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Estoy sentada frente a la cama de mi madre. El cáncer la está consumiendo. Se ha hecho lo humana y científicamente posible, pero el mal avanza dejando en el camino sus estragos. Alimentación, radioterapia, ingresos… pero no se detiene y, como si fuera un pulpo, está estrangulando la vida de uno de los seres que más amo.
¡Oh, Dios mío! Si no fuera por tu amor, no podría soportarlo. Me siento impotente y lo que quiero hacer es darle mi vida para que ella pueda vivir; mis pulmones para que pueda respirar; mi garganta, mi lengua y mis cuerdas vocales para que pueda degustar alimentos y comunicarse con palabras dulces y llenas de amor. Pero por más que me afano, la vida se le va.
Cuando el médico me dijo que podría darle un paro respiratorio, me asusté ante la idea de que pueda morir asfixiada; pero fue peor cuando me dijeron que tras la cirugía no podrá hablar. Qué tristeza no poder escucharla más. Qué dolor vi queriendo expresarse sin lograrlo. Entonces le dije: “Nadie te podrá quitar los pensamientos, porque son puros y están conectados con Dios. Podrás comunicarte con Jesús cuantas veces quieras y nadie te interrumpirá”. Ella sonrió, y sobre sus mejillas corrieron muchas lágrimas. Entonces la abracé y le dije: “Juntas lucharemos y sentiremos el amor de Jesús en nuestras vidas hasta el final. Su presencia será nuestra luz para iluminarnos a hacer lo mejor por ti. Su amor será nuestro soporte; y su sangre, nuestra salvación. Cuando Jesús regrese, estarás restaurada, completa y feliz, para vivir junto a él, porque Jesús dio su vida para que tú y yo vivamos eternamente”.
Llegaron los médicos, los capellanes y un grupo coral. Sonrió, pidió algunos himnos y quiso abrazarnos a todos; se incorporó como pudo para la oración se esforzó para hablar: “Señor, alabado sea tu nombre, porque eres un Dios bueno.  Nada de lo que has hecho es malo. Eres un Dios perdonador. Te doy gracias por la vida y tus cuidados; porque sé que estás conmigo. Te amo con todo mi corazón y ruego tu bendición en el nombre de Jesús, amén”.
Agradezco a Dios por mi madre; no pudo haberme tocado una mejor. Era la madre que yo necesitaba y Dios lo sabía. Recuerdo que cuando teníamos que ir al colegio nos despertaba tocando el piano para que no tuviéramos sobresaltos. Lo mismo hacía en las noches: nos tocaba himnos, luego del culto, para ir a dormir y descansar en paz; la misma paz que está sintiendo en lo que le resta de vida. Gracias mi Dios, gracias por haberla elegido para que fuera mi mamita, un regalo del Cielo con quien, junto a ti, viviré por la eternidad.
María del Pilar Calle de Hengen, Uruguay
Tomado de: Lecturas devocionales para Damas 2014
“De mujer a mujer”
Por: Pilar Calle de Hengen

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