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Cuenta Esopo, el genial fabulista de la antigüedad, que una liebre era ferozmente perseguida por un águila. Al ver que no podía eludir la gran agilidad del ave, la liebre le pidió a su amigo el escarabajo que la salvara. El escarabajo se dirigió al águila y le suplicó que perdonara la vida de su amiga. Pero el águila, mirando la insignificancia del escarabajo, devoró a la liebre delante del insecto. Desde entonces el escarabajo prometió vengar la muerte del lagomorfo y vivía acechando los lugares donde el águila ponía sus huevos y, cuando los encontraba, los tiraba y los rompía. Al darse cuenta de lo que hada el escarabajo, el águila recurrió a Júpiter, el dios printipal de la mitología romana, y le suplicó que le consiguiera un lugar seguro donde ella pudiera depositar los huevos.

Júpiter le dijo que con toda confianza podía colocarlos en su regazo, puesto que allí estarían muy seguros. Cuando el ave puso los huevos allí, el escarabajo hizo una bola de estiércol y la tiró sobre el regazo de Júpiter, «el cual queriendo arrojar de sí aquella basura, sacudió el manto, dejando caer también los huevos del águila».

¿Para qué orar y pedir la ayuda de un dios tan distraído como Júpiter? ¿Será posible confiarle nuestras más anhelantes súplicas a un dios así? Si el padre de los dioses no pudo proteger aquellos huevos, ¿podrá proteger a los seres humanos? Con razón no resulta una sorpresa que la oración haya sido objeto de burlas en el mundo grecorromano, y el tema de varias comedias griegas.

Séneca, el filósofo, político y orador romano contemporáneo a Lucas, saca a relucir la poca utilidad que se le atribuía a la oración en aquellos tiempos al preguntarse: «¿Qué sentido tiene elevar las manos al délo?».

Las corrientes filosóficas también proclamaban la ridiculez que implicaba orar a los dioses; por ejemplo, los estoicos y los epicúreos enseñaban a sus adherentes que orar era una práctica inútil y carente de sentido. Como bien lo expresó un brillante expositor bíblico, en el mundo gentil se vivía «la muerte de la oración».

En el ámbito judío las cosas eran un tanto diferentes, por lo menos en cuanto a la forma. Para los descendientes de Abraham, la oración era una práctica tan rutinaria como el comer o el beber. Siguiendo el ejemplo del piadoso Daniel, los judíos solían orar por lo menos tres veces al día (Dan. 6: 10). 

La primera oración del día comenzaba con la repetición de la Shemá de Deuteronomio 6: 4, 5: «Oye, Israel: lehová, nuestro Dios, Jehová uno es. Amarás a lehová, tu Dios, de todo tu corazón, de toda tu alma y con todas tus fuerzas».

Es innegable que esta oración constituye un excelente pasaje para dirigirnos a Dios e iniciar nuestro día en plena comunión con el cielo, pero lamentablemente los rabinos judíos se dedicaron a debatir cuál era el momento más propicio para elevar dicha plegaria y qué debía decirse antes y después de ella. Al hacer esto obviaban lo más importante del texto: su significado.

En el tratado Berajot, de La Misná, encontramos un ejemplo concreto de lo que acabo de decir: «Por la mañana se dicen dos bendiciones antes del Oye Israel y una después. Por la tarde se dicen dos bendiciones antes y otras dos después; una es larga y otra es corta. 

En el lugar donde se ha ordenado recitar la larga no está permitido recitar la corta y, a la inversa, en el lugar donde se ha ordenado recitar la corta no está permitido recitar la larga. Asimismo, en el lugar donde se ha ordenado recitar la fórmula final no está permitido no decirla y donde se ha ordenado no recitarla no está permitido decirla».

 En el mismo tratado se advierte que «si uno dice la oración y yerra, eso es un mal signo». La repetición correcta de la deprecación era tan importante, que cuando le preguntaron al Rabí fanina la razón por la que cuando él oraba por los enfermos podía decir con toda seguridad que «este vivirá» o «este morirá», él respondió: «Si mi oración es fluida en mi boca, sé que es  aceptada; si no, sé que es rechazada».

 En este sentido, la eficacia de la oración dependía más de las destrezas comunicativas del orante que de la sinceridad de su alma. En el mundo judaico la oración devino en un rito mediante el cual se propiciaba el exhibicionismo insolente de una supuesta piedad. Jesús vino a contrarrestar esa practica reduccionista de lo que significa entablar una conversación con el Rey del universo.

 Él vino a enseñamos a orar. Jesús, el hombre que sí era Dios (Juan 1: 1-3) y que abrigaba en su cuerpo toda la «plenitud de la Deidad» (Col. 2: 9), se presentó a lo largo de su ministerio como un hombre de oración. Sí, es cierto que él era uno con el Padre (Juan 10: 30; 16: 32), pero fue la oración, su permanente comunicación con el que lo había enviado, lo que hizo que esa unidad se mantuviera intacta a pesar de sus arduos enfrentamientos contra las fuerzas del mal. 

El Evangelio de Lucas presenta —como no lo hace ningún otro escrito bíblico— que Jesús es tanto nuestro modelo como nuestro maestro en lo que a la oración se refiere. El libro abre con la oración (Luc. 1: 10, 13) y concluye con los creyentes «alabando y bendiciendo a Dios» en el templo, que era la casa de oración (Luc. 24: 53). Aunque tenemos a nuestro alcance muchos episodios sobre la oración que han quedado registrados en los tres Evangelios sinópticos, Lucas presenta siete encuentros entre Jesús y la oración que son exclusivos de su Evangelio.’ Como bien lo dijo Wilhelm Ott, Lucas debe ser llamado «el evangelista de la oración».

TOMADO DE: LUCAS, EL EVANGELIO DE LA GRACIA DE J.VLADIMIR POLANCO.

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