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–Pero, un buen cristiano ¿no es aquel que hace todo bien? ¿No ne­cesita tener “buenas obras”?
–Un árbol de manzanas no es un manzano porque produce manza­nas… es todo lo contrario. Él produce manzanas porque es un manzano.
–Y eso ¿qué significa?
–Jesús lo dice así. Lee aquí: “Del mismo modo, todo árbol bueno da fruto bueno, pero el árbol malo da fruto malo. Un árbol bueno no puede dar fruto malo, y un árbol malo no puede dar fruto bueno” (S. Mateo 7:17, 18).
–¿Frutos?
–Sí. Para producir buenos frutos, el árbol necesita ser un árbol bueno. Los frutos son el resultado. Lo mismo sucede con el cristiano. Antes de preocuparse en producir buenas obras, es necesario ser un buen cristiano.
–Y un buen cristiano es aquel que va a Jesús de la manera en que está, ¿verdad?
–¡Eso mismo! Y permanece en él. ¡Entendiste!
Las horas corrían. Los amigos conversaron mucho tiempo. Jair tomó la iniciativa e hizo la pregunta –¿Podemos seguir mañana? Creo que es tarde, y tú necesitas des­cansar después de tu largo viaje.
–¿Sabes? El cansancio desapareció de tan interesante que estaba la conversación. Jamás había pensado en las cosas de las que me hablaste.
–Solamente una pregunta más.
–Claro.
–¿Aceptas a Jesús como tu Salvador? ¿Deseas ir a él tal como estás?
–Yo… quieres decir… yo…
Jair entendió que aquel no era el momento oportuno. Y completó:
–Descansa. Mañana será otro día. ¿Puedo hacer una oración por ti?
–Por favor.
Jair oró:
–Muchas gracias, Padre querido, porque un día el evangelio llegó a mi vida trayendo salvación, perdón y paz. Jamás podré agradecerte lo suficiente, porque nos salvaste a mi familia y a mí. Pero ahora, en este momento, te suplico por Pedro. Él necesita de ti, Señor. Entra en su corazón y pon orden en su vida. Arroja afuera su tristeza, su angustia, y dale un sentido a su existencia.
Al final de la oración, Pedro no pudo controlar las lágrimas. Jair lo abrazó y se retiró discretamente. Antes de salir, abrió la Biblia, buscó un versículo y le sugirió:
–Lee esto antes de dormir.
Solo, Pedro leyó: “Vengan a mí todos ustedes que están cansados y agobiados, y yo les daré descanso. Carguen con mi yugo y aprendan de mí, pues yo soy apacible y humilde de corazón, y encontrarán descanso para su alma” (S. Mateo 11:28, 29).
Gruesas lágrimas rodaron por su rostro, marcado prematuramente por la vida. Movió la cabeza con fuerza, no sabiendo qué pensar. El corazón clamaba por paz. Hasta ese momento había vivido una carrera alucinante en busca de algo que él mismo no lograba definir. Ahora escuchaba la voz mansa de Jesús diciendo: “Ven a mí”.
¡Qué día! ¡Cuántas emociones diferentes vividas en un corto período! Pánico, desesperación, miedo, angustia, nostalgia. Y, al final del día, esperanza. Una fiesta de luz en su mundo de sombras, y la perspectiva de un mañana glorioso.
Aquella noche casi no durmió. Dio vueltas en la cama como en tan­tas otras noches. Pero aquella vez era diferente. Se acordaba de cada palabra de Jair. Se levantó, entonces, encendió la luz y abrió la Biblia algunas veces. Mal sabía que el corazón era un campo de batalla. Era consciente, sin embargo, de que necesitaba tomar una decisión urgente. No podía posponerla más. Su vida no podía continuar de la manera en que estaba. Sin embargo, solamente podía pronunciar cuatro palabras:
–Perdón, mi Dios. ¡Perdón!
La luz del amanecer entró con fuerza por la ventana y lo despertó. Era un nuevo día. Sería, también, una nueva jornada. El corazón can­tó. Abrió la ventana del dormitorio, que daba al jardín, y respiró hondo. Sabía que estaba iniciando una caminata para toda la vida. Por algún motivo, sintió que debía buscar al hijo que no conocía. Entendió que no se puede construir un edificio nuevo sin establecer fundamentos sólidos. Las mentiras son hojas sueltas que el viento arrastra sin desti­no. No existe cura sobre una herida infectada. Es necesario limpiar la herida, aunque signifique dolor.
¿Tendría fuerzas para llegar al final de la jornada? Ese no era el pro­blema, pues “Estoy convencido de esto: el que comenzó tan buena obra en ustedes la irá perfeccionando hasta el día de Cristo Jesús” (Filipenses 1:6).
¡Ahora el corazón estaba lleno de vida!

Él estaba decidido a buscar la única esperanza real que existe.
                       Tomada de:  La Única Esperanza de Alejandro Bullon.

JOHN CARLOS SOTIL LUJAN 

DIRECTOR DEL WEB BLOG - REFLEXIONES PARA VIVIR

–¡No puede ser! Tú eres la persona más correcta que conozco.
–Puedes creer eso, pero no lo soy. Nadie es bueno.
–¿Cómo que nadie es bueno?
–Es lo que la Biblia dice. Mira.
Jair tomó la Biblia que estaba en la mesita de luz y le leyó: “Pues to­dos han pecado y están privados de la gloria de Dios” (Romanos 3:23). Después, mirándolo a los ojos, le dijo a su amigo:
–Todos. ¿Entiendes? Todos, sin excepción. Tú, yo, todos somos pecadores.
–¿No estás exagerando un poco? ¡Existe mucha gente buena en este mundo!
–Desde el punto de vista humano, tal vez. Pero la Biblia dice que: “Así está escrito: ‘No hay un solo justo, ni siquiera uno; no hay nadie que entienda, nadie que busque a Dios. Todos se han descarriado, a una se han corrompido. No hay nadie que haga lo bueno; ¡no hay uno solo!’ ” (Romanos 3:10-12).
–¿Ni uno solo?
–¡Ni uno! Y no sirve de nada lo que el ser humano haga para librar­se del pecado. La mancha de la rebeldía y del mal está siempre en él. “Aunque te laves con lejía, y te frotes con mucho jabón, ante mí seguirá presente la mancha de tu iniquidad –afirma el Señor omnipotente” (Jeremías 2:22).
–Entonces, estamos perdidos…
–¡Lo estamos! Eso significa que estamos destituidos de la gloria de Dios. Y, lejos de él, andamos en el territorio de la muerte. Por eso, el apóstol Pablo dice: “Porque la paga del pecado es muerte, mientras que la dádiva de Dios es vida eterna en Cristo Jesús, nuestro Señor” (Romanos 6:23).
–No entiendo, Jair. Si somos todos pecadores y el salario del pecado es la muerte, ¿cómo estamos vivos?
–Depende de lo que entiendas por vida. Desde el punto de vista biológico, la vida es un período en el cual el corazón late y los pulmo­nes funcionan; tú respiras. Pero nosotros somos más que apenas un cuerpo; somos seres humanos con emociones, sueños y proyectos; y, para disfrutar de la verdadera vida, necesitamos más que simplemente andar, comer o dormir.
–Es verdad. Yo también creo que es así –dijo Pedro, reflexivo.
Ambos permanecieron en silencio. Pedro miró la Biblia abierta. Jair sabía que el amigo estaba asimilando la conversación, y continuó:
–Pero, no todo está perdido. Mira lo que está escrito aquí: “–Yo soy el camino, la verdad y la vida –le contestó Jesús–. Nadie llega al Padre sino por mí” (S. Juan 14:6).
–¿Jesús es la vida?
–¡Exactamente! Solamente Jesús puede darle sentido a la existencia. Por eso, él dijo: “El ladrón no viene más que a robar, matar y destruir; yo he venido para que tengan vida, y la tengan en abundancia” (S. Juan 10:10).
–Vida abundante ¡es vida con sentido!
–Eso mismo. El mismo apóstol San Juan dice: “Y el testimonio es este: que Dios nos ha dado vida eterna, y esa vida está en su Hijo. El que tiene al Hijo, tiene la vida; el que no tiene al Hijo de Dios, no tiene la vida” (1 S. Juan 5:11, 12).
Pedro continuó pensando y Jair prosiguió:
–Lejos de Jesús, la vida se transforma en una simple superviven­cia. Levantarse de mañana, trabajar y dormir no es vida, es apenas sobrevivir.
Las palabras de Jair sacudieron el corazón de Pedro, que preguntó:
–Y ¿cómo se puede obtener ese tipo de vida?
–Te voy a leer lo que Jesús dice: “Porque tanto amó Dios al mundo, que dio a su Hijo unigénito, para que todo el que cree en él no se pierda, sino que tenga vida eterna” (S. Juan 3:16).
–Ya escuché eso.
–Mucha gente escucha, Pedro. Pero poca gente piensa en el verda­dero significado de esta declaración. Hay algunas ideas clave en este versículo.
–¿Cuáles?


–La primera es que Dios te ama. No por lo que tú haces o dejas de hacer. El amor de Dios no es por merecimiento. Dios te ama porque él es amor (1 S. Juan 4:8). Esa es su naturaleza. No importa quién eres tú, ni lo que tú haces. Sin importar si tú crees o no, tú eres el ser más precioso para Dios en este mundo.
  Pedro no podía dominar su emoción. Los ojos le brillaban exageradamente. Si Jair hubiera sabido lo que él había hecho, con plena segu­ridad jamás le diría lo que le estaba diciendo.
–¿Quiere decir que no necesito preocuparme por mi conducta?
–Sí, lo necesitas.
–Pero tú acabas de decir…
–El amor de Dios es incondicional y para todos, pero solo tiene valor para los que lo aceptan. Por eso, el versículo que te acabo de leer dice… ¿recuerdas?: “para que todo el que cree no se pierda”.
–¿Cómo hago para creer?
–Primero, acepta el hecho dramático de que tú estás en el territorio de la muerte, lejos de Dios, perdido, y que no tienes forma de salir de esa situación. Jeremías, uno de los profetas de la Biblia, pregunta: ¿Puede el etíope cambiar de piel, o el leopardo quitarse sus manchas? ¡Pues tampoco ustedes pueden hacer el bien, acostumbrados como están a hacer el mal!” (Jeremías 13:23).
–Ese soy yo.
–Esos somos todos nosotros, Pedro. Mira: “Nada hay tan engañoso como el corazón. No tiene remedio. ¿Quién puede comprenderlo? Yo, el Señor, sondeo el corazón y examino los pensamientos, para darle a cada uno según sus acciones y según el fruto de sus obras” (Jeremías 17:9, 10).
–Dios sabe todo –reflexionó Pedro.
–Exactamente. Al ser humano pecaminoso le gusta fingir, aparentar y “mostrar” que es buenito. Pero en el fondo sabe que su corazón es falso. Eso está en la naturaleza desde que Adán y Eva pecaron. A partir de aquel trágico día, todos nacemos con la naturaleza pecaminosa y somos incapaces de hacer el bien. Eso es lo que dice David: “Yo sé que soy malo de nacimiento; pecador me concibió mi madre” (Salmo 51:5). El apóstol Pablo completa la misma idea cuando dice: “Por medio de un solo hombre el pecado entró en el mundo, y por medio del pecado entró la muerte; fue así como la muerte pasó a toda la humanidad, porque todos pecaron” (Romanos 5:12).
–¿Estamos todos condenados?
–Sí y no.
–No entiendo.
–Estaríamos todos condenados, por naturaleza. Sin embargo, si después de aceptar el hecho de que tú eres incapaz de remediar tu situación vas a Jesús de la manera en que estás, escucharás su voz diciendo: “Vengan, pongamos las cosas en claro –dice el Señor–. ¿Son sus pecados como escarlata? ¡Quedarán blancos como la nieve! ¿Son rojos como la púrpura? ¡Quedarán como la lana!” (Isaías 1:18).
–¿Ir a Jesús llevando mis pecados?
–Es la única manera de ir a él. Mucha gente espera cambiar de vida para ir a Jesús. Espera corregir su comportamiento y dejar de hacer tal o cual cosa. Ellos jamás irán a Jesús. Solos, jamás lograrán cambiar su propia naturaleza.
–Es sorprendente.
–Es Jesús quien transforma al ser humano. Mira esta promesa: “Los rociaré con agua pura, y quedarán purificados. Los limpiaré de todas sus impurezas e idolatrías. Les daré un nuevo corazón, y les infundiré un espíritu nuevo; les quitaré ese corazón de piedra que ahora tienen, y les pondré un corazón de carne. Infundiré mi Espíritu en ustedes, y haré que sigan mis preceptos y obedezcan mis leyes” (Ezequiel 36:25-27).
–¿Así de simple?
–Y tú no pagas nada por eso. “Porque por gracia ustedes han sido salvados mediante la fe; esto no procede de ustedes, sino que es el regalo de Dios, no por obras, para que nadie se jacte” (Efesios 2:8, 9).
( Esta historia continuará.... )

                           Tomada de:  La Única Esperanza de Alejandro Bullon.

JOHN CARLOS SOTIL LUJAN 

DIRECTOR DEL WEB BLOG - REFLEXIONES PARA VIVIR

Un caballero elegante, de traje oscuro, salió del aeropuerto John F. Kennedy, en Nueva York, con apenas el equipaje de mano. Abandonó el lugar, apresurado, dejando abandonada su valija de viaje. En la puerta, tomó un taxi en dirección a Queens. Bajó en aquel barrio, de mayoría latina, y tomó otro taxi que lo llevaría a su verdadero destino: Newark, Estado de Nueva Jersey.
Pedro, joven empresario del ramo de la informática, estaba agitado. Sintió que el corazón se le salía por la boca. Su empresa estaba quebra­da, pero nada justifica lo que estaba haciendo últimamente. Ese era el tercer viaje en el que transportaba narcóticos. Las dos primeras veces, salió todo bien. Esta vez, repentinamente, el pánico se apoderó de él: presintió que sería descubierto; le sacó la etiqueta de identificación y abandonó la valija.
Dos horas después, del otro lado del puente, en Newark, se dirigió a la casa de Jair, que ignoraba las actividades ilícitas de este amigo de la infancia. Crecieron juntos, jugaron al fútbol, pescaron juntos y juntos salieron muchas veces para conquistar chicas, hasta que la vida los llevó por caminos diferentes.
Años después, ellos se reencontraron accidentalmente en la puer­ta del Hotel Pensilvania, delante del Madison Square Garden, en Nueva York. Jair había cambiado bastante. Parecía más serio. Casado con Laura, era padre de dos hermosos hijos. Se había transformado en un cristiano fervoroso. Pedro continuaba soltero, se aproximaba a los cua­renta años y vivía la “vida loca”, como a él mismo le gustaba definir.
En aquel día del mes de julio, en Newark, al abrir la puerta, Jair perci­bió que algo extraño había sucedido con el amigo de su niñez y, después de abrazarlo, le preguntó:
–¿Qué pasó? Estás blanco como la cera.
–No pasó nada. Creo que es solamente el cansancio del viaje.
–No es cansancio… Creo que estás enfermo… pero quédate tranqui­lo, te quedarás en el mismo dormitorio en el que estuviste la otra vez.
Pedro entró. Se sintió sucio y desleal con el amigo que bondadosamente le abría las puertas de su casa. ¿Qué podía hacer? ¿Salir co­rriendo y nunca más regresar? ¿Abrirle el corazón y confesar que estaba poniendo en riesgo la seguridad de la familia que lo hospedaba? Jair no merecía lo que él estaba haciendo. Ese sentimiento lo perturbó profundamente.
Minutos después, debajo de la ducha, sintiendo el agua correr por el cuerpo, él lloró. ¡Cómo deseaba que aquella agua fresca limpiara tam­bién su alma de las incoherencias de su existencia! Nadie podía llamar “vida” a la sucesión interminable de noches y días huecos en que se habían transformado sus jornadas. El pavor y la desesperación tomaban cuenta de él al pensar en la idea de que la policía podía descubrir quién era el dueño de aquella valija abandonada en el aeropuerto.
Por algún motivo, que no consiguió identificar en aquel instante, se acordó de Marta, la joven que había abandonado cuando supo que es­taba embarazada. Él tenía un hijo al que nunca había querido ver. ¿Por dónde andaría Marta? ¿Cómo estaría la persona que él, un padre ausente y débil, jamás conoció por no tener el coraje de hacerse cargo?
La empresa de informática que había abierto hacía cinco años mar­chaba a todo vapor al inicio, pero poco a poco entró en colapso. Él era el único culpable. Vivía en forma extravagante. Gastaba más de lo que ganaba. Así, comprometió el capital de la empresa.
Al ver que el barco se hundía, hizo de todo para salvar el patrimo­nio, pero no lo logró. Creyó que en poco tiempo conseguiría el dinero para salir de esa situación desastrosa, y ponerle fin a su carrera como marginal. Repentinamente, aquel día en el aeropuerto, sintió que ese camino no era el suyo, experimentó miedo, se descubrió débil y huyó como un niño asustado.
Al llegar la noche, sentado a la mesa de la familia para la cena, Pe­dro se mostró silencioso e introvertido. No era el mismo que en otras ocasiones.
–¿Qué pasó, Pedro, estás enfermo? –le preguntó Laura.
–¿Por qué? Jair me preguntó exactamente lo mismo cuando llegué.
–Estás diferente, tío –afirmó el hijo de la familia.
–No. No es nada –respondió el visitante, emocionado al ver la es­cena familiar.
Pedro conocía muchas familias, pero ninguna como aquella. Se respiraba felicidad en aquel ambiente. Sin embargo, un torbellino de pensamientos amedrentadores lo incomodaba aquel día. ¿Cómo enfren­tar la deuda? La valija abandonada significaba mucho dinero. Él tenía que huir. Algo le decía que estaba siendo vigilado. ¿O aquel sentimiento fue apenas fruto de su imaginación? ¿Y si lo identificaban? ¿Y si los po­licías golpearan la puerta de la casa de su amigo? ¿Arruinar a aquella hermosa familia? ¿Comprometerla con la justicia? El corazón era un remolino de sentimientos que no lograba contener. Pidió permiso en la mitad de la cena, y se retiró.
En el silencio de su dormitorio, lloró. ¿Qué era lo que estaba pasan­do con él? Ese no era el Pedro que él mismo conocía. ¿Por qué tantos escrúpulos, tanto temor, tanto remordimiento?
Una hora más tarde, Jair golpeó la puerta.
–¿Puedo hablar contigo?
–Entra.
–¿Qué sucede? ¿Estás con algún problema? ¿Quieres hablar?
–No es nada. Creo que me emocioné al ver tu hermosa familia, feliz… No sé, ustedes son diferentes.
–Somos cristianos. Jesús es huésped permanente en este hogar.
–¿Sabes que siento envidia de ustedes? Quería tanto ser feliz, tener esa paz que siento cada vez que llego aquí, pero mi vida está de cabeza para abajo.
–¿Quieres saber? Nosotros no siempre fuimos así. Tres años atrás, estábamos a punto de divorciarnos. Estuvimos separados uno del otro durante dos o tres meses. Yo creía que mi vida había llegado a su fin. Amo a mi esposa, pero, a pesar de eso, había provocado la separación.
–¿Tú?

–Sí… fui infiel.
( Esta historia continuará.... )

                                   Tomada de:  La Única Esperanza de Alejandro Bullon.

JOHN CARLOS SOTIL LUJAN 

DIRECTOR DEL WEB BLOG - REFLEXIONES PARA VIVIR

Ya en casa, mientras Lucía preparaba la cena, las dos amigas conti­nuaron conversando.
–¿Sabes, Roberta? Cuando tú hablas, todo parece fácil, pero yo siem­pre pensé que la Biblia era un libro difícil de entender.
–Al comienzo, mi amiga, es necesaria la ayuda de alguien que co­nozca más. Pero, con el tiempo, tú verás que el mismo Espíritu que inspiró al escritor bíblico iluminará tu entendimiento, para comprender el mensaje. En la Biblia hay una historia que muestra cómo una ayuda, al inicio, es importante.
–¿Qué historia?
–Voy a leértela. “Un ángel del Señor le dijo a Felipe: ‘Ponte en marcha hacia el sur, por el camino del desierto que baja de Jerusalén a Gaza’. Felipe emprendió el viaje, y resulta que se encontró con un etíope eu­nuco, alto funcionario encargado de todo el tesoro de la Candace, reina de los etíopes. Este había ido a Jerusalén para adorar y, en el viaje de regreso a su país, iba sentado en su carro, leyendo el libro del profeta Isaías. El Espíritu le dijo a Felipe: ‘Acércate y júntate a ese carro’. Felipe se acercó de prisa al carro y, al oír que el hombre leía al profeta Isaías, le preguntó:
“–¿Acaso entiende usted lo que está leyendo?
“ –¿Y cómo voy a entenderlo –contestó– si nadie me lo explica?
“Así que invitó a Felipe a subir y sentarse con él” (Hechos 8:26-31).
–¿Quieres decir que yo soy como aquel eunuco y tú eres como Felipe?
–Más o menos eso…
Ambas se rieron. Lucía se sorprendió riendo, porque desde que se había enterado del embarazo de la hija solamente había llorado.
–Te agradezco de todo corazón lo que estás haciendo por mí. Em­pleando tu tiempo, teniendo paciencia todos estos meses con una “cabe­za dura” como yo que, por preconcepto o no sé por qué razón, no quería oír. Pero, dime, ¿cómo hago para continuar estudiando la Biblia sola?
–Cada vez que quieras estudiar un determinado asunto, necesitas buscar en la Biblia los versículos y los capítulos que hablan de ese asun­to. Jamás se puede afirmar que la Biblia dice esto o aquello por haber leído un solo texto. Es necesario tener una idea completa del asunto, leyendo varios versículos. ¿Entiendes?
–Es muy interesante.
–¡Ah! Existe una advertencia muy seria: “A todo el que escuche las palabras del mensaje profético de este libro le advierto esto: Si alguno le añade algo, Dios le añadirá a él las plagas descritas en este libro. Y si alguno quita palabras de este libro de profecía, Dios le quitará su parte del árbol de la vida y de la ciudad santa, descritos en este libro” (Apo­calipsis 22:18, 19).
–¿Quieres decir que no se puede cambiar nada de lo que está escrito?
–Exactamente, querida. La Palabra de Dios es eterna. Isaías declara: “La hierba se seca y la flor se marchita, pero la palabra de nuestro Dios permanece para siempre” (Isaías 40:8). Dios es eterno. Su amor por el ser humano también es eterno. Y, como consecuencia, su Palabra también es eterna. Por eso, él se entristece cuando el hombre deja de lado las enseñanzas de la Biblia.
–¿En serio?
–En los tiempos de Israel, los líderes del pueblo se habían olvidado de la Palabra de Dios, y enseñaban doctrinas y tradiciones humanas. Por eso, el Señor Jesús dice: “ ‘Este pueblo me honra con los labios, pero su corazón está lejos de mí. En vano me adoran; sus enseñanzas no son más que reglas humanas’ ” (S. Mateo 15:8, 9).
–¿Quiere decir que si yo adoro a Dios pero no valoro su Palabra él no acepta mi adoración?
–¡Exactamente! Pero, no tengas miedo, pues Dios te ama incondicio­nalmente. El único propósito de su Palabra es ayudarte para que seas fe­liz. Mira: “Dichoso el que lee y dichosos los que escuchan las palabras de este mensaje profético y hacen caso de lo que aquí está escrito, porque el tiempo de su cumplimiento está cerca” (Apocalipsis 1:3). La palabra “dichoso” podríamos cambiarla por “feliz”. Aunque este versículo se refiera, primordialmente, a la profecía del propio libro de Apocalipsis, puede ser perfectamente aplicado a toda la Biblia. Feliz es la persona que no solamente lee, sino también guarda la Palabra de Dios en el corazón.
Ya era tarde en la noche cuando Roberta tomó el ómnibus hacia su casa. Su corazón rebosaba de alegría, porque no existe nada mejor que compartir el mensaje transformador del evangelio.
En casa, Lucía entró en el dormitorio de la hija, que estaba embara­zada. Trece años es la edad en la que una niña se abre a la vida como una linda flor. Aquella pequeña, sin embargo, tendría que cargar con las consecuencias de haber jugado con el sexo. ¿Qué hacer ahora? ¿Cómo ayudar a su hija en ese estado? Se sentó en la cama, mientras la chica dormía (o fingía dormir); la cubrió con la sábana y lloró contemplando el rostro de su niña, que antes de tiempo se transformaba en una adulta. Besó el rostro de su hija, y salió.
Acostada en su cama, sin poder dormir, Lucía pensó en cómo habría sido su vida si hubiera conocido la Palabra de Dios cuando era joven. Tal vez su historia habría sido diferente. La sabiduría de la Biblia, quizá, la habría ayudado a ser una mejor esposa y madre. Se acordó del último versículo que Roberta le había leído: “En mi corazón atesoro tus dichos para no pecar contra ti” (Salmo 119:11). Pero, no todo estaba perdido. Todavía estaba viva y tenía la oportunidad de corregir el rumbo de su vida.
Al día siguiente recibió una Biblia de regalo. Venía autografiada por Roberta y decía: “Con la seguridad de que este libro santo te ayudará a encontrar el camino de la felicidad”. Lucía se emocionó con aquellas palabras.
A partir de aquel momento, no salía de su casa sin leer la Palabra de Dios y no se iba a dormir sin pasar un buen tiempo leyendo las Sagradas Escrituras. En su vida comenzó a surgir el brillo de un día soleado. Las nubes que antes parecían asfixiarla continuaban allí, pero ella ya no era la misma persona hundida en el pesimismo. Las promesas bíblicas iluminaban su camino, y le gustaba repetir cons­tantemente: “Tu palabra es una lámpara a mis pies; es una luz en mi sendero” (Salmo 119:105).
Un domingo, varias semanas después, Lucía se despertó temprano y les preguntó a sus hijos:
–¿Quieren visitar a su padre?
Fueron los tres, por primera vez en tres años. El encuentro fue tenso. El ambiente deprimente no ayudaba para nada. Él demoró en apare­cer. Les dijeron que estaba en un grupo que estudiaba la Biblia. Final­mente, Evaldo llegó. Parecía más viejo.
Sandro, el hijo más pequeño, de once años, tomó la iniciativa y corrió para abrazar al padre. Ambos lloraron. Después se aproximó la hija. Lucía contemplaba la escena, enternecida. Todavía lo amaba. El corazón latía fuerte, las lágrimas caían. “Si hubiese conocido la Palabra de Dios antes”, pensaba, “todo podría haber sido diferente”.
–¡Perdón! ¡Perdóname! –rogó él.
–Soy yo quien debe pedir perdón.
Y los cuatro se unieron en un solo abrazo.
–¿Tú crees que todavía hay una esperanza para nosotros? –le pre­guntó él, tímido.
Había, sí. Dos años después, él salió en libertad condicional. Hoy, toda la familia descubrió la única esperanza.

                                      Tomado de:  La Única Esperanza de Alejandro Bullon.

JOHN CARLOS SOTIL LUJAN 

DIRECTOR DEL WEB BLOG - REFLEXIONES PARA VIVIR


Cierto día de octubre, en la hora del almuerzo, Lucía buscó a Roberta.
–No sé qué hacer. Mi vida es un completo caos.
–¿Qué pasó?
–Mi hija, de apenas trece años, está embarazada. ¿Qué hice para merecer esto? Yo me mato trabajando para poder sustentar a mis dos hijos; el padre de ellos está preso. Estoy sola, ¡no sé qué más hacer!
–Tú no estás sola.
–¿Cómo que no?
–¿Por qué no le das una oportunidad a Jesús?
–Otra vez vienes con ese asunto de la religión.
–¿Sabes, Lucía? Todo ser humano tiene problemas. La diferencia es la actitud con la que los encaramos. Y esa actitud depende de la certeza de saber que jamás estamos solos.
–Pero, yo estoy sola. Mis familiares están lejos, y no sé nada de ellos hace muchos años.
–No, mi amiga, tú no estás sola. Yo estoy aquí.
–Muchas gracias.
–Solo que yo no estoy hablando solamente de mi amistad; me refiero a alguien que realmente puede ayudarte. Te estoy hablando de Jesús. Mira, no digas nada, solo escucha este versículo de la Biblia.
Roberta fue hasta su mesa de trabajo, sacó una Biblia del cajón y leyó:
–“¿Puede una madre olvidar a su niño de pecho, y dejar de amar al hijo que ha dado a luz? Aun cuando ella lo olvidara, ¡yo no te olvidaré!” (Isaías 49:15).*
Los ojos de Lucía reflejaron emoción.
–Eso ¿está en la Biblia?
–Velo con tus propios ojos.
–Pero ¿por qué tú crees que ese libro es la Palabra de Dios?
–Existen varias razones. La primera es que los escritores bíblicos afirman que ellos escribieron por mandato divino. Por ejemplo, el apóstol Pablo dice: “Toda la Escritura es inspirada por Dios y útil para enseñar, para reprender, para corregir y para instruir en la justicia” (2 Timoteo 3:16). Hay dos pensamientos en ese texto: el primero es que toda la Sagra­da Escritura fue inspirada por Dios, y el segundo es que Dios nos dejó su Palabra para que sirva como instrucción, enseñanza y reprensión. Es inútil intentar ser feliz sin el conocimiento de la Palabra de Dios.
–No sé, amiga. Me gusta ver la confianza que tú tienes en ese libro, pero cualquier persona podría haber escrito eso y después afirmar que fue inspirada por Dios.
–Es verdad. Pero existen otras razones para creer que este libro es inspirado por Dios. Por ejemplo, la unidad de pensamiento. La Biblia fue escrita en un período de mil quinientos años. Moisés, que fue el primer autor, vivió quince siglos antes que San Juan, el último de los escritores. Muchos de los cuarenta escritores no se conocieron entre ellos; sin embargo, si tú lees la Biblia, vas a ver que existe una unidadde pensamiento asombrosa. Es como si un día los cuarenta escritores se hubieran reunido y hubiesen combinado qué parte le corresponde­ría escribir a cada uno. Lucía parecía desconcertada. Por primera vez, mostraba algún interés en asuntos espirituales. Hasta aquel día, daba la impresión de haber vivido simplemente por vivir, sin nunca haberse preguntado cuál era la razón de su existencia. Miró el reloj; todavía faltaban quince minutos para volver al trabajo.
–Tú sabes que para mí es difícil creer en esas cosas de la religión. Las personas más apegadas a la Biblia que conocí fueron las que más me decepcionaron.
–Tal vez porque solamente conocían la teoría; quizá porque ellas nunca conocieron al Autor personalmente.
–Pero ¿eso es posible?
–Escucha lo que dice aquí: “Ustedes estudian con diligencia las Es­crituras porque piensan que en ellas hallan la vida eterna. ¡Y son ellas las que dan testimonio en mi favor!” (S. Juan 5:39). Quien dice eso es el propio Jesús. Él desea que tú lo conozcas y descubras que puedes confiar en él y en sus promesas.
–Hummm…
–Hay más. Escucha: “y conocerán la verdad, y la verdad los hará libres” (S. Juan 8:32).
–¿Me va a liberar de qué?
–De todo eso que estás sintiendo. Del miedo, de la aflicción, de la desesperación, de la soledad. Jesús dice: “El ladrón no viene más que a robar, matar y destruir; yo he venido para que tengan vida, y la tengan en abundancia” (S. Juan 10:10). ¿Te das cuenta? Él desea que tengas una vida abundante. Pero, para eso, necesitas confiar en la Biblia.
A esa altura, la sirena de la fábrica indicaba la hora de reiniciar las ac­tividades. Las dos se dirigieron a sus puestos de trabajo, y Lucía decidió:
–Tenemos que seguir hablando sobre este asunto.
Roberta se sonrió.
Las horas de la tarde pasaron con rapidez. A la salida, Lucía esperaba a Roberta.
–Quiero saber más de lo que estábamos hablando, pero necesito correr a casa; les prometí a mis hijos que hoy llegaría temprano.
–Te acompaño. Podemos conversar en el viaje.
–¿No va a ser tarde para ti?
–Un poco… pero no hay problema.
En el ómnibus, mientras viajaban, Roberta le habló de las profecías, como una prueba más de la inspiración de la Biblia.
–Mira lo que el profeta Isaías escribió más de dos mil setecientos años atrás: “Él reina sobre la bóveda de la tierra, cuyos habitantes son como langostas. Él extiende los cielos como un toldo, y los desplie­ga como carpa para ser habitada” (Isaías 40:22). ¿Sabes? Durante siglos, la ciencia afirmaba que la Tierra era plana; sin embargo, la Biblia ya decía que era redonda. Cristóbal Colón probó la veracidad de la Biblia al llegar a América el 12 de octubre de 1492.
–Eso es asombroso. No lo sabía.
–Existen muchas cosas que las personas ignoran. Por ejemplo: la ma­nera extraordinaria en que la Biblia describe proféticamente la historia del mundo, desde los tiempos del Imperio Babilónico hasta nuestros días.
–¿Dónde está eso?
–Aquí, en el capítulo 2 de Daniel. Podemos leer al llegar a tu casa. En esa profecía, la Biblia presenta el desfile de los imperios que domi­naron al mundo desde los tiempos de un rey llamado Nabucodonosor, pasando por el imperio de los medopersas, el Imperio Griego bajo el comando de Alejandro Magno, y después por el Imperio Romano. Se menciona también la caída de Roma, y el intento siempre fallido de muchas naciones para dominar el mundo. La Biblia dice que, después de la división del Imperio Romano entre las diez tribus bárbaras que vivían en las áreas próximas a sus márgenes, nunca más se levantaría un imperio con aquel alcance y poderío. En nuestros días, el señor Jesús regresará a este mundo para colocar un punto final a la historia del pecado.
–¿En nuestros días? Tú estás jugando conmigo…
–No. No estoy jugando. Mira lo que dice aquí: “En los días de estos reyes el Dios del cielo establecerá un reino que jamás será destruido ni entregado a otro pueblo, sino que permanecerá para siempre y hará pedazos a todos estos reinos” (Daniel 2:44).
–¿Qué reyes son esos?

–Se refiere a nuestros días; los días en los que ya no existe más un reino que domine el mundo. En esos días, Dios establecerá su Reino para siempre, y eso sucederá con el regreso de Jesús a la Tierra.
( Esta historia continuará.... )

                                      Tomada de:  La Única Esperanza de Alejandro Bullon.

JOHN CARLOS SOTIL LUJAN 

DIRECTOR DEL WEB BLOG - REFLEXIONES PARA VIVIR

Existen cosas que simplemente no tienen explicación. Actitudes locas que dejan el amargo sabor del remordimiento. Tú intentas entender el porqué, pero no encuentras respuestas. El martillo de la culpa te crucifica en la cruz de tu propia conciencia.
Condenado a varios años de prisión, Evaldo fue deshilachándose como un trapo viejo y siendo consumido por el dolor. Él amaba a Lucía. La había conocido en la estación del tren, en el carnaval de 1990. En esa época, él era un jugador de 35 años, en el final de su carrera. Ella, 15 años más joven, era la bella bailarina de una escuela de samba. Se amaron con intensidad desde el principio y juntos fueron construyen­do sus sueños. Vivían en un dúplex amarillo y tenían un par de hijos que les alegraban la vida. Pero, todo eso era cosa del pasado. Evaldo cumplía la pena y Lucía, que había sobrevivido al atentado, no quería saber nada respecto de su ex marido.
–Por mí, que se pudra en la cárcel –les decía a sus amigas.
Pero, por la noche, acostada sola luego de mirar a sus hijos dormir, lloraba en silencio, sin saber la razón. En la fábrica de ropa en la que trabajaba como costurera, un día, a la hora del almuerzo, una compa­ñera de labores se aproximó y le dijo:
–Yo creo que tú no eres feliz.
–¿Feliz? ¿Cómo así… feliz?
–Feliz. Tú ¿eres feliz?
–Yo qué sé. ¿Alguien es feliz en esta vida?
–Mucha gente. Pero, para eso, necesitas conocer cuál es el plan de Dios para ti.
–¿Qué plan? ¿De qué estás hablando?
–Nadie vino a este mundo para sufrir. Dios tiene un plan maravilloso para cada persona, y la felicidad consiste en descubrirlo.
–¿Eres cristiana?
–Sí, lo soy.
–Mira, yo no tengo religión ni el más mínimo interés en esas cosas. Disculpa, pero es mejor que paremos ahora.
–No estoy hablando de religión. Estoy hablando de la vida, de tu vida. Tú ¿eres feliz de esa manera?
Así, comenzó todo. Conversaron un poco hoy, un poco otro día. Un día terminó y llegó otro. Transcurrieron semanas y meses, y la amistad de ambas se fue estrechando. Pero Roberta, la nueva amiga, no volvió a hablar de asuntos espirituales.

 ( Esta historia continuará.... )

                        Tomada de:  La Única Esperanza de Alejandro Bullon.

JOHN CARLOS SOTIL LUJAN 

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