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"En el día del bien goza del bien; y en el día de la adversidad considera. Dios hizo tanto lo uno como lo otro, a fin de que el hombre nada halle después de él"(Eclesiastés 7:14).

Lo vi sin querer. Sentado en la escalinata de la estación del tren. Alto, cabello castaño hasta los hombros, ojos pardos. Estaba desecho. Jamás habría podido reconocerlo, si él no hubiese gritado mi nombre.
Me contó la triste historia de su vida. Había fracasado, en los negocios y en la vida. Dos matrimonios deshechos; tres hijos que se avergonzaban del padre, esclavo del alcohol, en fin... El típico ser humano destruido por las circunstancias.
Todo empezó, me confió, con la muerte de su hijo en un accidente: "No estaba preparado para el dolor", balbuceó mientras bajaba la mirada, como si el dolor volviese sin querer.
¿Sabes? Nadie está preparado para la adversidad. Pero, el consejo del sabio es: "En el día de la adversidad, considera". Otras versiones traducen "reflexiona". Reflexionar es el acto de detenerse y pensar. Pensar ¿en qué? En que Dios hizo tanto el bien como la adversidad. ¿Cómo?
En el texto de hoy, el escritor atribuye a Dios el bien y el mal. Eso es típico de la literatura hebrea; en realidad, es típico del ser humano. Finalmente, todo lo que sucede en este mundo se atribuye a Dios porque, al fin de cuentas, él es Dios. Nada sucede debajo del sol sin su consentimiento. Él podría evitar que el dolor tocase la vida de sus hijos; pero, muchas veces, no lo impide porque es la única manera de hacernos crecer.
Recuerdo cuando era joven y me gustaba el deporte. Las horas de entrenamiento eran terribles y dolorosas, pero era la única manera de adquirir fortaleza física para el momento del partido.
Esta vida es una lucha permanente entre el bien y el mal. El campo de batalla es el corazón del ser humano. El enemigo hará todo lo que pueda para apoderarse de tu corazón; y, para eso, echará mano del dolor. Le gusta ver sufrir a los hombres. Sabe que cada vez que sufres él está tocando el corazón de Dios. Pero, el Señor permite que, a pesar de eso, tú atravieses por el valle del sufrimiento.
Por otro lado, saldrás más maduro; como la piedra bruta que fue pulida y se transformó en un bello diamante.
Por eso, hoy, no te desanimes si hay nubes en tu cielo o si el sol pareciera haberse ocultado. Tómate de la mano de Jesús, y enfrenta las dificultades. "En el día del bien goza del bien; y en el día de la adversidad considera. Dios hizo tanto lo uno como lo otro, a fin de que el hombre nada halle después de él"(Eclesiastés 7:14).
                              Tomado del Libro de Meditaciones Matinales 2011, del Pr. Alejandro Bullón           

Se va el sol, anaranjado, asfixiado e insistente, en el horizonte. Desde la terraza de mi hotel, en Río de Janeiro, veo a la "ciudad maravillosa", muriendo a las alegrías del día para renacer a los "encantos" de la noche.
¡Ah, Río de Janeiro! Dios te hizo tierra linda; paisaje encantador, donde el mar y la montaña coquetean, en un juego de amor imposible. Pero, los hombres desfiguraron tu corazón. Te hicieron violenta, y llenaron tus calles nocturnas de pasiones perversas.
"¿Qué es pecado?", pregunta el hombre. "Cada uno sabe lo que es bueno o lo que es malo", concluye.
¡Mentira! El texto de hoy pone en evidencia la insensatez de la humanidad. Después del pecado, Dios determinó que el ser humano debía salir del Edén porque era conocedor del bien y del mal. Ahora bien, no hay nada de errado en saber lo que es bueno o malo; antes de pecar, Adán y Eva ya sabían que obedecer a Dios era bueno y desobedecerle era malo. ¿Qué es lo que Dios quiso decir, entonces?
La palabra "conocedor", en el versículo de hoy, en el original hebreo es yadá; que, entre otras acepciones, significa decidir, determinar, llegar a la conclusión. El motivo por el cual el Creador indicó que no era bueno que el hombre continuase en el Edén, fue que él se había apropiado del derecho de decidir lo que es bueno o lo que es malo.
Ese derecho solo pertenece a Dios. La criatura puede aceptar o rechazar lo que Dios determina, pero no puede usurpar el lugar de Dios. No obstante, el hombre, desde el Edén hasta hoy, se siente en el derecho de decir: "La vida es mía. Nadie tiene que decirme lo que debo hacer; yo decido lo que es bueno o malo para mí".
De todas las actitudes rebeldes, esta es la más perniciosa, porque expresa el atrevimiento de un corazón que decide ser su propio dios. En el texto de hoy, Dios afirma, con referencia al hombre: "Se ha hecho como uno de nosotros". ¿En qué sentido? En el sentido de establecer: "Yo no necesito de Dios para decirme lo que tengo que hacer. Yo soy mi propio dios".
Haz de este un día de humildad y de entrega. Confia tu vida a Dios; sométele tus caminos; déjate llevar de la mano por él. Y recuerda el texto bíblico para hoy : "Y dijo Jehová Dios: He aquí el hombre es como uno de nosotros, sabiendo el bien y el mal; ahora, pues, que no alargue su mano, y tome también del árbol de la vida, y coma, y viva para siempre"(Génesis 3:22)
                               Tomado del Libro de Meditaciones Matinales 2011, del Pr. Alejandro Bullón           
En esta vida, todo pasa. Pasa el tiempo, el verano, la época de las lluvias, las palabras... en fin. Un día, te miras en el reflejo del agua, y descubres que la juventud también pasa.
El otro día, alguien me dijo: "Siempre me decían joven. Joven para aquí; joven para allá... Hasta que un día me sorprendí cuando una buena señora, en el mercado, me llamó señor. Entonces corrí a casa, me miré en el espejo, y descubrí, espantado, que la señora tenía razón. ¡Yo había dejado de ser un joven! Me había vuelto un señor".
Desdichadamente, cuando se es joven, da la impresión de que la juven­tud es eterna; que las oportunidades estarán siempre allí, al alcance de las manos. Tal vez por eso, un poeta renegado escribió: "La juventud es un don precioso que se desperdicia en la mano de los jóvenes".
¿Qué hacer para que, al llegar a los años maduros, puedas mirar para atrás y saber que valió la pena haber vivido? El versículo de hoy trae la res­puesta. ¿Quieres frutos? ¿Plenitud de frutos? ¿Frutos abundantes? Entonces, recuerda que "Yo soy la vid", dice Jesús; tú solo eres la rama. Una rama se­parada de la vid está condenada al fuego; para nada sirve. Pero, una rama conectada a la vid recibirá vida, y el resultado será fruto abundante en todas las áreas.
La palabra que destaca en el versículo de hoy es el verbo "permanecer". Expresa continuidad, durabilidad, persistencia; lo contrario a fugacidad o intermitencia. El secreto de una vida plena es la permanencia. "Permaneced en mí" indicó Jesús. ¿Cómo se permanece en Jesús? Buscándolo todos los días, abriéndole el corazón cada mañana y diciéndole: "Señor, yo no sé vivir solo. Necesito de ti. Enséñame a caminar por los caminos de victoria". Esto significa renuncia del propio yo y dependencia de Jesús. Una dependencia que, lejos de llevarte a la esclavitud o al servilismo, te conduce a la realiza­ción y a la vida llena de significado.
Hoy puede ser la media vuelta de tu vida. Si hasta aquí sientes que tus esfuerzos son infructuosos; si trabajas con ahínco, pero nada da resulta­do, conéctate a Jesús. Aprende a depender de él, y prepárate para los frutos abundantes, porque él dijo: "Yo soy la vid, vosotros los pámpanos; el que permanece en mí, y yo en él, éste lleva mucho fruto; porque separados de mí nada podéis hacer"(Juan 15:5).
                                    Tomado del Libro de Meditaciones Matinales 2011, del Pr. Alejandro Bullón
Intentemos definir el amor. Digo "intentemos" porque, si Dios es amor, definir el amor será tan difícil como lo es definir a Dios. La palabra impo­sible encuadraría mejor.
Lo que me impresiona de las enseñanzas bíblicas es que los escritores no enfatizan definiciones y conceptos; eso sería caer en el terreno peligroso de la teoría desprovista de practicidad. El énfasis de los escritores sagrados está en la aplicación de los conceptos teóricos. Por eso, en la Biblia resulta difícil encontrar una definición teórica del amor; más bien, encontramos la des­cripción del amor en la vida práctica.Esa descripción está registrada en el versículo de hoy. El propósito de Pablo es llevarnos a pensar en este tipo de amor, y compararlo con la manera en que nosotros amamos.¿Cómo sería nuestro hogar si estas características del amor estuviesen presentes en cada miembro de la familia? Pero, estas características son pro­pias del amor, fruto del Espíritu. Y los frutos no aparecen de un momento para otro, involucran crecimiento y desarrollo.No te desesperes si mañana mismo no aparecen estas características en tu amor. Simplemente ve a Jesús, búscalo cada día en oración, suplícale que desarrolle en ti la capacidad de amar con un amor auténtico, y te sorprende­rás con los resultados.Fue eso lo que sucedió en la vida del apóstol Juan. Él llegó a Jesús como "el hijo del trueno". Pero, en la convivencia diaria con Jesucristo, se fue desa­rrollando en él el amor de Dios; apareció el fruto del Espíritu. Y, cuando lo encontramos en la isla de Patmos, años más tarde, ya no es más el "hijo del trueno": se ha transformado en el "discípulo del amor".Levántate, asómate a la ventana. Ha empezado un nuevo día, y para ti puede ser una linda experiencia de compañerismo con Jesús. No te asustes con las tormentas que ves aproximarse; escóndete en Jesús. Vive a su lado, y prepárate para ver las maravillas que él es capaz de hacer en tu vida.¡Ah! Y recuerda que "el amor es sufrido, es benigno; el amor no tiene envidia, el amor no es jactancioso, no se envanece".
                                  Tomado del Libro de Meditaciones Matinales 2011, del Pr. Alejandro Bullón
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¿Cómo haces para tener fe? ¿Cómo haces para seguir esperando, cuan­do nada de lo que esperas sucede? Si, al menos, existiera en el aire un tímido olor a promesas que se cumplen; pasos lejanos de la persona amada, que regresa. Si crujiera alguna hoja seca a tus espaldas, diciéndote que has recuperado la audición perdida. Pero, nada de lo que esperas sucede; y escu­chas, desanimado, lo que las demás personas cuentan acerca de los hechos extraordinarios que Dios obra en su vida.
El otro día, alguien me dijo: "Tengo la impresión de que cuanto más es­pero en Dios, él más se olvida de mí". Jesús sabía que ese tipo de pensamien­tos iba a asaltar muchas veces la mente de sus hijos. Por eso, un día aseguró a Pedro: "He rogado por ti, para que tu fe no falte".La fe es confianza. Cuando tú conoces a una persona, sabes que puedes confiar en ella; tienes la seguridad de que no te fallará. Puede, incluso, de­morar por circunstancias que después sabrás, pero estás seguro de que no te fallará. La conoces bien.Esto te conduce de nuevo a Jesús. No es posible tener fe en Jesús y en sus promesas, si no convives a diario con él. Esa convivencia te lleva a conocerlo. Y entonces tienes la seguridad de que, aunque aparentemente sus promesas demoran, él no te abandonó. Está ahí, cerca de ti, esperando el momento oportuno para mostrarte la salida.Me anima la idea de saber que Jesús está en este momento rogando al Padre por mí, para que mi fe no falte. Es que la única manera de ser feliz, en este mundo de tinieblas, es saber que, aunque se demore, la luz del nuevo día brillará.Jesús le dijo más a Pedro. Le dijo que otra de las maneras de sentir menos el dolor y las dificultades es estar ocupado en testificar a los demás respecto del amor de Dios: "Una vez vuelto, confirma a tus hermanos". Una vida cen­trada en uno mismo es, con frecuencia, una vida llena de ansiedad. Cuanto más miras al reloj, pareciera que el tiempo no corre; pero, cuando te olvidas de la hora y empiezas a trabajar, el tiempo vuela.Haz de este un día más de convivencia con Jesús y de servicio a las per­sonas. No temas de nadie ni de nada; no desesperes, si las cosas que esperas todavía no sucedieron. Y toma las palabras de Jesús como si fuesen para ti: "Pero yo he rogado por ti, que tu fe no falte; y tú, una vez vuelto, confirma a tus hermanos"(Lucas 22:32)
                                    Tomado del Libro de Meditaciones Matinales 2011, del Pr. Alejandro Bullón
Para meditar Hoy: Y el ángel de Jehová se le apareció, y le dijo: Jehová está contigo, varón esforzado y valiente. (Jueces 6:12)
.Las 6:30 de la mañana. El despertador grita a todo volumen que ya es hora de despertar. Pero, ¡cómo! ¡Si él ni siquiera durmió! Se arrastra por la sala, para no despertar a nadie en casa. Las sandalias, deslizándose por el piso, parecen una multitud gritando al unísono: "No lo lograrás".
Las 7:30 de la mañana. Dentro del auto, mientras lleva a los hijos a la escuela, Pablo guarda silencio durante el camino. En el asiento trasero, los hijos juegan un juego electrónico portátil. En otros tiempos, les hubiese pe­dido que hicieran menos ruido; pero hoy no tiene fuerzas ni para eso. Por lo menos, ese ruido apaga un poco el grito de su corazón: "¡No lo lograrás!"Las 8:00 de la mañana: hijos en la escuela; tráfico lento; en la radio, las noticias de la mañana, la previsión del tiempo... y, en el corazón, la ansie­dad de quien tiene que presentar un proyecto nuevo a un grupo exigente de clientes. El material es bueno, la presentación en el proyector está bien lograda; pero, el temor continúa. Él sabe que, en el mundo de los negocios, un buen proyecto no es suficiente. La lucha es intensa, feroz; casi insana. Cualquier persona hace un buen proyecto; él necesita más que eso. Necesita aquel contrato. Pero, Pablo es un ser humano común, y tiene en su corazón las luchas comunes del día a día, el peso de la ansiedad, el fardo de la insegu­ridad, la inquieta pregunta: ¿Y si no lo logro? Pablo es, en verdad, la imagen de un hombre temeroso, con miedo, asustado.El texto de hoy fue escrito para un hombre como Pablo. Un hombre que tenía un encuentro con personas difíciles, con gente a la que no le gustaba negociar; gente pesada. Y, en su desesperación, muestra que es todo, menos un hombre listo para la batalla. Gedeón cargaba en su corazón el mismo interrogante de Pablo y de muchos otros: ¿Acaso voy a lograrlo?Tú eres un hombre valiente; el texto lo afirma. ¿Valiente? ¡Tanto Gedeón, como el Pablo de nuestra historia, nada tienen de valentía! Al contrario, ellos parecen inseguros, miedosos y ansiosos. ¡Pero, no es así como Dios te ve! La grandeza es la visión de Dios. En el texto de hoy, Dios tiene la visión de un Gedeón victorioso porque lo ve no como es, sino como será por el poder divino.Al comenzar un nuevo día, clama a Dios. Entrégale tu vida, sal a la lucha con fe, ve al campo de batalla y vence. Pero, antes, recuerda: "Y el ángel de Je­hová se le apareció, y le dijo: Jehová está contigo, varón esforzado y valiente".
                                            Tomado del Libro de Meditaciones Matinales 2011, del Pr. Alejandro Bullón.
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¿ Algún día lo lograré?, se pregunta. El éxito de sus padres la asusta. Thais es una chica llena de sueños, planes y proyectos. Acaba de diplomarse en Medicina. Los padres, ambos médicos, son famosos, con carreras sólidas y una excelente reputación en el ámbito profesional. Personas importantes acuden a la clínica de sus padres, y todo ese éxito la cohibe y la atemoriza. ¿Cuál es el secreto de la prosperidad? ¿Cuál era el secreto de sus padres?
El versículo de hoy menciona el secreto de la prosperidad y del éxito en la vida del rey Ezequías. Y enseña una lección que debe ser tomada en cuenta por todo aquel que desea ser un vencedor. Todo lo que fue escrito en la Biblia fue escrito para nuestra edificación; el plan de Dios es mostrarte el camino y enseñarte a andar.
El problema de mucha gente es que desea tener éxito, pero usa los tres puntos del versículo de hoy en orden inverso. Nota el orden correcto: Seguir a Dios, no apartarse de él y, después, guardar sus Mandamientos. Este último es consecuencia, y no causa.
Algunos sinceros hijos de Dios piensan que pueden lograr que Dios los ame más haciendo algo. ¡Eso es imposible! ¡Nada que yo haga logrará que Dios me ame más, así como no hay algo que yo haga para que Dios me ame menos!
Guardar los Mandamientos solo vale si es una consecuencia de seguir a Dios y no apartarse de él. La obediencia es fruto del relacionamiento correc­to con la Fuente de la obediencia, que es Jesús.
Hoy comenzaste tu día haciendo una buena decisión: cultivar la comu­nión con Dios, seguirlo, no apartarte de él. El resultado será la obediencia natural a los Mandamientos. Será una experiencia tan placentera como be­ber una limonada fría en una tarda caliente de verano. Ese es el secreto de la prosperidad y de la victoria.
Thais, Joáo, Marcos, Luisa; no importa tu nombre ni cuáles sean tus sue­ños; no importan los gigantes que necesitas vencer. Lo que importa es que has descubierto el secreto de la prosperidad. Haz como Ezequías, "porque siguió a Jehová, y no se apartó de él, sino que guardó los mandamientos que Jehová prescribió a Moisés"(2 Reyes 18:6).
                                          Tomado del Libro de Meditaciones 2011, del Pr. Alejandro Bullón.
                                                            Imagen tomada de temas espirituales.com
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En el taller más extraño y sublime conocido, se reunieron los grandes arquitectos, los afamados carpinteros y los mejores obreros celestiales que debían fabricar al padre perfecto:
"Debe ser fuerte", comentó uno.
"También, debe ser dulce", comentó otro experto.
"Debe tener firmeza y mansedumbre: tiene que saber dar buenos consejos".
"Debe ser justo en momentos decisivos, alegre y comprensivo en los momentos tiernos".
"¿Cómo es posible, interrogó un obrero, poner tal cantidad de cosas en un solo cuerpo"?
"Es fácil", contestó el ingeniero. "Sólo tenemos que crear un hombre con la fuerza del hierro y que tenga corazón de caramelo".
Todos rieron ante la ocurrencia y se escucho una voz (era el Maestro, dueño del taller del cielo):
"Veo que al fin comienzan, comentó sonriendo. No es fácil la tarea es cierto, pero no es imposible si ponen interés y amor en ello".
Y tomando en sus manos un puñado de tierra, comenzó a darle forma.
"¿Tierra?, preguntó sorprendido uno de los arquitectos. ¡Pensé que lo fabricaríamos de mármol, o marfil o piedras preciosas!.
"Este material es necesario para que sea humilde, le contestó el Maestro.
Y extendiendo su mano sacó de las estrellas oro y lo añadió a la masa.
"Esto es para que en pruebas brille y se mantenga firme".
Agregó a todo aquello, amor, sabiduría, le dio forma, le sopló de su aliento y cobró vida, pero... faltaba algo, pues en su pecho le quedaba un hueco.
"¿Y qué pondrás ahí?", preguntó uno de los obreros.
Y abriendo su propio pecho, y ante los ojos asombrados de aquellos arquitectos, sacó su corazón, y le arrancó un pedazo, y lo puso en el centro de aquel hueco.
Dos lágrimas salieron de sus ojos mientras volvía a su lugar su corazón ensangrentado.
¿Por qué has hecho tal cosa?", le interrogó un ángel obrero.
Y aún sangrando, le contestó el Maestro:
"Esto hará que me busque en momentos de angustia, que sea justo y recto, que perdone y corrija con paciencia, y sobre todo, que esté dispuesto aún al sacrificio por los suyos y que dirija a sus hijos con su ejemplo, por que al final de su largo trabajo, cuando haya terminado su tarea de padre allá en la tierra, regresará hasta mí. Y satisfecho por su buena labor, yo le daré un lugar aquí en mi reino. Le extenderé mi mano, descansará en mi pecho y tendrá Vida Eterna.
Pues yo también soy Padre y por él, por su bien, para otorgarle vida, me arranqué del corazón un pedazo de amor y lo puse en su pecho. Para que a mí regrese, guiado por la sangre que derramé por él en una cruz, para darle perdón, para mostrarle que aunque es duro ser padre, cuando extiendes tus brazos y perdonas, la recompensa es vida, gozo y amor eterno.

La preocupación del ser humano siempre es encontrar el camino que lo lleve a la felicidad. En cierta ocasión, Tomás pidió a Jesús: "Señor, mués­tranos el camino". Y la respuesta del Maestro fue: "Yo soy el camino, la ver­dad y la vida". Jesús es el Camino y la Verdad. No existe nada más concreto y absoluto que Jesús. Desdichadamente, vivimos en días en que la verdad, para los seres humanos, se ha vuelto relativa. El pluralismo y el relativismo son dos filosofías que están impregnadas en todo. El pluralismo enseña que, desde el momento que no existe un solo ser humano, es lógico que no pueda haber solo un concepto correcto. Pluralismo proviene de ahí, de la palabra plural, "muchos".
Consecuentemente, nace el relativismo porque, si existen muchas mane­ras de pensar, no puede existir una sola verdad, sino muchas. Por tanto, la verdad es relativa; mejor dicho, depende de lo que cada uno quiera pensar.
Pero, cuando Jesús afirmó que él es la verdad, estaba yendo en contra del pluralismo y del relativismo. La verdad, desde el punto de vista bíblico, es absoluta y está basada en la Palabra de Dios. Jesús lo dijo en su oración sacerdotal: "Santifícalos en tu verdad, tu Palabra es la verdad".
Pero, al final de cuentas, la verdad ¿es Jesús o es la Palabra de Dios? ¡Am­bos! Jesús es el Verbo, la Palabra de Dios que se hizo carne y vino a habitar entre nosotros. En Jesús, la palabra no era solo teoría: él era la Palabra hecha carne y vivida.
Esto sacude la idea de que la vida cristiana consiste solo en vivir en co­munión teórica con Jesús, o que el cristianismo fervoroso se limita a hacer una declaración romántica de amor a Jesús y cantarle, lleno de emoción. Todo eso es bueno, pero la vida cristiana es más que solo eso: es vivir los principios de la Palabra de Dios.
Disponte a vivir los principios bíblicos, aunque las personas se burlen de tus convicciones o piensen que vives en la Edad de Piedra. Deposita tu con­fianza en Jesús; acepta las enseñanzas de su Palabra, y no digas, como Tomás: "Señor, no sabemos a dónde vas; ¿cómo, pues, podemos saber el camino?"(Juan 14:5)
                                    Tomado del Libro de Meditaciones 2011, del Pr. Alejandro Bullón.

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Acostada en la cama de un hospital, Hermelinda trata de cobrar conscien­cia de lo que sucedió; por más que se esfuerza, no puede recordar. Sabe que un camión cruzó la calle con luz roja, y la atropello. Pero, lo único que llega a su mente es el grotesco chirrido de los neumáticos, aferrándose inú­tilmente al pavimento. Eso, y la visión de unos desesperados ojos negros en la vereda, mirándola como si adivinaran sus más íntimos temores. Después, todo se volvió oscuro... y despertó en el hospital, rodeada de paredes verdes y techo blanco.
La verdadera tragedia vino después, cuando el médico le dijo que nece­sitaba hacerle una serie de exámenes, para determinar con seguridad lo que le había pasado. Hermelinda tembló, de cabeza a cintura; los pies, ya no los sintió. Tuvo la impresión de que se los habían arrancado.
Algunos días después, vino el veredicto: había sufrido una lesión irrever­sible en la columna vertebral, y estaba condenada a una silla de ruedas para el resto de la vida.
La joven alta, delgada y de cabellos largos no lloró; no en público. Pero, a solas, derramó su alma al Señor. Pasó horas clamando a Dios. Aceptaba su situación, pero creía que Dios era un Dios que no conoce la palabra imposible.
Una noche, oró hasta la madrugada. Deberían ser las cuatro de la mañana. El gallo cantó. Poco tiempo después, oyó el ruido de la carroza que distribuía leche. El sol debía salir de un momento a otro, cuando ella decidió levantarse de la silla. "En el nombre de Dios, estoy sana", se repitió a sí misma. Y se le­vantó. Cayó estrepitosamente en el suelo. Intentó levantarse dos, tres veces. Y, cuando estaba a punto de desistir, oyó una voz en el fondo de su corazón: "Levántate y anda".
Y se levantó. Y anduvo. Y nadie, jamás, pudo explicar lo que sucedió con ella.
El versículo de hoy dice que los hijos de Israel clamaron. ¿Por qué clama­ron? Porque los madianitas los habían empobrecido. Les habían quitado todo.
Hay un enemigo peor que los madianitas. Desea quitarte las cosas más valiosas que tienes. Por eso, hoy, no salgas sin recordar el consejo divino: "De este modo empobrecía Israel en gran manera por causa de Madián; y los hijos de Israel clamaron a Jehová"(Jueces 6:6).
                                   Tomado del Libro de Meditaciones 2011, del Pr. Alejandro Bullón.
Rigoberto despertó con el rostro amarillo, ojeras profundas y una horrible sensación pastosa en la boca. Como un autómata, se levantó y se dirigió al baño. El encuentro con su imagen, ante el espejo, le produjo una horrible sensación de náuseas. Casi no se reconoció. Se lavó la cara con jabón, como si en aquel acto quisiese borrar de su mente el recuerdo de la noche de pecado que había vivido.

No era la primera vez. El joven de ojos grises y sonrisa de niño ingenuo sabía que no podía continuar con aquella vida. Conocía los principios bíbli­cos desde niño. Pero, eso no marcaba mucha diferencia. Cuando la tentación surgía, se convertía en una pobre e indefensa víctima de las tendencias que cargaba en su naturaleza.
Después de pecar se sentía sucio, inmundo, indigno del amor de Dios... y con ganas de morir. Había prometido a Dios tantas veces que su vida cambia­ría. Pero, cuanto más lo intentaba, más se hundía en la arena movediza de sus pobres intenciones.
Un día, en su desesperación, tomó la Biblia y encontró el versículo de hoy: "Si mi pueblo buscare mi rostro, yo sanaré sus tierras", expresaba la promesa.
Sanar sus tierras; era eso lo que Rigoberto necesitaba. Sus tierras estaban enfermas de pecado. Nada podía hacer él para resolver ese problema, a no ser buscar a Dios.
La palabra "buscar", en hebreo, es baqash; literalmente, significa "desear". Todo lo que Rigoberto necesitaba hacer era desear, mirar a Jesús, y decirle: "Se­ñor, yo no puedo. Si dependiera de mí, estoy perdido. Por eso, vuelvo los ojos a ti. ¿Puedes hacer algo por este humilde pecador?" En ese momento, viene el cumplimiento de la promesa divina: "Yo sanaré tu tierra".
Esa promesa continua válida para ti. Nada hay, en tu vida, que el Señor Je­sús no pueda sanar. La enfermedad del pecado es la peor de todas las enferme­dades, porque no solo mata el cuerpo sino también el espíritu. Pero, a lo largo de la historia, Dios siempre ha cumplido su promesa en la vida de aquellos que se han acercado a él con fe.
¿Qué harás tú con la promesa? Sal, para enfrentar la batalla de hoy, recor­dando que
"si se humillare mi pueblo, sobre el cual mi nombre es invocado, y oraren, y buscaren mi rostro, y se convirtieren de sus malos caminos; entonces yo oiré desde los cielos, y perdonaré sus pecados, y sanaré su tierra".
 (2 Crónicas 7:14).

                                           Tomado del Libro de Meditaciones 2011, del Pr. Alejandro Bullón.


Para reflexionar hoy: “Entonces nacerá tu luz como el alba, y tu santidad, se dejará ver en seguida; tu justicia irá delante de ti y la gloria de Jehová será tu retaguardia”. Isaías 58:8.
La santidad es algo que no se puede ocultar. Pero, al mismo tiempo, es como el perfume: resulta empalagosa, cuando es usada sin medida. Imagínate con el cuerpo sudado, después de haber corrido durante una hora.

No encuentras agua y, para resolver el problema, te secas el sudor con la toalla y te colocas perfume, para disfrazar el olor del sudor. ¿Qué resultaría? No es necesario responder... Ahora, imagínate debajo de la ducha, dejando que el agua limpia resbale por tu cuerpo. Después, al salir a la calle, te colocas dos gotitas de un perfume delicioso. Estoy seguro de que todas las personas te van a mirar, mientras caminas. No existe mejor fragancia que la de un perfume colocado con discreción, en un cuerpo limpio.

La santidad es el perfume espiritual del cristiano. No hay cómo pasar desapercibido cuando el perfume de Cristo está reflejado en tu vida: “Tu luz nacerá como el alba y tu santidad se dejará ver en seguida”, dice el profeta.

Pero, ¿qué es santidad? La palabra “santo”, en el original griego, encierra el significado de algo que fue separado para un propósito especial. Es la consciencia de que no eres un ser común; de que perteneces al Rey del universo; de que fuiste comprado con sangre; de que eres parte de la familia real.

Por eso, cuando encuentres en tu senda muchas voces, llamándote a transitar por los caminos que te llevan a la destrucción y a la muerte, acuérdate de que tú eres santo, separado para un propósito especial.

No eches las perlas a los puercos; tú eres una joya preciosa, de un valor infinito.El Señor Jesucristo lo dejó todo en el cielo, y vino a esta tierra a buscarte, porque tiene un propósito especial para ti.

Sal hoy, por los caminos de la vida; pero sal con la consciencia de tu santidad. Pero, recuerda que no existe santidad sin justicia.

Busca a Jesús y su justicia; y, sin importar que haya una montaña de dificultades y tentaciones al frente, serás lo más precioso que Jesús tiene en esta vida, y vivirás como tal.

“Entonces nacerá tu luz como el alba, y tu santidad, se dejará ver en seguida; tu justicia irá delante de ti y la gloria de Jehová será tu retaguardia”. Isaías 58:8.
                               Tomado del Libro de Meditaciones 2011, del Pr. Alejandro Bullón.
El crecimiento es la ley de una vida saludable. El día que dejas de crecer es­tás condenado a muerte. Pero, el crecimiento implica dolor. Tal vez por eso, mucha gente se resiste a crecer. Prefiere acomodarse, y vive sin enfrentar desafíos, sin escalar las montañas de la vida.
En el versículo de hoy, el apóstol Pablo habla de crecimiento en la vida espiritual. El primer paso del crecimiento es el aprendizaje: "De la manera como aprendisteis", indica Pablo. A su vez, el primer paso del aprendizaje es la ignorancia, no en el sentido de torpeza, sino en el de reconocer que no sabes.
En la vida cristiana, esto te lleva a la Palabra de Dios. El estudio diario de la Biblia es el camino hacia el crecimiento; no el estudio como un deber, sino como la experiencia maravillosa de estar en comunión con Jesús. La Biblia es la carta de amor que Jesús te escribió. Es la manera de comunicarse contigo, de mostrarte los peligros del camino, de enseñarte las veredas de justicia y conducirte al destino glorioso que te tiene preparado.
Pero, al abrir el Libro Sagrado, tienes que renunciar a tus propios con­ceptos y reconocer que Dios conoce el camino mejor que tú. Este es un pro­ceso que lleva toda la vida; y Pablo llama a este proceso "crecimiento". Dice: "Así, abundéis más y más". La abundancia es el resultado de tomarse los consejos divinos en serio. Dios es un Dios de abundancia. Jesucristo declaró, en cierta ocasión: "He venido para que tengan vida y la tengan en abundancia". Pero, en la vida espiritual, la abundancia no es el fruto del esfuerzo, sino de la humildad, de la dependencia de Dios y de la sumisión a las enseñanzas de la Palabra de Dios.
Hoy tienes delante de ti un nuevo día. Cada día es una nueva oportuni­dad; es una hoja en blanco, que Dios te brinda para que escribas una nueva historia; es la oportunidad de corregir los errores de ayer, de extraer leccio­nes de los fracasos y de seguir andando, y creciendo y abundando más y más.
Empieza el día con la seguridad de que el consejo de Dios se ha hecho realidad en tu experiencia. Recuerda las palabras de Pablo: "Por lo demás, hermanos, os rogamos y exhortamos en el Señor Jesús, que de la manera que aprendisteis de nosotros cómo os conviene conduciros y agradar a Dios, así abundéis más y más"(1 Tesalonicenses 4:1).
                                                 Tomado del Libro de Meditaciones 2011, del Pr. Alejandro Bullón.
Estimados amigos, a continuación les compartimos, gracias al canal de youtube PCJOVENES2, un importante vídeo para consejería juvenil. El tema es : Amor Verdadero o enamoramiento caprichoso?, con el PR. ALEJANDRO BULLON. es sin duda un  buen enfoque del verdadero amor  que incluye la parte física, mental y espiritual, , por lo cual les invitamos a poder compartirlo. También les invitamos a ver nuestra sección de reflexiones en video haciendo clic en el siguiente enlace: 
Aquel 31 de diciembre parecía una feria dominical de los pueblos de in­terior; no obstante, el escenario era el centro de una de las ciudades más grandes del mundo.
Gente, mucha gente. Un grupo interminable de atletas, que partían como si fuese el éxodo judío. Miles, vestidos de todos los colores: rojo, azul, ama­rillo, violeta, en fin. En los ojos, un denominador común: el deseo de llegar a la meta. Se estaba dando inicio a la maratón de San Silvestre, en la Rep. del Brasil.
Entre los miles de atletas, profesionales y aficionados que partían, había un hombre de sesenta años. Cabellos emblanquecidos por el tiempo, arrugas prominentes y mirada de león hambriento. Parecía una fiera vieja, obser­vando a las gacelas que jamás alcanzaría.
Ricardo Fonseca pasará a la historia no como el campeón de resistencia en la carrera de quince kilómetros por las calles del centro de San Pablo, sino como el campeón de insistencia y de perseverancia. Llegó en último lugar, cuatro horas atrás del campeón. Pero llegó. Arrastrando los pies, extenuado, sin importarle el tiempo ni la posición de su llegada. Su única preocupa­ción, dijo al final, era llegar, completar la carrera. "Nunca dejé nada a medio hacer", dijo sonriendo, "Aprendí, de niño, que no existe peor derrota que la carrera que no se acaba".
Daba la impresión de repetir el versículo de hoy, en otra versión. Cientos de años atrás, Pablo había expresado que lo único que le interesaba, aun arriesgando su vida, era "terminar la carrera".
Hay mucha gente fracasada porque empieza un trabajo y no lo termina. Se desanima. Calcula que no llegará primero, y abandona la carrera. Su sen­dero está encarpetado de maravillosas disculpas. De tanto inventarlas, pasa a creer que son verdaderas. Campeones de la explicación. Jamás llegan; ni en último lugar. Simplemente, no llegan.
Haz de este un día de llegada. Termina lo que empezaste. No abandones la carrera; ve hasta el fin. Di, como Pablo: "Pero de ninguna cosa hago caso, ni estimo preciosa mi vida para mí mismo, con tal que acabe mi carrera con gozo, y el ministerio que recibí del Señor Jesús, para dar testimonio del evangelio de la gracia de Dios".
                                      Tomado del Libro de Meditaciones 2011, del Pr. Alejandro Bullón.


Crees que, para ser libre y feliz, debes quebrar todos los tabúes? Depende de lo que llames tabú. Lindomar, por ejemplo, piensa que llegar virgen al matrimonio es un tabú; que eso funcionaba en el siglo pasado, pero que ahora el mundo ha cambiado, y "todos lo hacen". Pero, la pureza está entre los diez principios eternos, establecidos por Dios para la felicidad del ser humano. Y, si el propósito de esos principios es la felicidad, es impo­sible ser feliz quebrándolos o echándolos a un lado, como si fuesen algo sin importancia.
El texto de hoy expresa el clamor del salmista en busca de entendimiento. La Palabra "entendimiento" puede ser traducida también como sabiduría. Sabiduría es diferente de conocimiento: el conocimiento es solo el almace­namiento de conceptos y datos, pero la sabiduría es el empleo adecuado de estos. Existe mucha gente que sabe mucho, pero ignora la manera de usar ese conocimiento provechosamente.
El versículo de hoy enseña que la manera sabia de vivir es respetando y practicando los consejos divinos, expresados en los principios eternos de su Palabra. Seguir esos principios no siempre es fácil, porque vivimos en un tiem­po en que Dios no pasa de ser un simple detalle; un ser despersonalizado, una energía creadora y nada más. El hombre moderno toma los principios divinos y racionaliza en torno de ellos; filosofa, los interpreta a su manera, discute, argumenta... en fin, hace cualquier cosa, menos obedecerlos.
El resultado es el desvarío loco y alucinado de su corazón. Corre de un lado para otro en busca de sosiego, y no lo encuentra; se hunde en las pro­fundidades más oscuras de sus instintos, en busca de un sentido para la vida, y solo encuentra confusión y oquedad. Pero, se resiste a volver los ojos a Dios y a los eternos principios de su Palabra.
Haz de este día un día de sabiduría. Nadie perdió jamás por oír los conse­jos divinos. Nunca alguna persona terminó en caminos de muerte y de locu­ra por andar en la senda mostrada por el Señor. Aunque te parezca ridículo, aunque tus amigos se rían de ti, aunque tus compañeros se burlen o digan que eres anticuado, sigue los principios eternos, y serás sabio y feliz.
No salgas a enfrentar los desafíos de hoy sin recordar la oración del sal­mista: "Dame entendimiento, guardaré tu ley y la cumpliré de todo corazón"(Salmo 119:34).
                                          Tomado del Libro de Meditaciones 2011, del Pr. Alejandro Bullón.

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Nada está perdido para los que se vuelven a Dios. Aunque las cosas no anden bien en tu vida, como consecuencia de tus errores, si te entregas a Dios con sinceridad de corazón, sus promesas continúan válidas.
Era eso lo que sucedía con el pueblo de Israel, en los tiempos de Zacarías. Habían abandonado al Señor. Habían tomado el control de su vida en las propias manos; creyeron que no necesitaban de Dios, que él les restringía la libertad. Y decidieron vivir solos, como si Dios no existiese.
Lo que me impresiona del amor divino es que los dejó ir. El precio del amor es la libertad. Es lamentable que, para entender esto, muchas veces es necesario llegar a la tierra de la esclavitud. Ahora, Israel sufría las consecuen­cias de sus decisiones equivocadas. Había permanecido mucho tiempo en el exilio babilónico; Jerusalén estaba destruida, sus campos, otrora floridos y productivos, estaban abandonados y sin vida.
Pero, en medio de la humillación y el sufrimiento, los hijos de Israel se acordaron de Dios, se arrepintieron, y clamaron al Dios eterno que los había sacado de la tierra de Egipto y los había conducido, milagrosamente, hacia la tierra de la libertad. Y Dios escuchó su clamor. Un remanente volvió del exilio, y el Señor levantó al profeta Zacarías para decirles que, a pesar de todo lo que habían hecho y a despecho de cómo ellos habían pretendido arruinar el plan de Dios, sus promesas continuaban válidas.
Jerusalén todavía sería la gran capital de la fe, y en sus tierras correrían los hijos de Israel, conforme al plan original de Dios. Imagino cómo debió haberse sentido el enemigo, al comprobar que, pese a todo lo que hiciera con el objetivo de que las promesas divinas jamás se cumplieran, el plan de Dios continuaba en pie.
Pero, lo bueno es que esas promesas son también para ti. Si, por algún motivo, desaprovechaste el pasado o lo usaste para causarte dolor y destruc­ción, vuelve los ojos a Dios, en arrepentimiento, y escucha la voz del Señor: "Clama aún, diciendo: así dice Jehová de los ejércitos: Aún rebosarán mis ciudades con la abundancia del bien, y aún consolará Jehová a Sión, y esco­gerá todavía a Jerusalén"(Zacarías 1:17.)
                                    Tomado del Libro de Meditaciones 2011, del Pr. Alejandro Bullón.

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Como aquel a quien consuela su madre, así os consolaré yo a vosotros, y en Jerusalén tomaréis consuelo. (Isaías 66:13.)

Todavía es temprano. Del lado de afuera veo un árbol que empieza a florecer, anunciando que el invierno se va. Al fondo, hay unos pinos tiernos, bañados de rocío; parecen llorar. Las gotas depositadas en sus ramas caen, como lágrimas de una naturaleza con nostalgia del sol. De todos modos, nada es perfecto: un sol esplendoroso que brille esta mañana completaría la belleza del paisaje. Pero vivimos en un mundo marcado por el dolor y la tristeza.
Hablando de tristeza, anoche me entregaron una carta. Es la historia de una madre que se enteró de que su hija, de apenas 16 años, estaba embarazada. ¿Qué hacer en esas circunstancias? Ella cerró los ojos, e imaginó el "escándalo" que eso significaría para la familia. Imaginó el futuro de la hija, cuyos sueños parecían desmoronarse; imaginó, también, el futuro de un niño sin padre. Ella jamás había conocido a su padre, y eso le había dejado en el alma un vacío difí­cil de llenar. Asustada, veía repetirse la historia, y no soportó. En un momento de rabia y de desesperación, obligó a la hija a realizar un aborto.
Todo parecía resuelto pero, de repente, el fantasma de la culpa empezó a atormentarla de día y de noche. Verdugos implacables la perseguían en sus noches de pesadilla, mientras ella corría con las manos ensangrentadas, ator­mentada por el grito de un niño sin rostro que le gritaba: "Abuela, no me mates, por favor". Ella escribió, deseando la muerte.
Nada justifica lo que hiciste, llevada por la desesperación. El pecado es pecado justamente por eso: te hace creer que es la solución, pero te hunde en la arena movediza de tus tormentos interiores. Pero, no quiero hablarte hoy de lo que hiciste o no hiciste. No quiero decirte que, cuando una vida surge en el vientre de una mujer, no es por causa del error de los seres humanos sino pol­la voluntad de Dios. Y si él lo permitió es porque, aunque tú no lo entiendas, Dios tenía un plan maravilloso para esa vida.
Lo que quiero decirte es: el Señor Jesús ya pagó el precio de tu culpa. Mereces lo peor por lo que hiciste, pero Jesús asumió tu culpa y pagó el precio con su vida. A ti solo te resta aceptar o rechazar. Aceptar, porque el perdón no puede ser otorgado a nadie por la fuerza, o rechazar porque eres libre, incluso para decir no.
No salgas hoy de tu casa sin meditar en la promesa bíblica: "Como aquel a quien consuela su madre, así os consolaré yo a vosotros, y en Jerusalén tomaréis consuelo".
                              Tomado del Libro de Meditaciones 2011, del Pr. Alejandro Bullón.

La biblia como palabra de Dios, nos enseña que al igual que en la vida muchas veces recibimos consuelo de nuestra Madre, también aunque no tengamos una viva o a nuestro lado, Dios es nuestro consuelo y la Madre de esta historia anterior aunque cometió un grave pecado tiene la esperanza del perdon y consuelo, el cual está disponible para todos si lo aceptamos. Dios bendiga a todas las Madres, cuyo consuelo y amor es comparado con el de Dios. Es nuestro deseo en REFLEXIONES PARA VIVIR.



Esta semana recibí la carta de una joven cristiana que mantiene una rela­ción amorosa con un hombre casado. Es una carta dolorosa; ella siente que lo ama, pero que ese amor la está destruyendo.
¿Qué podría decirle? ¿Que Dios está triste? ¡Claro que lo está! Pero, la tristeza divina no nace únicamente del hecho de que ella esté transgrediendo un Mandamiento, sino de la realidad dolorosa de que ella no es feliz.
¿Sabes? El amor es algo que Dios te confió con la intención de que con­temples las facetas desconocidas y lindas de la vida; para que te sientas viva, para que veas el mundo más lleno de colores y de melodías. Porque el AMOR viene de Dios: "Dios es amor" declara Juan. Pero, cuando el amor es confun­dido con la pasión, se convierte en un motivo de infelicidad y te sumerge en el caos interior.
Pensemos más en la chica de la carta. Ella no se siente bien destruyendo a una familia ni hiriendo el corazón de Dios. Tanto es así que me escribe pidiendo ayuda. Pero, no se da cuenta de que cayó en la red de un hombre casado, y está condenada a sufrir grandes decepciones y a perder el respeto por sí misma. Porque, en esta vida, nadie es valorado si no se valora a sí mis­mo; y nadie puede ser feliz si no está en paz con Dios y consigo mismo.
¿Qué es lo que lleva a esta muchacha a conformarse viviendo un "amor" que no es tal? ¿Puede alguien como aquel "novio" no traicionarla a ella un día, como hoy está traicionando a la esposa? ¿Se puede confiar en un hombre así?
Ella manifiesta que comenzó esa relación porque tenía miedo de quedar­se sola; pero ¿acaso relacionarse sentimentalmente con una persona casada no implica que ella continuará sola, compartiendo apenas los pocos mo­mentos que le sobren a él?
Cuando la soledad te abruma o te entristece, y te hace sentir que hay algo de errado en ti, es inútil que te aferres de alguien que te va a usar como un objeto, haciéndote sentir aún más triste... y más sola.
Podría haber respondido esta carta diciendo a esa joven que ponga pun­to final a esa situación, porque esa no es la voluntad de Dios. Pero sé que Dios no es un Dios egoísta, que solo está preocupado en que sus hijos lo obedezcan, sino que él es un padre amoroso, que desea su bienestar.
No continúes hiriéndote, solo por "miedo de sentirte sola"; a fin de cuen­tas, la soledad no es apenas una condición: es un estado de ánimo. Viviendo sin Jesús, puedes sentirte sola, a pesar de tener la compañía de otra persona.
                                            Tomado del Libro de Meditaciones 2011, del Pr. Alejandro Bullón.
Hacía algunos meses que Maira olvidaba las cosas. Su mente retroce­día, acelerada, hacia algún lugar donde ella se escondía. En ese extraño mundo, el olvido no tenía importancia; ni los recuerdos. Tampoco la alegría o la tristeza. Aquel universo estaba construido de vacío. Ella andaba, aparen­temente insensible, por los rincones de su propio universo.
Pero, la familia sufría. La tenían como referente. El esposo había fallecido varios años atrás, y ella era la matriarca. Verla en ese estado los dejaba como un día sin sol.
Fue en esas circunstancias que la hija mayor me buscó, con una pregun­ta: ¿Por qué Dios no la hace descansar? ¿Qué sentido tiene la vida, en ese estado?. La palabra de Dios dice: Hermanos míos, tened por sumo gozo cuando os halléis en diversas pruebas( Santiago 1:2).
¡Pruebas! Las encontramos todos los días. El versículo de hoy usa la ex­presión "diversas pruebas". El enemigo viene por todos los lados: es la pér­dida del empleo; un divorcio doloroso; el descubrimiento de que el hijo está en las drogas; la traición del mejor amigo; las injusticias del trabajo, en fin...
Pero, Santiago dice que debes alegrarte cuando te veas atravesando el valle de las pruebas. ¿No es demasiado pedir? En el original griego, la palabra "pruebas", peirasmos, literalmente significa estado de lucha mental en el que te ves inclinado a separarte de Dios.
Tal vez, esto lo explique todo. Cuando el enemigo coloca pruebas en tu camino, su objetivo es separarte de Dios; hacerte creer que es el Señor quien te envía el dolor. Si en ese momento te vuelves en contra de Dios, el enemigo ha logrado su objetivo. Pero, si en el instante de la prueba te vuelves hacia Dios, entiendes que el dolor puede constituir un instrumento de edificación.
Todo depende de la perspectiva de la realidad. El presente estado de cosas no es el fin; no juzgues las actitudes divinas cuando el trabajo aún no ha sido terminado. Si tu visión del mundo es materialista, las pruebas son motivo de tristeza. Si es espiritual, serán motivo de agradecimiento y de gozo. Es en el fuego que el oro se refina. ¡Y tú eres oro!
Por eso hoy, a despecho de lo que puedas estar viviendo, levanta las ma­nos al cielo y agradece. Después, parte confiado para enfrentar las dificul­tades de la vida. Porque, "hermanos míos, tened por sumo gozo cuando os halléis en diversas pruebas".
                                           Tomado del Libro de Meditaciones 2011, del Pr. Alejandro Bullón.

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