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En el taller más extraño y sublime conocido, se reunieron los grandes arquitectos, los afamados carpinteros y los mejores obreros celestiales que debían fabricar al padre perfecto:
"Debe ser fuerte", comentó uno.
"También, debe ser dulce", comentó otro experto.
"Debe tener firmeza y mansedumbre: tiene que saber dar buenos consejos".
"Debe ser justo en momentos decisivos, alegre y comprensivo en los momentos tiernos".
"¿Cómo es posible, interrogó un obrero, poner tal cantidad de cosas en un solo cuerpo"?
"Es fácil", contestó el ingeniero. "Sólo tenemos que crear un hombre con la fuerza del hierro y que tenga corazón de caramelo".
Todos rieron ante la ocurrencia y se escucho una voz (era el Maestro, dueño del taller del cielo):
"Veo que al fin comienzan, comentó sonriendo. No es fácil la tarea es cierto, pero no es imposible si ponen interés y amor en ello".
Y tomando en sus manos un puñado de tierra, comenzó a darle forma.
"¿Tierra?, preguntó sorprendido uno de los arquitectos. ¡Pensé que lo fabricaríamos de mármol, o marfil o piedras preciosas!.
"Este material es necesario para que sea humilde, le contestó el Maestro.
Y extendiendo su mano sacó de las estrellas oro y lo añadió a la masa.
"Esto es para que en pruebas brille y se mantenga firme".
Agregó a todo aquello, amor, sabiduría, le dio forma, le sopló de su aliento y cobró vida, pero... faltaba algo, pues en su pecho le quedaba un hueco.
"¿Y qué pondrás ahí?", preguntó uno de los obreros.
Y abriendo su propio pecho, y ante los ojos asombrados de aquellos arquitectos, sacó su corazón, y le arrancó un pedazo, y lo puso en el centro de aquel hueco.
Dos lágrimas salieron de sus ojos mientras volvía a su lugar su corazón ensangrentado.
¿Por qué has hecho tal cosa?", le interrogó un ángel obrero.
Y aún sangrando, le contestó el Maestro:
"Esto hará que me busque en momentos de angustia, que sea justo y recto, que perdone y corrija con paciencia, y sobre todo, que esté dispuesto aún al sacrificio por los suyos y que dirija a sus hijos con su ejemplo, por que al final de su largo trabajo, cuando haya terminado su tarea de padre allá en la tierra, regresará hasta mí. Y satisfecho por su buena labor, yo le daré un lugar aquí en mi reino. Le extenderé mi mano, descansará en mi pecho y tendrá Vida Eterna.
Pues yo también soy Padre y por él, por su bien, para otorgarle vida, me arranqué del corazón un pedazo de amor y lo puse en su pecho. Para que a mí regrese, guiado por la sangre que derramé por él en una cruz, para darle perdón, para mostrarle que aunque es duro ser padre, cuando extiendes tus brazos y perdonas, la recompensa es vida, gozo y amor eterno.

La preocupación del ser humano siempre es encontrar el camino que lo lleve a la felicidad. En cierta ocasión, Tomás pidió a Jesús: "Señor, mués­tranos el camino". Y la respuesta del Maestro fue: "Yo soy el camino, la ver­dad y la vida". Jesús es el Camino y la Verdad. No existe nada más concreto y absoluto que Jesús. Desdichadamente, vivimos en días en que la verdad, para los seres humanos, se ha vuelto relativa. El pluralismo y el relativismo son dos filosofías que están impregnadas en todo. El pluralismo enseña que, desde el momento que no existe un solo ser humano, es lógico que no pueda haber solo un concepto correcto. Pluralismo proviene de ahí, de la palabra plural, "muchos".
Consecuentemente, nace el relativismo porque, si existen muchas mane­ras de pensar, no puede existir una sola verdad, sino muchas. Por tanto, la verdad es relativa; mejor dicho, depende de lo que cada uno quiera pensar.
Pero, cuando Jesús afirmó que él es la verdad, estaba yendo en contra del pluralismo y del relativismo. La verdad, desde el punto de vista bíblico, es absoluta y está basada en la Palabra de Dios. Jesús lo dijo en su oración sacerdotal: "Santifícalos en tu verdad, tu Palabra es la verdad".
Pero, al final de cuentas, la verdad ¿es Jesús o es la Palabra de Dios? ¡Am­bos! Jesús es el Verbo, la Palabra de Dios que se hizo carne y vino a habitar entre nosotros. En Jesús, la palabra no era solo teoría: él era la Palabra hecha carne y vivida.
Esto sacude la idea de que la vida cristiana consiste solo en vivir en co­munión teórica con Jesús, o que el cristianismo fervoroso se limita a hacer una declaración romántica de amor a Jesús y cantarle, lleno de emoción. Todo eso es bueno, pero la vida cristiana es más que solo eso: es vivir los principios de la Palabra de Dios.
Disponte a vivir los principios bíblicos, aunque las personas se burlen de tus convicciones o piensen que vives en la Edad de Piedra. Deposita tu con­fianza en Jesús; acepta las enseñanzas de su Palabra, y no digas, como Tomás: "Señor, no sabemos a dónde vas; ¿cómo, pues, podemos saber el camino?"(Juan 14:5)
                                    Tomado del Libro de Meditaciones 2011, del Pr. Alejandro Bullón.

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Acostada en la cama de un hospital, Hermelinda trata de cobrar conscien­cia de lo que sucedió; por más que se esfuerza, no puede recordar. Sabe que un camión cruzó la calle con luz roja, y la atropello. Pero, lo único que llega a su mente es el grotesco chirrido de los neumáticos, aferrándose inú­tilmente al pavimento. Eso, y la visión de unos desesperados ojos negros en la vereda, mirándola como si adivinaran sus más íntimos temores. Después, todo se volvió oscuro... y despertó en el hospital, rodeada de paredes verdes y techo blanco.
La verdadera tragedia vino después, cuando el médico le dijo que nece­sitaba hacerle una serie de exámenes, para determinar con seguridad lo que le había pasado. Hermelinda tembló, de cabeza a cintura; los pies, ya no los sintió. Tuvo la impresión de que se los habían arrancado.
Algunos días después, vino el veredicto: había sufrido una lesión irrever­sible en la columna vertebral, y estaba condenada a una silla de ruedas para el resto de la vida.
La joven alta, delgada y de cabellos largos no lloró; no en público. Pero, a solas, derramó su alma al Señor. Pasó horas clamando a Dios. Aceptaba su situación, pero creía que Dios era un Dios que no conoce la palabra imposible.
Una noche, oró hasta la madrugada. Deberían ser las cuatro de la mañana. El gallo cantó. Poco tiempo después, oyó el ruido de la carroza que distribuía leche. El sol debía salir de un momento a otro, cuando ella decidió levantarse de la silla. "En el nombre de Dios, estoy sana", se repitió a sí misma. Y se le­vantó. Cayó estrepitosamente en el suelo. Intentó levantarse dos, tres veces. Y, cuando estaba a punto de desistir, oyó una voz en el fondo de su corazón: "Levántate y anda".
Y se levantó. Y anduvo. Y nadie, jamás, pudo explicar lo que sucedió con ella.
El versículo de hoy dice que los hijos de Israel clamaron. ¿Por qué clama­ron? Porque los madianitas los habían empobrecido. Les habían quitado todo.
Hay un enemigo peor que los madianitas. Desea quitarte las cosas más valiosas que tienes. Por eso, hoy, no salgas sin recordar el consejo divino: "De este modo empobrecía Israel en gran manera por causa de Madián; y los hijos de Israel clamaron a Jehová"(Jueces 6:6).
                                   Tomado del Libro de Meditaciones 2011, del Pr. Alejandro Bullón.
Rigoberto despertó con el rostro amarillo, ojeras profundas y una horrible sensación pastosa en la boca. Como un autómata, se levantó y se dirigió al baño. El encuentro con su imagen, ante el espejo, le produjo una horrible sensación de náuseas. Casi no se reconoció. Se lavó la cara con jabón, como si en aquel acto quisiese borrar de su mente el recuerdo de la noche de pecado que había vivido.

No era la primera vez. El joven de ojos grises y sonrisa de niño ingenuo sabía que no podía continuar con aquella vida. Conocía los principios bíbli­cos desde niño. Pero, eso no marcaba mucha diferencia. Cuando la tentación surgía, se convertía en una pobre e indefensa víctima de las tendencias que cargaba en su naturaleza.
Después de pecar se sentía sucio, inmundo, indigno del amor de Dios... y con ganas de morir. Había prometido a Dios tantas veces que su vida cambia­ría. Pero, cuanto más lo intentaba, más se hundía en la arena movediza de sus pobres intenciones.
Un día, en su desesperación, tomó la Biblia y encontró el versículo de hoy: "Si mi pueblo buscare mi rostro, yo sanaré sus tierras", expresaba la promesa.
Sanar sus tierras; era eso lo que Rigoberto necesitaba. Sus tierras estaban enfermas de pecado. Nada podía hacer él para resolver ese problema, a no ser buscar a Dios.
La palabra "buscar", en hebreo, es baqash; literalmente, significa "desear". Todo lo que Rigoberto necesitaba hacer era desear, mirar a Jesús, y decirle: "Se­ñor, yo no puedo. Si dependiera de mí, estoy perdido. Por eso, vuelvo los ojos a ti. ¿Puedes hacer algo por este humilde pecador?" En ese momento, viene el cumplimiento de la promesa divina: "Yo sanaré tu tierra".
Esa promesa continua válida para ti. Nada hay, en tu vida, que el Señor Je­sús no pueda sanar. La enfermedad del pecado es la peor de todas las enferme­dades, porque no solo mata el cuerpo sino también el espíritu. Pero, a lo largo de la historia, Dios siempre ha cumplido su promesa en la vida de aquellos que se han acercado a él con fe.
¿Qué harás tú con la promesa? Sal, para enfrentar la batalla de hoy, recor­dando que
"si se humillare mi pueblo, sobre el cual mi nombre es invocado, y oraren, y buscaren mi rostro, y se convirtieren de sus malos caminos; entonces yo oiré desde los cielos, y perdonaré sus pecados, y sanaré su tierra".
 (2 Crónicas 7:14).

                                           Tomado del Libro de Meditaciones 2011, del Pr. Alejandro Bullón.


Para reflexionar hoy: “Entonces nacerá tu luz como el alba, y tu santidad, se dejará ver en seguida; tu justicia irá delante de ti y la gloria de Jehová será tu retaguardia”. Isaías 58:8.
La santidad es algo que no se puede ocultar. Pero, al mismo tiempo, es como el perfume: resulta empalagosa, cuando es usada sin medida. Imagínate con el cuerpo sudado, después de haber corrido durante una hora.

No encuentras agua y, para resolver el problema, te secas el sudor con la toalla y te colocas perfume, para disfrazar el olor del sudor. ¿Qué resultaría? No es necesario responder... Ahora, imagínate debajo de la ducha, dejando que el agua limpia resbale por tu cuerpo. Después, al salir a la calle, te colocas dos gotitas de un perfume delicioso. Estoy seguro de que todas las personas te van a mirar, mientras caminas. No existe mejor fragancia que la de un perfume colocado con discreción, en un cuerpo limpio.

La santidad es el perfume espiritual del cristiano. No hay cómo pasar desapercibido cuando el perfume de Cristo está reflejado en tu vida: “Tu luz nacerá como el alba y tu santidad se dejará ver en seguida”, dice el profeta.

Pero, ¿qué es santidad? La palabra “santo”, en el original griego, encierra el significado de algo que fue separado para un propósito especial. Es la consciencia de que no eres un ser común; de que perteneces al Rey del universo; de que fuiste comprado con sangre; de que eres parte de la familia real.

Por eso, cuando encuentres en tu senda muchas voces, llamándote a transitar por los caminos que te llevan a la destrucción y a la muerte, acuérdate de que tú eres santo, separado para un propósito especial.

No eches las perlas a los puercos; tú eres una joya preciosa, de un valor infinito.El Señor Jesucristo lo dejó todo en el cielo, y vino a esta tierra a buscarte, porque tiene un propósito especial para ti.

Sal hoy, por los caminos de la vida; pero sal con la consciencia de tu santidad. Pero, recuerda que no existe santidad sin justicia.

Busca a Jesús y su justicia; y, sin importar que haya una montaña de dificultades y tentaciones al frente, serás lo más precioso que Jesús tiene en esta vida, y vivirás como tal.

“Entonces nacerá tu luz como el alba, y tu santidad, se dejará ver en seguida; tu justicia irá delante de ti y la gloria de Jehová será tu retaguardia”. Isaías 58:8.
                               Tomado del Libro de Meditaciones 2011, del Pr. Alejandro Bullón.
El crecimiento es la ley de una vida saludable. El día que dejas de crecer es­tás condenado a muerte. Pero, el crecimiento implica dolor. Tal vez por eso, mucha gente se resiste a crecer. Prefiere acomodarse, y vive sin enfrentar desafíos, sin escalar las montañas de la vida.
En el versículo de hoy, el apóstol Pablo habla de crecimiento en la vida espiritual. El primer paso del crecimiento es el aprendizaje: "De la manera como aprendisteis", indica Pablo. A su vez, el primer paso del aprendizaje es la ignorancia, no en el sentido de torpeza, sino en el de reconocer que no sabes.
En la vida cristiana, esto te lleva a la Palabra de Dios. El estudio diario de la Biblia es el camino hacia el crecimiento; no el estudio como un deber, sino como la experiencia maravillosa de estar en comunión con Jesús. La Biblia es la carta de amor que Jesús te escribió. Es la manera de comunicarse contigo, de mostrarte los peligros del camino, de enseñarte las veredas de justicia y conducirte al destino glorioso que te tiene preparado.
Pero, al abrir el Libro Sagrado, tienes que renunciar a tus propios con­ceptos y reconocer que Dios conoce el camino mejor que tú. Este es un pro­ceso que lleva toda la vida; y Pablo llama a este proceso "crecimiento". Dice: "Así, abundéis más y más". La abundancia es el resultado de tomarse los consejos divinos en serio. Dios es un Dios de abundancia. Jesucristo declaró, en cierta ocasión: "He venido para que tengan vida y la tengan en abundancia". Pero, en la vida espiritual, la abundancia no es el fruto del esfuerzo, sino de la humildad, de la dependencia de Dios y de la sumisión a las enseñanzas de la Palabra de Dios.
Hoy tienes delante de ti un nuevo día. Cada día es una nueva oportuni­dad; es una hoja en blanco, que Dios te brinda para que escribas una nueva historia; es la oportunidad de corregir los errores de ayer, de extraer leccio­nes de los fracasos y de seguir andando, y creciendo y abundando más y más.
Empieza el día con la seguridad de que el consejo de Dios se ha hecho realidad en tu experiencia. Recuerda las palabras de Pablo: "Por lo demás, hermanos, os rogamos y exhortamos en el Señor Jesús, que de la manera que aprendisteis de nosotros cómo os conviene conduciros y agradar a Dios, así abundéis más y más"(1 Tesalonicenses 4:1).
                                                 Tomado del Libro de Meditaciones 2011, del Pr. Alejandro Bullón.
Estimados amigos, a continuación les compartimos, gracias al canal de youtube PCJOVENES2, un importante vídeo para consejería juvenil. El tema es : Amor Verdadero o enamoramiento caprichoso?, con el PR. ALEJANDRO BULLON. es sin duda un  buen enfoque del verdadero amor  que incluye la parte física, mental y espiritual, , por lo cual les invitamos a poder compartirlo. También les invitamos a ver nuestra sección de reflexiones en video haciendo clic en el siguiente enlace: 
Aquel 31 de diciembre parecía una feria dominical de los pueblos de in­terior; no obstante, el escenario era el centro de una de las ciudades más grandes del mundo.
Gente, mucha gente. Un grupo interminable de atletas, que partían como si fuese el éxodo judío. Miles, vestidos de todos los colores: rojo, azul, ama­rillo, violeta, en fin. En los ojos, un denominador común: el deseo de llegar a la meta. Se estaba dando inicio a la maratón de San Silvestre, en la Rep. del Brasil.
Entre los miles de atletas, profesionales y aficionados que partían, había un hombre de sesenta años. Cabellos emblanquecidos por el tiempo, arrugas prominentes y mirada de león hambriento. Parecía una fiera vieja, obser­vando a las gacelas que jamás alcanzaría.
Ricardo Fonseca pasará a la historia no como el campeón de resistencia en la carrera de quince kilómetros por las calles del centro de San Pablo, sino como el campeón de insistencia y de perseverancia. Llegó en último lugar, cuatro horas atrás del campeón. Pero llegó. Arrastrando los pies, extenuado, sin importarle el tiempo ni la posición de su llegada. Su única preocupa­ción, dijo al final, era llegar, completar la carrera. "Nunca dejé nada a medio hacer", dijo sonriendo, "Aprendí, de niño, que no existe peor derrota que la carrera que no se acaba".
Daba la impresión de repetir el versículo de hoy, en otra versión. Cientos de años atrás, Pablo había expresado que lo único que le interesaba, aun arriesgando su vida, era "terminar la carrera".
Hay mucha gente fracasada porque empieza un trabajo y no lo termina. Se desanima. Calcula que no llegará primero, y abandona la carrera. Su sen­dero está encarpetado de maravillosas disculpas. De tanto inventarlas, pasa a creer que son verdaderas. Campeones de la explicación. Jamás llegan; ni en último lugar. Simplemente, no llegan.
Haz de este un día de llegada. Termina lo que empezaste. No abandones la carrera; ve hasta el fin. Di, como Pablo: "Pero de ninguna cosa hago caso, ni estimo preciosa mi vida para mí mismo, con tal que acabe mi carrera con gozo, y el ministerio que recibí del Señor Jesús, para dar testimonio del evangelio de la gracia de Dios".
                                      Tomado del Libro de Meditaciones 2011, del Pr. Alejandro Bullón.


Crees que, para ser libre y feliz, debes quebrar todos los tabúes? Depende de lo que llames tabú. Lindomar, por ejemplo, piensa que llegar virgen al matrimonio es un tabú; que eso funcionaba en el siglo pasado, pero que ahora el mundo ha cambiado, y "todos lo hacen". Pero, la pureza está entre los diez principios eternos, establecidos por Dios para la felicidad del ser humano. Y, si el propósito de esos principios es la felicidad, es impo­sible ser feliz quebrándolos o echándolos a un lado, como si fuesen algo sin importancia.
El texto de hoy expresa el clamor del salmista en busca de entendimiento. La Palabra "entendimiento" puede ser traducida también como sabiduría. Sabiduría es diferente de conocimiento: el conocimiento es solo el almace­namiento de conceptos y datos, pero la sabiduría es el empleo adecuado de estos. Existe mucha gente que sabe mucho, pero ignora la manera de usar ese conocimiento provechosamente.
El versículo de hoy enseña que la manera sabia de vivir es respetando y practicando los consejos divinos, expresados en los principios eternos de su Palabra. Seguir esos principios no siempre es fácil, porque vivimos en un tiem­po en que Dios no pasa de ser un simple detalle; un ser despersonalizado, una energía creadora y nada más. El hombre moderno toma los principios divinos y racionaliza en torno de ellos; filosofa, los interpreta a su manera, discute, argumenta... en fin, hace cualquier cosa, menos obedecerlos.
El resultado es el desvarío loco y alucinado de su corazón. Corre de un lado para otro en busca de sosiego, y no lo encuentra; se hunde en las pro­fundidades más oscuras de sus instintos, en busca de un sentido para la vida, y solo encuentra confusión y oquedad. Pero, se resiste a volver los ojos a Dios y a los eternos principios de su Palabra.
Haz de este día un día de sabiduría. Nadie perdió jamás por oír los conse­jos divinos. Nunca alguna persona terminó en caminos de muerte y de locu­ra por andar en la senda mostrada por el Señor. Aunque te parezca ridículo, aunque tus amigos se rían de ti, aunque tus compañeros se burlen o digan que eres anticuado, sigue los principios eternos, y serás sabio y feliz.
No salgas a enfrentar los desafíos de hoy sin recordar la oración del sal­mista: "Dame entendimiento, guardaré tu ley y la cumpliré de todo corazón"(Salmo 119:34).
                                          Tomado del Libro de Meditaciones 2011, del Pr. Alejandro Bullón.

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Nada está perdido para los que se vuelven a Dios. Aunque las cosas no anden bien en tu vida, como consecuencia de tus errores, si te entregas a Dios con sinceridad de corazón, sus promesas continúan válidas.
Era eso lo que sucedía con el pueblo de Israel, en los tiempos de Zacarías. Habían abandonado al Señor. Habían tomado el control de su vida en las propias manos; creyeron que no necesitaban de Dios, que él les restringía la libertad. Y decidieron vivir solos, como si Dios no existiese.
Lo que me impresiona del amor divino es que los dejó ir. El precio del amor es la libertad. Es lamentable que, para entender esto, muchas veces es necesario llegar a la tierra de la esclavitud. Ahora, Israel sufría las consecuen­cias de sus decisiones equivocadas. Había permanecido mucho tiempo en el exilio babilónico; Jerusalén estaba destruida, sus campos, otrora floridos y productivos, estaban abandonados y sin vida.
Pero, en medio de la humillación y el sufrimiento, los hijos de Israel se acordaron de Dios, se arrepintieron, y clamaron al Dios eterno que los había sacado de la tierra de Egipto y los había conducido, milagrosamente, hacia la tierra de la libertad. Y Dios escuchó su clamor. Un remanente volvió del exilio, y el Señor levantó al profeta Zacarías para decirles que, a pesar de todo lo que habían hecho y a despecho de cómo ellos habían pretendido arruinar el plan de Dios, sus promesas continuaban válidas.
Jerusalén todavía sería la gran capital de la fe, y en sus tierras correrían los hijos de Israel, conforme al plan original de Dios. Imagino cómo debió haberse sentido el enemigo, al comprobar que, pese a todo lo que hiciera con el objetivo de que las promesas divinas jamás se cumplieran, el plan de Dios continuaba en pie.
Pero, lo bueno es que esas promesas son también para ti. Si, por algún motivo, desaprovechaste el pasado o lo usaste para causarte dolor y destruc­ción, vuelve los ojos a Dios, en arrepentimiento, y escucha la voz del Señor: "Clama aún, diciendo: así dice Jehová de los ejércitos: Aún rebosarán mis ciudades con la abundancia del bien, y aún consolará Jehová a Sión, y esco­gerá todavía a Jerusalén"(Zacarías 1:17.)
                                    Tomado del Libro de Meditaciones 2011, del Pr. Alejandro Bullón.

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Como aquel a quien consuela su madre, así os consolaré yo a vosotros, y en Jerusalén tomaréis consuelo. (Isaías 66:13.)

Todavía es temprano. Del lado de afuera veo un árbol que empieza a florecer, anunciando que el invierno se va. Al fondo, hay unos pinos tiernos, bañados de rocío; parecen llorar. Las gotas depositadas en sus ramas caen, como lágrimas de una naturaleza con nostalgia del sol. De todos modos, nada es perfecto: un sol esplendoroso que brille esta mañana completaría la belleza del paisaje. Pero vivimos en un mundo marcado por el dolor y la tristeza.
Hablando de tristeza, anoche me entregaron una carta. Es la historia de una madre que se enteró de que su hija, de apenas 16 años, estaba embarazada. ¿Qué hacer en esas circunstancias? Ella cerró los ojos, e imaginó el "escándalo" que eso significaría para la familia. Imaginó el futuro de la hija, cuyos sueños parecían desmoronarse; imaginó, también, el futuro de un niño sin padre. Ella jamás había conocido a su padre, y eso le había dejado en el alma un vacío difí­cil de llenar. Asustada, veía repetirse la historia, y no soportó. En un momento de rabia y de desesperación, obligó a la hija a realizar un aborto.
Todo parecía resuelto pero, de repente, el fantasma de la culpa empezó a atormentarla de día y de noche. Verdugos implacables la perseguían en sus noches de pesadilla, mientras ella corría con las manos ensangrentadas, ator­mentada por el grito de un niño sin rostro que le gritaba: "Abuela, no me mates, por favor". Ella escribió, deseando la muerte.
Nada justifica lo que hiciste, llevada por la desesperación. El pecado es pecado justamente por eso: te hace creer que es la solución, pero te hunde en la arena movediza de tus tormentos interiores. Pero, no quiero hablarte hoy de lo que hiciste o no hiciste. No quiero decirte que, cuando una vida surge en el vientre de una mujer, no es por causa del error de los seres humanos sino pol­la voluntad de Dios. Y si él lo permitió es porque, aunque tú no lo entiendas, Dios tenía un plan maravilloso para esa vida.
Lo que quiero decirte es: el Señor Jesús ya pagó el precio de tu culpa. Mereces lo peor por lo que hiciste, pero Jesús asumió tu culpa y pagó el precio con su vida. A ti solo te resta aceptar o rechazar. Aceptar, porque el perdón no puede ser otorgado a nadie por la fuerza, o rechazar porque eres libre, incluso para decir no.
No salgas hoy de tu casa sin meditar en la promesa bíblica: "Como aquel a quien consuela su madre, así os consolaré yo a vosotros, y en Jerusalén tomaréis consuelo".
                              Tomado del Libro de Meditaciones 2011, del Pr. Alejandro Bullón.

La biblia como palabra de Dios, nos enseña que al igual que en la vida muchas veces recibimos consuelo de nuestra Madre, también aunque no tengamos una viva o a nuestro lado, Dios es nuestro consuelo y la Madre de esta historia anterior aunque cometió un grave pecado tiene la esperanza del perdon y consuelo, el cual está disponible para todos si lo aceptamos. Dios bendiga a todas las Madres, cuyo consuelo y amor es comparado con el de Dios. Es nuestro deseo en REFLEXIONES PARA VIVIR.



Esta semana recibí la carta de una joven cristiana que mantiene una rela­ción amorosa con un hombre casado. Es una carta dolorosa; ella siente que lo ama, pero que ese amor la está destruyendo.
¿Qué podría decirle? ¿Que Dios está triste? ¡Claro que lo está! Pero, la tristeza divina no nace únicamente del hecho de que ella esté transgrediendo un Mandamiento, sino de la realidad dolorosa de que ella no es feliz.
¿Sabes? El amor es algo que Dios te confió con la intención de que con­temples las facetas desconocidas y lindas de la vida; para que te sientas viva, para que veas el mundo más lleno de colores y de melodías. Porque el AMOR viene de Dios: "Dios es amor" declara Juan. Pero, cuando el amor es confun­dido con la pasión, se convierte en un motivo de infelicidad y te sumerge en el caos interior.
Pensemos más en la chica de la carta. Ella no se siente bien destruyendo a una familia ni hiriendo el corazón de Dios. Tanto es así que me escribe pidiendo ayuda. Pero, no se da cuenta de que cayó en la red de un hombre casado, y está condenada a sufrir grandes decepciones y a perder el respeto por sí misma. Porque, en esta vida, nadie es valorado si no se valora a sí mis­mo; y nadie puede ser feliz si no está en paz con Dios y consigo mismo.
¿Qué es lo que lleva a esta muchacha a conformarse viviendo un "amor" que no es tal? ¿Puede alguien como aquel "novio" no traicionarla a ella un día, como hoy está traicionando a la esposa? ¿Se puede confiar en un hombre así?
Ella manifiesta que comenzó esa relación porque tenía miedo de quedar­se sola; pero ¿acaso relacionarse sentimentalmente con una persona casada no implica que ella continuará sola, compartiendo apenas los pocos mo­mentos que le sobren a él?
Cuando la soledad te abruma o te entristece, y te hace sentir que hay algo de errado en ti, es inútil que te aferres de alguien que te va a usar como un objeto, haciéndote sentir aún más triste... y más sola.
Podría haber respondido esta carta diciendo a esa joven que ponga pun­to final a esa situación, porque esa no es la voluntad de Dios. Pero sé que Dios no es un Dios egoísta, que solo está preocupado en que sus hijos lo obedezcan, sino que él es un padre amoroso, que desea su bienestar.
No continúes hiriéndote, solo por "miedo de sentirte sola"; a fin de cuen­tas, la soledad no es apenas una condición: es un estado de ánimo. Viviendo sin Jesús, puedes sentirte sola, a pesar de tener la compañía de otra persona.
                                            Tomado del Libro de Meditaciones 2011, del Pr. Alejandro Bullón.
Hacía algunos meses que Maira olvidaba las cosas. Su mente retroce­día, acelerada, hacia algún lugar donde ella se escondía. En ese extraño mundo, el olvido no tenía importancia; ni los recuerdos. Tampoco la alegría o la tristeza. Aquel universo estaba construido de vacío. Ella andaba, aparen­temente insensible, por los rincones de su propio universo.
Pero, la familia sufría. La tenían como referente. El esposo había fallecido varios años atrás, y ella era la matriarca. Verla en ese estado los dejaba como un día sin sol.
Fue en esas circunstancias que la hija mayor me buscó, con una pregun­ta: ¿Por qué Dios no la hace descansar? ¿Qué sentido tiene la vida, en ese estado?. La palabra de Dios dice: Hermanos míos, tened por sumo gozo cuando os halléis en diversas pruebas( Santiago 1:2).
¡Pruebas! Las encontramos todos los días. El versículo de hoy usa la ex­presión "diversas pruebas". El enemigo viene por todos los lados: es la pér­dida del empleo; un divorcio doloroso; el descubrimiento de que el hijo está en las drogas; la traición del mejor amigo; las injusticias del trabajo, en fin...
Pero, Santiago dice que debes alegrarte cuando te veas atravesando el valle de las pruebas. ¿No es demasiado pedir? En el original griego, la palabra "pruebas", peirasmos, literalmente significa estado de lucha mental en el que te ves inclinado a separarte de Dios.
Tal vez, esto lo explique todo. Cuando el enemigo coloca pruebas en tu camino, su objetivo es separarte de Dios; hacerte creer que es el Señor quien te envía el dolor. Si en ese momento te vuelves en contra de Dios, el enemigo ha logrado su objetivo. Pero, si en el instante de la prueba te vuelves hacia Dios, entiendes que el dolor puede constituir un instrumento de edificación.
Todo depende de la perspectiva de la realidad. El presente estado de cosas no es el fin; no juzgues las actitudes divinas cuando el trabajo aún no ha sido terminado. Si tu visión del mundo es materialista, las pruebas son motivo de tristeza. Si es espiritual, serán motivo de agradecimiento y de gozo. Es en el fuego que el oro se refina. ¡Y tú eres oro!
Por eso hoy, a despecho de lo que puedas estar viviendo, levanta las ma­nos al cielo y agradece. Después, parte confiado para enfrentar las dificul­tades de la vida. Porque, "hermanos míos, tened por sumo gozo cuando os halléis en diversas pruebas".
                                           Tomado del Libro de Meditaciones 2011, del Pr. Alejandro Bullón.


Octavio me miraba con sus ojos entornados, de fracaso e impotencia. Casi llegué a ver las telarañas que escondía en su mundo de frustraciones. En esa mirada, no había alegría; solo pesimismo. Eran dos baúles de promesas incumplidas.
He encontrado mucha gente como Octavio; para ellos, la victoria espiritual es solo un sueño. Nadie diría que se conformaron con una vida fracasada; ¡no! Luchan y se esfuerzan. No aceptan ser esclavos de vicios y de hábitos destructivos. Quieren proferir el grito de libertad; pero, cuanto más se esfuerzan, menos logran.
El versículo de hoy enseña el secreto de la victoria. El apóstol desarrolla el pensamiento a partir del versículo 10. Advierte que nuestra lucha no es contra un ser humano, sino contra un ser espiritual maligno. Lo llama "Príncipe de las tinieblas, en las regiones celestiales".
Después, concluye: "Por tanto"; en otras palabras: "Ya que es así". Ya que el enemigo que enfrentas todos los días es un ser espiritual, toma la armadura de Dios con el fin de que puedas resistir en el día malo. No te atrevas a luchar en solitario.
¿Sabes lo que es la "armadura de Dios"? El propio Dios, su compañeris­mo diario, su Espíritu en ti. Aquí, volvemos al mismo punto: el cristianismo es vida de compañerismo diario con Jesús. Vivir la vida normal, pero dirigiendo los pensamientos hacia Jesús: al comprar un vestido; al ingresar en un restaurante; en la escuela o en el lugar de trabajo. Tener siempre la con­ciencia de que el Señor Jesucristo está a tu lado. Desde que amanece hasta que anochece; en invierno o en verano. Cada instante.
Hoy puedes iniciar esta experiencia de comunión con Jesús. Si lo haces, te sentirás más seguro ante las dificultades y en la hora de la tentación. En vez de concentrarte en ti mismo y tratar de ser un vencedor con tus propias fuerzas, le contarás a tu amigo, al lado, lo que estas sintiendo; y, maravillosa­mente, verás cómo desaparece la tentación y te vuelves victorioso.
"Por tanto, tomad toda la armadura de Dios, para que podáis resistir en el día malo, y habiendo acabado todo, estar firmes". Efesios 6:13.
                                           Tomado del Libro de Meditaciones 2011, del Pr. Alejandro Bullón.


¡Esta vida me mata! Me mata su absurdo; sí, el absurdo de la rutina me aniquila silenciosamente. La rabia de ser todos los días yo, la oficina, este maldito escritorio, el vértigo de los ventiladores, la soledad de tantos rostros... todo me mata".
Perla escribía esas palabras mientras rumiaba el dolor de su rutina diaria. Se asfixiaba de monotonía. Lloraba en silencio. Se sentía cansada de vivir, e intentaba desahogar su espíritu garabateando la historia de su vida.
Todos los días, en todos los lugares, caminan Perlas, de muchas razas y de muchos colores; idiomas diferentes, tamaños variados. No importa el país ni la cultura. Son seres que sufren la agonía de estar vivos, sintiéndose muertos.
Ese es el estado diario de "enemigo". Éramos enemigos, menciona Pablo; vivíamos alejados de Dios, peleados, en situación de guerra. El ser humano, reñido con Dios, no tiene manera de ser feliz. Carga un vacío existencial que lo acompaña a todos lados, y le recuerda que es "enemigo".
Todos, independientemente de lo que creamos o no, provenimos de las manos del Creador, y solo seremos completos en él. La ausencia de Dios causa, en la criatura, una sensación de rutina y de monotonía, la vida pierde sentido, y el trabajo diario de vuelve enfadoso y cansador.
¿Para qué? Te preguntas, mientras tratas de cumplir obligaciones que no te proporcionan satisfacción. Pero, el amor de Dios por ti se revela en el hecho de que te reconcilió con él, al entregar al Señor Jesucristo para morir por ti.
Ahora, reconciliados, exclama Pablo, seremos salvos. Salvos ¿de qué? Del pecado. Pero, también del vacío, de la rutina agobiante, de la monotonía de ir sin saber hacia dónde.
¡Despierta a la vida! Deja entrar la luz divina en tus días oscuros. Permite que el Sol de justicia ilumine cada rincón de tu existencia, y parte hoy, para el cumplimiento de tus deberes diarios, seguro de que, con Jesús, la vida se transforma en una eterna primavera, llena de horizontes infinitos.
Recuerda que "si siendo enemigos, fuimos reconciliados con Dios por la muerte de su Hijo, mucho más, estando reconciliados, seremos salvos por su vida"(Romanos 5:10,11).


                                 Tomado del Libro de Meditaciones 2011, del Pr. Alejandro Bullón.

La mañana está fría aquí, en Santa fe. No me gusta esta época del año. Las hojas secas, caídas en el suelo, me recuerdan las consecuencias tristes del pecado. Hace rato que estoy aquí, tratando de desarrollar el pensamiento del texto que tengo delante de mí. Oro a Dios, y nada viene a mi mente. Me pre­ocupo. Falta poco tiempo para entregar este manuscrito, y no llegué siquiera a la mitad del trabajo.
Súbitamente siento el frío helado de estas montañas acariciando mi ros­tro, y empiezo a escribir. ¡Es maravilloso! Descubrir que soy un instrumento, en las manos de Dios, para llevar una palabra de consuelo al joven herido, al anciano triste y a la madre desesperada. Tener libertad, páginas en blanco, y todas las palabras guardadas en un rincón del alma.
No lo sé; quizás estuvieron allí todo el tiempo, como en un nido acoge­dor, y yo no lo percibía. Pero, aquí estoy, para decirte que la vida no puede ser vivida aislada de las otras personas; que necesitas de los demás; que el carbón, retirado del brasero, en poco tiempo pierde su calor y su brillo.
Cuando el Señor Jesucristo pronunció estas palabras, las dijo mientras hablaba del tema del perdón. Inclusive, Pedro le preguntó: "¿Cuántas veces perdonaré a mi hermano?" El Maestro estaba explicando a sus discípulos lo difícil que resulta convivir con otras personas, a pesar de haber sido convertidas.
Cada ser humano es diferente del otro; cada uno tiene una personalidad. La creación divina es una acuarela viva: muchos colores, muchas formas, variadas personalidades; un mundo vasto y diversificado. Es natural que convivir con los demás no sea fácil, aun dentro de la iglesia.
A pesar de eso, fuimos creados con el fin de vivir en permanente de­pendencia unos de los otros, extendiéndonos la mano, perdonándonos y aceptándonos con nuestras diferencias.
Nada es motivo para aislarse y vivir separado; mucho menos para decir que porque alguien dijo algo que no te gustó debes abandonar la iglesia.
Revisa tu manera de pensar. Dios tiene su iglesia en esta tierra. Es como un cuerpo: cada ser humano es un miembro, y el buen funcionamiento del cuerpo depende de la salud de cada miembro.
Recuerda el consejo de Jesús: "Porque donde están dos o tres congrega­dos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos"(Mateo 18:20)
                           Tomado del Libro de Meditaciones 2011, del Pr. Alejandro Bullón.

El amor es sufrido, es benigno; el amor no tiene envidia, el amor no es jactancioso, no se envanece. (1 Corintios 13:4)

La carta decía, entre otras cosas: "Quisiera no creer en Dios. Tal vez así, no sufriría tanto; porque, si existe, jamás me perdonaría. Quizás ahora, en este laberinto infernal en el que me encuentro, pueda volver a ser el ser que soy y pocas veces he sido".

El resto de la carta hablaba de una vida escabrosa, llena de remordimien­to, deseo de venganza y desesperación.

"Si Dios existe, no me perdonaría". Esta frase quedó golpeando mi mente durante un buen rato. A lo largo de mi vida, he tenido mucha dificultad para convencer a las personas de que Dios las ama, a pesar de lo que hagan o dejen de hacer.
El apóstol Pablo, escribiendo a los corintios, define el amor divino como sufrido y benigno. La palabra griega traducida como sufrido es makrotomeo, que literalmente significa "perseverar y esperar pacientemente".
La mente humana jamás entenderá el amor divino. El motivo es simple: cada vez que piensa en el amor de Dios lo hace desde su perspectiva humana. Y el amor humano, por más puro y sincero que parezca, está manchado por el egoísmo, propio de la naturaleza pecaminosa,
El ser humano solo ama cuando puede recibir algo a cambio. Ama por interés; por más dura que pueda parecer la idea. Por eso, le resulta difícil creer que Dios lo ame sin esperar nada de retorno; ¡por el simple hecho de amarlo! Pero, Pablo afirma que el amor de Dios es paciente y sufrido.
Sufre al ver a sus hijos transitando los peligrosos caminos de la destruc­ción; llora al ver a sus criaturas dirigiéndose temerariamente hacia la muer­te; gime al ver a las familias destruidas, a los jóvenes en las drogas, a los hombres y las mujeres hundiéndose en la arena movediza de sus propios placeres.
¿Qué hacer? Los creó libres; con capacidad de escoger el bien o el mal, la vida y la muerte. Solo le resta sufrir, esperando que el pecador oiga, un día, la voz del Espíritu tocando a la puerta de su ser y anhelando que el hijo rebelde abra los ojos, para ver el peligro del sendero escabroso que eligió.
Hoy es un día de decisiones. Dios te ama. Haz de este día un día de ale­gría para Dios. Escoge la vida y camina con él. Y no lo olvides: "El amor es sufrido, es benigno; el amor no tiene envidia, el amor no es jactancioso, no se envanece".
Tomado del Libro de Meditaciones 2011, del Pr. Alejandro Bullón.
No me duele mi fealdad, sino la belleza de las otras chicas. La frase brota de Elisa, rasgando la garganta. Hay amargura en el tono de su voz; una nube que empaña el brillo de sus ojos. No es tristeza; es rabia reprimida, en contra de la vida y de las injusticias de la naturaleza. Personalmente, creo que no es fea, como ella piensa. Si se arreglase me­jor, permitiría abrir la bella flor que yace, adormecida, dentro de ella. Si co­locase un poco de alegría a su vida, la sonrisa, escondida, aparecería como el arco iris después de que la tormenta acaba.
Pero, Elisa no quiere aceptar la realidad; se rehusa a convivir con ella. En vez de mirar hacia las cosas buenas que recibió de Dios, ha hecho de la codicia por lo que los otros tienen y ella no, su afán cotidiano. El problema de esta joven es la belleza. Pero, la codicia no tiene que ver solo con estética. Hay gente infeliz porque quisiera tener el automóvil del vecino, o la casa del amigo o el sueldo del jefe.

Al codicioso no le duele su necesidad; lo irrita lo que los demás tienen. Es un desvío de conducta que anula los sueños y el deseo de luchar. Sus ideales son envueltos por el manto triste de las lamentaciones.
El consejo de Pablo, en el versículo de hoy, es: "Vive contento con lo que tienes ahora". ¿Por qué "ahora"? Porque, si eres agradecido a Dios por lo que tienes en este momento, te colocas en condiciones de recibir más, en el futu­ro. Dios te da poco, para ver qué es lo que harás con lo poco que recibiste. Si malgastas el tiempo lamentándote porque no posees lo que el otro recibió, te incapacitas de recibir más.
Mira hacia delante. Administra lo que tienes en las manos; sé feliz con lo que recibiste hoy. Y prepárate para las grandes cosas que el Señor desea concederte.

Parte para la batalla de este día dispuesto a usar lo poco o lo mucho que tienes de la mejor manera. Para gloria de Dios y en beneficio de la humani­dad. El resultado será tu propia felicidad.
Recuerda, la biblia dice "Sean vuestras costumbres sin avaricia, contentos con lo que tenéis ahora; porque él dijo: No te desampararé, ni te dejaré"(Hebreos 13:5).
Tomado del Libro de Meditaciones 2011, del Pr. Alejandro Bullón.
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Sumergida en un mar de culpa, Alejandra se recrimina por los errores pasados. No es religiosa; tampoco conoce la Biblia ni acaricia inquietudes espirituales. Pero, la culpa la asfixia y la paraliza. Algo, dentro de ella, parece condenarla a una vida de sufrimiento. De cierto modo, siente que merece las adversidades que enfrenta.
El psicoanalista ha tratado de ayudarla a "justificar" sus errores. Pero, por más que racionaliza en torno de ellos, algo más fuerte que el "poder" de su mente le dice que es culpable. Alejandra ignora que el ser humano nace con complejo de culpa; "culpa existencial", dirían los Psicólogos.
No importa el nombre que se le dé. La naturaleza humana nace separada de Dios y, lejos del Creador, no hay cómo ser feliz. A la joven dulce, de mira­da penetrante y sonrisa melancólica, le llevó años descubrir el origen de su angustia.
Una noche, hastiada de envenenarse con remedios para dormir, tomó en consideración la Biblia.
La primera pregunta que surgió en su mente fue: "¿Puede un libro tan antiguo satisfacer mis inquietudes?". Había buscado respuestas en el enma­rañado de sus ideas existencialistas; y no las había encontrado. Entonces, llevada por el instinto de conservación, se respondió a sí misma, delante de la Biblia: "Nada pierdo intentándolo".
Ese fue el inicio de su recuperación. Leyendo el Libro sagrado, descubrió que todos los seres humanos nacen condenados a muerte: "No hay justo, ni aún uno"; "Todos pecamos y estamos destituidos de la gloria de Dios".
Después de leer esto, entendió el origen de su estado depresivo. Sus som­bras, entonces, se volvieron más densas; sus noches, más oscuras. Pero, al continuar leyendo, descubrió el versículo de hoy "Pues mucho más, estando ya justificados en su sangre, por él seremos salvos de la ira" (Romanos 5:9).
Fue como si el sol iluminase de pronto su oscuridad. Aprendió a confiar en Jesús. Ella es pecadora, pero Jesús ha derramado su sangre para salvarla. Ahora está justificada. Su vida de errores ha sido lavada por la sangre mara­villosa de Jesús. La "ira" divina no será más un fantasma en su vida. No más días de angustia; no más noches de insomnio. Ella cree. Y eso le es contado por justicia.
Esa puede ser, también, tu realidad hoy, si recuerdas que: "Mucho más, estando ya justificados en su sangre, por él seremos salvos de la ira".
Tomado del Libro de Meditaciones 2011, de Alejandro Bullón.
No olvidemos la promesa de Dios para hoy: 
"Pues mucho más, estando ya justificados en su sangre, por él seremos salvos de la ira" 
(Romanos 5:9).
La paz os dejo, mi paz os doy; yo no os la doy como el mundo la da. No se turbe vuestro corazón, ni tenga miedo.
 Juan 14:27.

Anochece. Siempre anochece. El sol puede brillar en todo su esplendor, pero eso no significa que el día será eterno. En este mundo, la noche llega más tarde o más temprano. Las sombras vienen y, con ellas, muchas veces, vienen también las inseguridades y los miedos. Es la ley de la vida: hay día, pero también hay noche.

Aquella noche, sin embargo, en la vida de Casiano, era la más terrible. Su hogar había sido destruido por una insensatez suya. El peso de la culpa lo abrumaba; golpeaba su cabeza como un martillo. Lo atormentaba, y lo crucificaba en el madero de sus errores. Cómo hubiese querido volver a ser niño, despreocupado con la vida, ajeno a los problemas de los adultos. Un niño cansado de correr por los campos verdes de su tierra, que dormía en paz cuando la noche llegaba.
¿Paz? ¡Hace mucho tiempo ignoraba lo que era paz! Pero, ¡cómo son las ironías de la vida! Acababa de regresar dé una misión de paz, en un país ex­tranjero. Él, buscando paz para los demás cuando, en lo recóndito de su ser, no sabía lo que era eso.
Hundido en su mundo de dolor y remordimiento, una noche se detuvo en un programa de televisión. Allí se hablaba del maravilloso amor de Jesu­cristo. No le prestó atención, al principio. Pero, a medida que el pensamiento del presentador avanzaba, despertó su interés.
El hombre de traje oscuro y voz suave, hablaba de paz. No se refería a una paz pasajera, humana. No hablaba de un acuerdo de concordia entre seres humanos; hablaba de un sentimiento de quietud y bonanza que se apodera del corazón, a pesar de las circunstancias terribles que la vida presenta.
Casiano anheló esa paz para él. Con asombro, veía describir la historia de su vida; sus encuentros y desencuentros; sus noches de amargura, sin poder dormir.
Repentinamente los ojos del presentador se fijaron en los suyos. "¿Adon­de irás", le preguntó, "si no vienes a Jesús?" Casiano no lo pensó dos veces. Se aproximó a la televisión, y cayó arrodillado, entregando el corazón a Jesús.
Ya pasaron más de veinte años desde aquel día. Hoy, Casiano sabe, por experiencia propia, lo que Jesús quiso decir al anunciar: "La paz os dejo, mi paz os doy; yo no os la doy como el mundo la da. No se turbe vuestro cora­zón, ni tenga miedo".
Tomado del Libro de Meditaciones 2011, del Pr. Alejandro Bullón.

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