él es.
La religión de Cristo refina y dignifica a su poseedor, no importa qué relaciones haya tenido en la vida y por qué circunstancias haya pasado. Los hombres que llegan a ser cristianos poseedores de gran luz se levantan por encima del nivel de sus caracteres antiguos hasta alcanzar una mayor fortaleza mental y moral. Los que han caído en el pecado y el crimen y han sido degradados por ellos, gracias a los méritos del Salvador pueden ser exaltados a una posición muy poco menor que la de los ángeles.
Pero la influencia de un evangelio de esperanza no inducirá al pecador a aguardar la salvación de Cristo como algo de pura gracia, mientras continúa viviendo en la transgresión de la ley de Dios. Cuando la luz de la verdad resplandece en su mente y comprende en forma plena los requerimientos de Dios y vislumbra la amplitud de su transgresión, reformará sus caminos, llegará a ser leal a Dios por medio de la fortaleza ob-tenida de su Salvador y vivirá una vida nueva y más pura (La maravillosa gracia de Dios, p. 232).
Artículos tomados de los libros de la Escritora Cristiana Elena white.
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El verso bíblico de esta reflexion nos dice: Si le creyeran a Moisés, me creerían a mí, porque de mí escribió él (Juan 5: 46).
CUANDO PABLO DIJO QUE LA LEY nos conduce a Cristo (Rom. 10: 4), y que fue nuestro guía para llevarnos a él (Gal. 3: 24), debemos entender que hablaba teológicamente. Es decir, que como la ley señala y define el pecado, nos condena a todos como pecadores, y consecuentemente corremos a refugiarnos en la gracia de Cristo.
Pero cuando Cristo se apareció a los caminantes de Emaús y a sus discípulos, les dijo que la ley y los profetas hablaban de su muerte y resurrección (Luc. 24: 26, 27, 44, 45). Sabemos lo que dicen los profetas, especialmente Isaías 53, que describe al siervo sufriente de Jehová. Los escritos de Moisés, sin embargo, no presentan la muerte del Mesías con esa claridad. Por lo tanto, uno se pregunta: ¿A qué parte de la ley de Moisés se debe haber referido Jesús como preanuncio de su pasión y muerte?
La única posibilidad que nos queda, después de haber visto algunos pasajes que fueron entendidos en forma mesiánica en los escritos de Moisés, es que Jesús haya hecho alusión al sistema de sacrificios, cuyo inicio y desarrollo ulterior se relatan en los escritos del Pentateuco, es decir, la ley. Desde el primer sacrificio de animales relatado en el Génesis, que fue la primera víctima que Dios mismo debe haber sacrificado, cuando cambió las hojas con que nuestros primeros padres habían cubierto su desnudez por pieles de animales, hasta los sacrificios elaborados y el ritual del santuario del desierto y el templo, es evidente que Dios educaba a la gente en los principios del evangelio, hasta que viniera el Mesías en cumplimiento de ellos.
Me parece que, especialmente, las ceremonias del santuario hebreo deben haber provisto un material simbólico para entender la misión y muerte del Mesías por medio de la ley de Moisés. De hecho, para los hebreos, los servicios del santuario tenían la posibilidad de ser entendidos como una revelación sencilla del plan de salvación. Por lo tanto, era posible hallar a Cristo en los servicios del santuario.
Tomado del Libro de Meditaciones 2010 "El Manto de su Justicia " de Eloy Wade.
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En otro tiempo yo tenía vida aparte de la ley; pero cuando vino el mandamiento, cobró vida el pecado y yo morí (Romanos 7: 9).
EN LA BIBLIA HAY VARIOS EJEMPLOS de personajes que sucumbieron ante el pecado de la codicia. Transgredieron el décimo mandamiento y cosecharon las consecuencias funestas de albergar un mal deseo y un pensamiento descontrolado.
El apóstol Pablo tenía un gran dilema en su experiencia personal. Notemos sus palabras: «¿Qué concluiremos? ¿Que la ley es pecado? ¡De ninguna manera! Sin embargo, si no fuera por la ley, no me habría dado cuenta de lo que es el pecado. Por ejemplo, nunca habría sabido yo lo que es codiciar si la ley no hubiera dicho: "No codicies"» (Rom. 7: 7). El apóstol tenía problemas con este mandamiento.
Aparentemente, no con los otros mandamientos, pero con el que señalaba la codicia sí. Es que los otros mandamientos regían las acciones, pero este controlaba el pensamiento. Como buen fariseo, había creído que el pecado es una acción; que si controlaba sus acciones estaba en paz con Dios. Pero al conocer a Cristo y meditar en este mandamiento, descubrió que la verdadera obediencia no es una conformidad externa con la letra de la ley, sino que tiene que ver con la mente, el corazón y el espíritu. Por eso afirma que los principios de la ley gobiernan la vida entera de una persona, incluyendo sus acciones y sus deseos. Pablo se dio cuenta de que el décimo mandamiento era el que más lo condenaba y el que más hacía que se arrojara a la gracia y a la misericordia de Dios.
En esencia, el décimo mandamiento nos dice que no debemos codiciar, porque la codicia es la raíz de toda mala acción. Nos dice: «Acuérdate que las malas acciones proceden de malos pensamientos». Esta ley, de la que el décimo mandamiento es una pequeña parte, es la representación objetiva de los grandes principios que gobiernan el universo de Dios. Son, a su vez, un reflejo de su carácter, que debemos reflejar como seres que fuimos creados a la imagen de Dios .
Tomado del Libro de Meditaciones 2010 "El Manto de su Justicia " de Eloy Wade.
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Esta reflexión se centra en el siguiente texto bíblico: "No he codiciado ni la plata ni el oro ni la ropa de nadie" (Hechos 20: 33).
EL PRIMER CASO DE CODICIA EN ESTE MUNDO se remonta al origen de la raza humana. El libro de Génesis nos dice qué le sucedió a nuestra madre Eva: «La mujer vio que el fruto del árbol era bueno para comer, y que tenia buen aspecto y era deseable para adquirir sabiduría, así que tomó de su fruto y comió» (Gen. 3: 6). Dios había dado instrucciones claras a nuestros primeros padres con respecto al fruto del árbol prohibido. Era una prueba de fidelidad que demostraría al universo que ellos estaban dispuestos a creer y confiar en Dios. Pero el enemigo tentó a Eva con la codicia. Le dijo que si ella y su esposo comían de ese árbol, llegarían a ser como Dios, que lo sabe todo. Era una tentación fuerte, ya que eran estudiantes que aprendían cada día sobre el universo y de la naturaleza. Dios y los ángeles eran los maestros que los instruían. La serpiente sugirió a Eva que tendría acceso a una fuente inagotable de conocimiento, como Dios la tiene. «Esa mentira estaba de tal modo escondida bajo una apariencia de verdad, que Eva, infatuada, halagada y hechizada, no descubrió el engaño. Codició lo que Dios había prohibido; desconfió de su sabiduría. Echó a un lado la fe, la llave del conocimiento» (La educación, p. 21). La ruina de la humanidad tuvo su origen en la codicia.
Así sucedió también, siglos después, cuando la iglesia cristiana estaba en su infancia, con Ananías y Safira. Aceptaron el evangelio y se unieron a la iglesia de Jerusalén. Prometieron dar los recursos que obtendrían de la venta de una propiedad para aliviar la necesidad urgente por la que pasaban muchos miembros de la iglesia. Pero su codicia los destruyó: «Primero albergaron la codicia, luego, avergonzados de que sus hermanos supiesen que su alma egoísta lloraba lo que habían dedicado y prometido solemnemente a Dios, practicaron el engaño. [...] Cuando se los convenció de su mentira, su castigo fue la muerte instantánea» (Joyas de los testimonios, t. 1, pp. 542, 543).
Tomado del Libro de Meditaciones 2010 "El Manto de su Justicia " de Eloy Wade.
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Esta meditación , se basa en el siguiente texto bíblico: "Les di leche porque no podían asimilar alimento solido , ni pueden todavía" ( 1 Corintios 3:2)
Este asunto de ocultar la verdad con fines de engaño, que es una violación del noveno mandamiento, esta relacionado con el asunto de no decir toda la verdad. ¿ Se considera violación del mandamiento no decir toda la verdad en toda circunstancia ?. Evidentemente No. La obligación moral de decir la verdad no necesariamente implica que se debe decir toda la verdad en todo momento. Nuestro Señor Jesús dijo en una ocasión: "Muchas cosas me quedan aún por decirles, que por ahora no podrían soportar" ( San Juan 16:12). En la situación en que se encontraban sus discípulos, no era prudente que Jesús les dijera toda la verdad. Por amor a ellos retuvo cierta información posteriormente el Espíritu les revelaría toda la verdad.
Es interesante que Jesús nunca se refiriera asimismo, en público como el Mesías o el hijo de David, que era otra manera de decir lo mismo.Tampoco se presento como Rey de Israel, aunque era ambas cosas. Pero puesto que esos términos se hallaban tan saturados de nacionalismo y política, los eludió en forma consciente y premeditada. Era una gran verdad pero sus coterráneos la habrían entendido mal. Solo a pocas personas se las dijo en Privado. No siempre se puede decir toda la verdad sin causar dolor y rechazo. Pero no debe confundirse con la negación de la verdad.
A los médicos y enfermeros se les dio una vez este consejo: " Tampoco se les puede decir siempre toda la verdad a aquellos cuyas dolencias son en buena parte imaginarias. (...). Si a estos pacientes se les dijera la verdad respecto de si mismos, algunos se darían por ofendidos y otros se desalientarían. Cristo Dijo a sus discípulos. "Aún tengo muchas cosas que deciros, mas ahora no las podéis llevar"( Juan 16:12). Peros si bien la verdad no puede decirse en toda ocasión, nunca es necesario ni licito engañar. Nunca debe el medico ni el enfermero rebajarse al punto de mentir.(El Ministerio de Curación, p.189)
A los médicos y enfermeros se les dio una vez este consejo: " Tampoco se les puede decir siempre toda la verdad a aquellos cuyas dolencias son en buena parte imaginarias. (...). Si a estos pacientes se les dijera la verdad respecto de si mismos, algunos se darían por ofendidos y otros se desalientarían. Cristo Dijo a sus discípulos. "Aún tengo muchas cosas que deciros, mas ahora no las podéis llevar"( Juan 16:12). Peros si bien la verdad no puede decirse en toda ocasión, nunca es necesario ni licito engañar. Nunca debe el medico ni el enfermero rebajarse al punto de mentir.(El Ministerio de Curación, p.189)
Tomado del Libro de Meditaciones 2010 "El Manto de su Justicia " de Eloy Wade.
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Meditemos en esto: «Ustedes —la nación entera— están bajo gran maldición, pues es a mí a quien están robando» (Malaquías 3: 9).
TAL VEZ LA MÁS TRISTE VIOLACIÓN del octavo mandamiento se da cuando nos robamos a nosotros mismos. ¿Cómo puede ser esto? Cuando nos ausentamos sin razón de las reuniones y los cultos. Notemos estas palabras: «También nos estamos robando a nosotros mismos, pues necesitamos el calor y la luz del compañerismo, tanto como la fortaleza que se pueden ganar de la sabiduría y la experiencia de otros cristianos» (Conducción del niño, p. 502).
Pero la transgresión más lamentable de todas de este mandamiento es cuando robamos a Dios. Ya de por sí todo fraude contra el prójimo es un atentado contra Dios: «Si alguien comete una falta y peca contra el Señor al defraudar a su prójimo en algo que se dejó a su cuidado, o si roba u oprime a su prójimo despojándolo de lo que es suyo» (Lev. 6: 2). Todo fraude contra el prójimo es también un fraude contra Dios. Pero adquiere un dramatismo más intenso cuando el fraude se hace directamente contra el Señor. ¿Cómo se puede robarle directamente? Malaquías responde: «¿Acaso roba el hombre a Dios? ¡Ustedes me están robando! Y todavía preguntan: "¿En qué te robamos?" En los diezmos y en las ofrendas» (Mal. 3: 8).
La razón de este reclamo es que, desde el punto de vista bíblico, Dios es el dueño de todo; y nos da las fuerzas para trabajar y ganar dinero. Por ende, nos dice que el diez por ciento de lo que ganamos le pertenece. Notemos que eso lo estableció Dios, no el hombre: «El diezmo de todo producto del campo, ya sea grano de los sembrados o fruto de los árboles, pertenece al Señor, pues le está consagrado» (Lev. 27: 30). «Cada año, sin falta, apartarás la décima parte de todo lo que produzcan tus campos» (Deut. 14: 22). El diezmo nos recuerda que somos mayordomos de Dios.
Meditemos: «Es peligroso retener como propia la parte que le pertenece a Dios» (Consejos sobre mayordomía cristiana, p. 71).
Tomado del Libro de Meditaciones 2010 "El Manto de su Justicia " de Eloy Wade.
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Yo, el Señor, amo la justicia, pero odio el robo y la iniquidad (Isaías 61: 8)
EL DERECHO Y RESPETO a la propiedad ajena, que es el principio que subyace en este mandamiento, abarca muchas facetas de la vida diaria. La lista continúa:
«Los empleadores roban cuando retienen de sus empleados los beneficios que les prometieron, permiten que se atrase el pago de sus salarios, obligan a sus empleados a trabajar fuera de horario sin la debida remuneración, los privan de cualquier otra consideración que razonablemente tienen derecho a esperar» (Comentario bíblico adventista, t. 1, p. 618).
«Roban quienes ocultan mercancías de un inspector de aduana o las desfiguran en cualquier forma, o los que falsean sus declaraciones de impuestos, o quienes defraudan a los mercaderes incurriendo en deudas que nunca pueden ser cubiertas, o los que en vista de una bancarrota inminente transfieren sus propiedades a un amigo, con el entendimiento de que más tarde le serán devueltas» (ibíd.)
Aun hay otras formas más sutiles de robar a los demás: «Quitándoles su fe en Dios mediante la duda y la crítica; mediante el efecto destructor de un mal ejemplo, cuando ellos esperaban de nosotros una conducta muy diferente; confundiéndolos o dejándolos perplejos mediante declaraciones que no están preparados para entender; con chismes calumniosos y perniciosos que pueden despojarlos de su buen nombre y carácter» (ibíd.)
También es robar cuando se «retiene de otro lo que en justicia le pertenece, o se apodera de lo ajeno para su propio uso». Cuando se aceptan «como propios el reconocimiento por el trabajo o las ideas de otros»; cuando se «usa lo ajeno sin permiso», o se aprovechan «de otro en cualquier forma» (ibíd) Se infringe este mandamiento cuando violamos los derechos legítimos de autoría al copiar libros, discos compactos, programas de computadora, o películas para evadir el pago de un precio justo. Cuando obtenemos una calificación que no merecemos y la conseguimos copiando al compañero de al lado, o copiando las tareas o la investigación de alguien en lugar de hacerlas nosotros.
Meditemos en esto: «Jugar con los corazones es un crimen no pequeño a la vista de un Dios santo» (El hogar cristiano, p. 48).
Tomado del Libro de Meditaciones 2010 "El Manto de su Justicia " de Eloy Wade.
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Esta reflexión se basa en el verso bíblico que dice: "No te aproveches del empleado pobre y necesitado, sea este un compatriota israelita o un extranjero"
(Deuteronomio 24: 14).
EL OCTAVO MANDAMIENTO TIENE QUE VER con cualquier cosa que afecte la propiedad o los derechos de los demás. Contiene un principio que tiene la posibilidad de aplicarse a incontables situaciones de la vida diaria. A continuación están algunas de las más obvias:
Podemos robar a nuestro prójimo cuando dañamos su propiedad o su persona: «El octavo mandamiento condena el robo de hombres y el tráfico de esclavos, y prohibe las guerras de conquista. Condena el hurto y el robo. Exige estricta integridad en los más mínimos pormenores de los asuntos de la vida. Prohibe la excesiva ganancia en el comercio, y requiere el pago de las deudas y de salarios justos. Implica que toda tentativa de sacar provecho de la ignorancia, debilidad, o desgracia de los demás, se anota como un fraude en los registros del cielo» {Patriarcas y projetas, p.317).
Prohibe la excesiva ganancia en el comercio y el cobro excesivo de cuotas y honorarios. Requiere el pago de las deudas. Ordena el pago de salarios justos. Prohibe toda clase de deshonestidad, injusticia o fraude, no importa cuánto se pueda racionalizar. «Cualquiera que retiene de otro lo que en justicia le pertenece, o se apodera de lo ajeno para su propio uso, está robando. El aceptar como propios el reconocimiento por el trabajo o las ideas de otros; el usar lo ajeno sin permiso, o el aprovecharse de otro en cualquier forma, todo eso también es robar» {Comentario bíblico adventista, t. 1, p. 618). «Especialmente en estos días, cuando cada vez aparece más borroso el concepto claro de la moralidad, es bueno recordar que la adulteración, el ocultamiento de defectos, la presentación tramposa de la calidad, el empleo de pesas y medidas falsas son todos actos de robo, tanto como los de un ladrón o ratero» (íbíd.)
«Los empleados roban cuando reciben una "comisión" a espaldas de sus superiores, se apropian de lo que no entra explícitamente en un convenio, descuidan hacer cualquier trabajo para el que se los ha contratado, o lo realizan descuidadamente, dañan con su negligencia los bienes del propietario o los menoscaban, derrochándolos» (ibíd.)
Reflexionemos en estas palabras: «Implica que toda tentativa de sacar provecho de la ignorancia, la debilidad, o desgracia de los demás, se anota como un fraude en los registros del cielo» (Patriarcas y profetas, p. 317).
Tomado del Libro de Meditaciones 2010 "El Manto de su Justicia " de Eloy Wade.
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Esta reflexión se centra en el octavo mandamiento, el cual dice: No robes
(Éxodo 20: 15).
ESTE MANDAMIENTO SALVAGUARDA el derecho a la propiedad. Para que exista la sociedad, se debe salvaguardar este principio; de lo contrario, no hay seguridad ni protección. Todo sería anarquía Este mandamiento protege ese derecho, y condena el hurto en todas sus formas.
En la ley levítica, la violación de este mandamiento requería que se resarciera el daño y se pagara una multa: «Será culpable y deberá devolver lo que haya robado, o quitado, o lo que se le haya dado a guardar, o el objeto perdido que niega tener, o cualquier otra cosa por la que haya cometido perjurio. Así que deberá restituirlo íntegramente y añadir la quinta parte de su valor» (Lev. 6: 4, 5). En la antigüedad, el robo más común tenía que ver con animales: «Si alguien roba un toro o una oveja, y lo mata o lo vende, deberá devolver cinco cabezas de ganado por el toro, y cuatro ovejas por la oveja» (Éxo. 22: 1). Cualquier daño a las propiedades de las personas debía corregirse y hacer restitución. La intención divina era que hubiese orden y respeto a la propiedad ajena.
Pero este mandamiento tenía también una aplicación más amplia: «No ex plotes a tu prójimo, ni lo despojes de nada» (Lev. 19: 13). Prohibía la explotación de las personas por otros. Una forma común de explotación en aquellos días era retener el salario de los trabajadores hasta el día siguiente, o no pagar los salarios justos. Esto significa que este mandamiento tiene una interpretación más amplia.
La ley mosaica también estipulaba que retener algo perdido que se había encontrado es un tipo de robo: «El objeto perdido que niega tener», debía ser devuelto (Lev. 6: 4). Muchas cosas se pierden en nuestra vida cotidiana, y luego son halladas por otras personas que nunca las regresan. Hace unos años, la revista Selecciones patrocinó un estudio que consistía en dejar carteras con dinero en diversas ciudades del mundo, que incluía una dirección y teléfono, para determinar la honradez de las personas. Los hispanos salimos muy mal en esa encuesta. Los japoneses devolvieron la mayoría de las carteras.
Tomado del Libro de Meditaciones 2010 "El Manto de su Justicia " de Eloy Wade.
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La reflexión de hoy se centra en el Siguiente texto bíblico:
" Por úttimo, hermanos, consideren bien todo lo verdadero, todo lo respetable, todo lo justo, todo lo puro, todo lo amable, todo lo digno de admiración, en fin, todo lo que sea excelente o merezca elogio" (Filipenses 4: 8).
COMO LEY ESPIRITUAL, EL SÉPTIMO MANDAMIENTO no solo condena la acción pecaminosa, sino también los malos deseos y los pensamientos corruptos. Nuestro Señor lo expresó de esta manera: «Ustedes han oído que se dijo: "No cometas adulterio". Pero yo les digo que cualquiera que mira a una mujer y la codicia ya ha cometido adulterio con ella en el corazón. Por tanto, si tu ojo derecho te hace pecar, sácatelo y tíralo. Más te vale perder una sola parte de tu cuerpo, y no que todo él sea arrojado al infierno» (Mat. 5: 27-29). En este pasaje, Jesús condena el deseo mórbido. Todo acto pecaminoso comienza en la mente. La tentación se engendra en un pensamiento, por eso no debemos acariciar malos pensamientos. Martín Lutero decía: «No podemos impedir que las aves vuelen sobre nuestra cabeza, pero sí podemos impedir que aniden en nuestros cabellos».
El ojo no tiene la culpa, el problema está en la mente. Esta debe ponerse bajo el control de la fe. El ojo es una de las avenidas de nuestra mente, y debemos evitar que por ella entre información que nos dañe espiritualmente. Con la ayuda de Dios podemos cerrar la revista o el libro pornográfico, apagar la televisión o cambiar el canal que sugiere el mal. Podemos cerrar los ojos a escenas corruptoras
Meditemos: «El que se niega a ver, escuchar, gustar, oler o tocar lo que incita al pecado, ha ganado buena parte de la batalla para evitar los pensamientos pecaminosos. El que inmediatamente desecha los malos pensamientos, cuando fugazmente pasan como un relámpago en su conciencia, evita así la formación de una manera de pensar que se hace hábito y que condiciona la mente para que peque cuando se presente la oportunidad» (Comentario bíblico ad ventista, t. 5, p. 327)
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El texto bíblico de esta reflexión se basa en el séptimo mandamiento, No cometas adulterio (Éxodo 20: 14).
ESTE MANDAMIENTO NOS HABLA DE LA SANTIDAD del matrimonio y el sexo. Se dio para preservar la santidad del matrimonio, y por lo tanto la felicidad del hogar. Dios fue el que inventó el matrimonio, y lo instituyó para que fuese la unión íntima y legítima entre un hombre y una mujer. La intimidad fue el vehículo elegido por Dios para que reinase la felicidad en el matrimonio y el hogar. Esta intimidad se expresa mejor mediante la vida sexual del matrimonio, lo que implica que el sexo debe ser tratado con respeto y responsabilidad.
Cuando una tercera persona se introduce en el matrimonio, se destruye la intimidad de la pareja y se socava la felicidad del hogar. Es el llamado adulterio. En la ley mosaica se castigaba con la muerte: «Si alguien comete adulte rio con la mujer de su prójimo, tanto el adúltero como la adúltera serán condenados a muerte» (Lev. 20: 10).
La Biblia nos habla del primero que osó romper el vínculo matrimonial: «Lamec tuvo dos mujeres. Una de ellas se llamaba Ada, y la otra Zila» (Gen. 4: 19). Dios había establecido que el matrimonio debiera ser entre un hombre y una mujer. Pero Lamec violó el arreglo divino, teniendo dos mujeres, lo que introdujo el caos en la vida matrimonial. De allí en adelante el mundo se corrompió tanto que la institución matrimonial casi desapareció. Fue una de las causas por las que Dios decidió traer el Diluvio sobre la tierra. Nuestro Señor lo dijo bien: «Porque en los días antes del diluvio comían, bebían y se casaban y daban en casamiento, hasta el día en que Noé entró en el arca; y no supieron nada de lo que sucedería hasta que llegó el diluvio y se los llevó a todos» (Mat. 24: 38, 39).
Reflexionemos: «Hizo Satanás un premeditado esfuerzo para corromper la institución del matrimonio, debilitar sus obligaciones y disminuir su santidad; pues no hay forma más segura de borrar la imagen de Dios en el hombre, y abrir la puerta a la desgracia y al vicio» (Patriarcas y profetas, p. 350).
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Estas reflexiones , se basan en el siguiente texto bíblico: "De este modo no se derramará sangre inocente en la tierra que el Señor tu Dios te da por herencia, y tú no serás culpable de homicidio". (Deuteronomio 19: 10).
EL SUICIDIO EN TODAS SUS FORMAS es una violación de la santidad de la vida humana, pues no tenemos derecho de quitar lo que no damos. Dios es el autor de la vida, y no podemos tener la prerrogativa de quitársela a otra persona ni quitárnosla nosotros mismos. En la Biblia se registra el suicidio de varias personas. La Palabra de Dios dice que Saúl, el primer rey de Israel, se quitó la vida ante una muerte inminente: «Saúl mismo tomó su espada y se dejó caer sobre ella» (1 Sam. 31: 4). Judas, quien traicionó a Jesús, lleno de remordimiento también se quitó la vida: «Entonces Judas arrojó el dinero en el santuario y salió de allí. Luego fue y se ahorcó» (Mat. 27: 5). Entre las personas famosas que se suicidaron se cuentan: Empédocles, Cleopatra VII, Sócrates, Hitler, Marco Antonio, Nerón y Séneca. El suicidio es un crimen contra la misma persona. Al atentar contra la propia vida, se viola el sexto mandamiento.
De acuerdo a la Organización Mundial de la Salud, los países del antiguo bloque comunista ocupan desde hace algunos años los primeros lugares del mundo en suicidios, entre los que sobresalen Lituania, Bielorrusia, Rusia, Kazajstán, Eslovenia, Letonia y Ucrania. Generalmente, se cree que el suicidio «es un problema en el que parece haber consenso entre sociólogos, sicólogos, siquiatras, antropólogos y demógrafos, cuando lo consideran como un rasgo de la modernidad, uno de los males del siglo» (Wíkipedia, art. «Suicidio»).
Hoy en día, hay medios para mantener a una persona con vida, aunque tenga un diagnóstico de muerte. Por otra parte, no debemos juzgar como suicida a una persona que de antemano decida que le desconecten los tubos en caso de padecer coma irreversible.
Sin embargo, desde el punto de vista bíblico no debemos juzgar a los que deciden quitarse la vida. Dios es el único que puede juzgar los motivos secretos del corazón.
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Honra a tu padre y a tu madre, para que disfrutes de una larga vida en la tierra que te da el Señor tu Dios (Éxodo 20: 12).
TODOS LOS MANDAMIENTOS TIENEN PROMESAS implícitas en ellos. La obediencia a los mandamientos trae dicha y felicidad, ya que nos libra del mal que se prohibe. Pero el quinto mandamiento es el único cuya promesa está expresada en el texto. Por eso, el apóstol Pablo escribió: «Honra a tu padre y a tu madre —que es el primer mandamiento con promesa— para que te vaya bien y disfrutes de una larga vida en la tierra» (Efe. 6: 2, 3). En un pasaje paralelo al anterior, el mismo apóstol dijo: «Hijos, obedezcan a sus padres en todo, porque esto agrada al Señor» (Col. 3: 20). ¿Por qué será que la honra y el respeto a nuestros padres agrada al Señor? El texto no lo dice, pero sospechamos la respuesta.
La primera autoridad que una persona normalmente conoce son sus padres. Si el niño no aprende a obedecer a sus padres, difícilmente va a obedecer otra autoridad en la vida. Lo más trágico de todo es que Dios está representado por los padres, y cuando no se aprende a obedecer a los padres no se aprenderá a obedecer a Dios.
En la vida vamos a encontrar muchas fuentes de autoridad. A la de los padres, siguen los maestros de la escuela primaria, y de allí hasta la universidad. También están los que son mayores que nosotros, a quienes también se les debe respeto, especialmente a los ancianos. Luego están las autoridades instituidas en la vida social, desde los policías hasta el Presidente de la República. Siempre vamos a tener una autoridad que se merece respeto y obediencia.
Si el niño no aprendió a obedecer a sus padres, tendrá serias dificultades con sus maestros y con toda otra autoridad. La obediencia a nuestros padres es la guía y clave de toda otra obediencia. Por eso Dios se agrada de que obedezcamos a nuestros padres y que se le enseñe al niño a hacerlo.
Tomado del Libro de Meditaciones 2010 "El Manto de su Justicia " de Eloy Wade.
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REFLEXIONES PARA VIVIR --
La reflexión de hoy se centra en el siguiente pasaje bíblico: "Ama al Señor tu Dios con todo tu corazón, con todo tu ser y con toda tu mente" —le respondió Jesús.— Este es el primero y el más importante de los mandamientos. El segundo se parece a este: "Ama a tu prójimo como a ti mismo". De estos dos mandamientos dependen toda la ley y los profetas» (Mateo 22: 37-40).
CON EL QUINTO MANDAMIENTO ENTRAMOS a lo que se llama comúnmente la segunda tabla de la ley. La primera nos habla de nuestro deber para con Dios; la segunda, de nuestro deber hacia nuestros prójimos. Por eso el mandamiento más grande de la ley es amar al Señor nuestro Dios con todo el corazón y la mente. Si lo amamos, no tendremos problemas para obedecer los mandamientos de la primera tabla.
El segundo mandamiento más importante es amar al prójimo como a uno mismo. Si lo hacemos, no tendremos problemas con los mandamientos que rigen nuestra conducta social y que son los que están en la segunda tabla.
Los prójimos más cercanos que tenemos son nuestros padres. Ya dijimos que durante los primeros años del niño, los padres están en lugar de Dios. De allí que la desobediencia y falta de respeto a los padres equivale a desobediencia y falta de respeto para Dios. Notemos: «Se debe a los padres mayor grado de amor y respeto que a ninguna otra persona. Dios mismo, que les impuso la responsabilidad de guiar las almas puestas bajo su cuidado, ordenó que durante los primeros años de la vida, los padres estén en lugar de Dios respecto de sus hijos. El que desecha la legítima autoridad de sus padres, desecha la autoridad de Dios» (El hogar cristiano, p, 265).
En la base de este mandamiento, está el respeto a la autoridad. El hombre fue creado para vivir en sociedad. No se puede vivir en sociedad si no hay autoridad y orden. La forma más sencilla de sociedad es el hogar. La forma más simple de autoridad son los padres. Cuando los hijos son educados para honrar a sus padres, van a honrar cualquiera otra autoridad: Las del estado, las de la iglesia, las de la escuela.
REFLEXIONES PARA VIVIR --
El verso bíblico de reflexión para hoy, dice: ¡No hagan daño ni a la tierra, ni al mar ni a los árboles, hasta que hayamos puesto un sello en la frente de los siervos de nuestro Dios!
(Apocalipsis 7: 3).
EN LOS ÚLTIMOS DÍAS DE LA HISTORIA de la Tierra, habrá una gran crisis para el pueblo de Dios. Esta crisis llevará a los fieles seguidores del Señor al límite de su capacidad de resistir. El libro de Apocalipsis nos dice que habrá una lucha universal de la Bestia y su imagen contra Cristo y su pueblo. En el capítulo 13 de este libro, se menciona que el Dragón, a través de la Bestia y su imagen, promoverá la adoración de la Bestia y sus seguidores, lo que llevará al establecimiento de una marca que sirva para distinguir entre los que adoran a la Bestia y los que se nieguen a hacerlo: «Además logró que a todos, grandes y pequeños, ricos y pobres, libres y esclavos, se les pusiera una marca en la mano derecha o en la frente, de modo que nadie pudiera comprar ni vender, a menos que llevara la marca, que es el nombre de la bestia o el número de ese nombre» (Apoc. 13: 16, 17). Esta marca constituirá la señal de lealtad y sumisión a la Bestia.
En contraste, el mismo libro nos dice que los que se mantengan fieles a Dios en medio de esta crisis de lealtades, recibirán también una marca que se llama el sello de Dios. La crisis de los últimos días será una crisis de lealtad y fidelidad. El Apocalipsis nos deja intuir que la crisis final involucrará, de alguna manera, la observancia de los mandamientos de Dios: «¡En esto consiste la perseverancia de los santos, los cuales obedecen los mandamientos de Dios y se mantienen fieles a Jesús!» «Entonces el dragón se enfureció contra la mujer, y se fue a hacer guerra contra el resto de sus descendientes, los cuales obedecen los mandamientos de Dios y se mantienen fieles al testimonio de Jesús» (14: 12; 12: 17). Ser fieles a Dios ahora, es vital para prepararnos para esa crisis colosal.
Pero luego de esta crisis, vendrá el reino con sus sábados de regocijo eterno: «Sucederá que [... j de un sábado a otro, toda la humanidad vendrá a postrarse ante mí —dice el Señor—» (Isaías 66: 23).
Tomado del Libro de Meditaciones 2010 "El Manto de su Justicia " de Eloy Wade.
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REFLEXIONES PARA VIVIR --
La reflexión de hoy se encuentra en el Libro de Éxodo, capitulo 5, versículo 17 ; nos dice: " Haraganes, haraganes- exclamó el Faraón - Eso es lo que son, por eso andan diciendo: Déjanos ir a ofrecerle sacrificios al Señor".
AYER LES PREGUNTE SOBRE ESTE NUEVO elemento redentor que aparece en la repetición de la ley en Deuteronomio: «Recuerda que fuiste esclavo en Egipto, y que el Señor tu Dios te sacó de allí con gran despliegue de fuerza y de poder. Por eso el Señor tu Dios te manda observar el día sábado» (Deut. 5: 15).
Lo que más resalta en este pasaje es que Dios apela a la obediencia del cuarto mandamiento desde su condición de Señor compasivo, que ama y cuida a su pueblo, y que se preocupó de la situación triste en la que se encontraban cuando eran esclavos en Egipto. Les dice que deben corresponder a este amor con obediencia. Les pide que sean obedientes como expresión de gratitud por lo que hizo por ellos. Es decir, que su obediencia debe nacer del amor que tienen para él, que los amó primero.
Sin embargo, hay otros elementos que se vinculan con la liberación de la esclavitud egipcia, y que tienen que ver directamente con la observancia del sábado. Hay cierta evidencia que cuando Moisés llegó a Egipto desde Madián, enviado por Dios para libertar al pueblo, les señaló la necesidad de cumplir con la orden divina de observar el sábado; cosa que, aparentemente, por lo menos algunos israelitas comenzaron a observar. Esta es la razón por la que el faraón, en dos ocasiones, los acusó de estar ociosos: «Pero sigan exigiéndoles la misma cantidad de ladrillos que han estado haciendo. ¡No les reduzcan la cuota! Son unos holgazanes» (Éxo. 5: 8). Poco después, al inicio de su viaje, cuando Dios les comenzó a proveer de maná, se les recordó la necesidad de guardar el sábado (Éxo. 16:29, 30). Por lo tanto, los israelitas sabían que en traron en conflicto con sus opresores por guardar el séptimo día, por eso Dios los liberó. No deben ahora, que gozan de libertad, hacer menos. El Dios al que sirven es el Redentor del mundo.
REFLEXIONES PARA VIVIR --
La reflexión bíblica para hoy se basa en el siguiente versículo: " Acuérdate que fuiste esclavo en Egipto, cumple, pues, fielmente esto preceptos" ( Deuteronomio 16:12)
EL SÁBADO NOS RECUERDA a Dios como Creador, y es el recordatorio de la creación por excelencia. Esto se debe a que se da en referencia al fin de la creación. No solo el capítulo dos de Génesis, sino también el capítulo veinte de Éxodo señalan en esta dirección.
Tenemos, sin embargo, otro énfasis en relación con el cuarto mandamiento que lo hallamos en el libro de Deuteronomio. Allí, como sabemos, se repiten los Diez Mandamientos dados por Dios a Moisés. Notemos lo que dice el cuarto: «Observa el día sábado, y conságraselo al Señor tu Dios, tal como él te lo ha or denado. Trabaja seis días, y haz en ellos todo lo que tengas que hacer, pero observa el séptimo día como día de reposo para honrar al Señor tu Dios [...]. De ese modo podrán descansar tu esclavo y tu esclava, lo mismo que tú. Recuerda que fuiste esclavo en Egipto, y que el Señor tu Dios te sacó de allí con gran despliegue de fuerza y de poder. Por eso el Señor tu Dios te manda observar el día sábado» (Deut. 5: 12-15).
La fraseología del cuarto mandamiento que hallamos aquí resulta interesante, porque en lugar de aludir al poder creador de Dios como razón para su observancia, se da otra causa: Que Dios sacó a su pueblo de la esclavitud egipcia. Ya no se enfatiza que Dios es Creador, sino que es Redentor. La reden ción recibe el énfasis en esta forma de enunciar el cuarto mandamiento de la ley de Dios.
De allí podemos concluir que el sábado no solo nos recuerda a un Creador, sino que nos habla también de un Redentor. La pregunta que inmediatamente surge en nuestras mentes es: ¿Por qué el sábado nos habla de redención? Esto lo considaré mañana.
Tomado del Libro de Meditaciones 2010 "El Manto de su Justicia " de Eloy Wade.
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REFLEXIONES PARA VIVIR --
Día de Servicio.
Sigan mis decretos, obedezcan mis leyes y observen mis sábados como días consagrados a mí, como señal entre ustedes y yo, para que reconozcan que yo soy el Señor su Dios (Ezequiel 20: 19, 20).
DIOS ADEMÁS de reposar en el séptimo día para darnos ejemplo, también lo bendijo y lo santificó. Santificar el sábado es apartarlo para un uso santo; es consagrarlo al Señor. Pero ocurre algo interesante cuando consagramos este día al Señor. Notemos: «Diles lo siguiente a los israelitas: "Ustedes deberán observar mis sábados. En todas las generaciones venideras, el sábado será una señal entre ustedes y yo, para que sepan que yo, el Señor, los he consagrado para que me sirvan"» (Éxo. 31: 13).
Cuando nosotros santificamos el sábado, este acto nos santifica a nosotros. Observamos el sábado para santificarlo, es decir, para reconocerlo como santo; esto, a su vez, nos santifica, pues nos consagramos a servir al Señor. Dios nos regresa el acto de santificación. Como resultado, él nos consagra a su servicio. Llegamos a ser como un instrumento dedicado a Dios. Al observar el sábado, él nos concede el estatus de sacerdotes, pues nos dedica a su servicio.
Cuando nosotros santificamos el sábado, este acto nos santifica a nosotros. Observamos el sábado para santificarlo, es decir, para reconocerlo como santo; esto, a su vez, nos santifica, pues nos consagramos a servir al Señor. Dios nos regresa el acto de santificación. Como resultado, él nos consagra a su servicio. Llegamos a ser como un instrumento dedicado a Dios. Al observar el sábado, él nos concede el estatus de sacerdotes, pues nos dedica a su servicio.
La razón de esto es muy sencilla: Puesto que hemos decidido ser leales a Dios, nos toma y consagra a quienes queremos ser, sus servidores. Al revelar por la observancia del sábado que respetamos y obedecemos a Dios, él nos convierte en sus ministros. De este modo, nuestra consagración al sábado, se torna en consagración a Dios; y la consagración a él nos hace sus siervos. Por eso es que el sábado se convierte en una señal de santificación. Santificamos el sábado, y el sábado nos santifica, nos aparta, para uso del Señor.
La observancia del sábado nos pone aparte, nos distingue de los demás, nos señala como adoradores de Dios. Meditemos: «El sábado ha de ser siempre la señal que distinga a los obedientes de los desobedientes. Satanás ha trabajado con poderosa maestría para anular el cuarto mandamiento y conseguir con ello que se pierda de vista la señal de Dios» (Consejos sobre la salud, p. 232).
Tomado del Libro de Meditaciones 2010 "El Manto de su Justicia " de Eloy Wade.
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Día de compañía.
Trabaja seis días, y haz en ellos todo lo que tengas que hacer. (Deuteronomio 5:13).
DIOS PENSÓ EN NUESTRO bienestar cuando ideó hacer una semana que incluía un día de descanso. De este modo, formó el patrón presentado en el cuarto mandamiento de seis días de labor y uno de descanso. Este es el origen de nuestra semana. No se puede hallar en ninguna otra parte. Podríamos decir que es el esquema divino. Dios lo hizo así, porque él lo quiso. Todo lo que él hace tiene un propósito, resulta evidente que la semana debe haber tenido también un propósito. Podría ser que el patrón de seis por uno es el que se adapta mejor a la constitución natural del ser humano, y que por eso Dios formó la semana de esa manera.
Pero no se trataba solo de descanso físico. El cuarto mandamiento deja claro que hay otra razón por la cual él diseñó el descanso semanal: Para que tuviéramos tiempo de dedicárselo a él. Dice: «Un día de reposo para honrar al Señor tu Dios». Ya decíamos que, como seres humanos creados a su imagen, necesitamos a Dios para satisfacer nuestras necesidades espirituales. Sin un compañerismo con la divinidad, nunca podremos satisfacer esa necesidad que tenemos arraigada profundamente en nuestra alma. Por lo tanto, Dios nos dio un día entero para profundizar nuestra intimidad con él. También tenemos necesidad de descansar físicamente, y él debe haber pensado en ello, pero el sábado es primordialmente para el descanso espiritual. No podríamos tener el tiempo necesario para crecer en nuestra relación con Dios, si tuviéramos que continuar con nuestra rutina de trabajo diario.
Eso implica que si solo dejáramos nuestras actividades físicas, pero no dedicáramos ese descanso a Dios, no cumplimos con el plan divino para nuestro bienestar. Si no trabajamos, pero a su vez no atendemos en el día de descanso nuestras necesidades espirituales, no observamos el cuarto mandamiento de la ley como el Señor lo requiere y planeó.
Tomado del Libro de Meditaciones 2010 "El Manto de su Justicia " de Eloy Wade.
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El nombre y la fidelidad.Cuando Dios hizo su promesa a Abraham, como no tenía a nadie superior por quien jurar, juró por sí mismo. (Hebreos 6: 13).
ESTE MANDAMIENTO TAMBIÉN PROHIBÍA jurar en falso. En la antigüedad, el juramento involucraba poner al Señor como testigo de lo que se afirmaba. Notemos: «Teme al Señor tu Dios y sírvele. Aférrate a él y jura solo por su nombre» (Deut. 10: 20). No decir la verdad era tomar el nombre de Dios en vano.Lo mismo si se hacía un voto sin tener la intención de cumplirlo: «No juren en mi nombre solo por jurar, ni profanen el nombre de su Dios. Yo soy el Señor» (Lev. 19: 12).
También se violaba este mandamiento si se usaba el nombre del Señor de una manera frivola o descuidada. Hoy se nos amonesta: «Deshonramos a Dios cuando mencionamos su nombre en la conversación ordinaria, cuando apelamos a él por asuntos triviales, cuando repetimos su nombre con frecuencia y sin reflexión. "Santo y terrible es su nombre" (Sal. 111:9). Todos debieran meditar en su majestad, su pureza y su santidad, para que el corazón comprenda su exaltado carácter; y su santo nombre se pronuncie con respeto y solemnidad» (Patriarcas y profetas, p. 314). Inclusive cuando oramos a Dios, debiéramos tener cuidado con la forma como nos referimos a él: «Mientras oran, muchos emplean expresiones irreverentes y descuidadas que agravian al tierno Espíritu del Señor y motivan que sus peticiones no lleguen al cielo» (Primeros escritos, p. 70). El uso frecuente de interjecciones descuidadas, y sin pensar lo que se dice, como: «¡Dios mío!» «¡Santo Dios!», etcétera, revelan poca reverencia por la persona de Dios.
Este mandamiento también prohibía usar el nombre de Dios en forma mágica o para fines de encantamientos. Era costumbre entre los antiguos pueblos paganos invocar el nombre de sus dioses para esos fines. Aun entre los judíos, algunos usaban el nombre Yahweh, o algún modo apocopado de este, como fórmulas mágicas para expulsar demonios o sanar a personas poseídas. Se pensaba que se podía manipular a Dios. Eso era una ofensa para su nombre.
Tomado del Libro de Meditaciones 2010 "El Manto de su Justicia " de Eloy Wade.
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