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Cierto día de octubre, en la hora del almuerzo, Lucía buscó a Roberta.
–No sé qué hacer. Mi vida es un completo caos.
–¿Qué pasó?
–Mi hija, de apenas trece años, está embarazada. ¿Qué hice para merecer esto? Yo me mato trabajando para poder sustentar a mis dos hijos; el padre de ellos está preso. Estoy sola, ¡no sé qué más hacer!
–Tú no estás sola.
–¿Cómo que no?
–¿Por qué no le das una oportunidad a Jesús?
–Otra vez vienes con ese asunto de la religión.
–¿Sabes, Lucía? Todo ser humano tiene problemas. La diferencia es la actitud con la que los encaramos. Y esa actitud depende de la certeza de saber que jamás estamos solos.
–Pero, yo estoy sola. Mis familiares están lejos, y no sé nada de ellos hace muchos años.
–No, mi amiga, tú no estás sola. Yo estoy aquí.
–Muchas gracias.
–Solo que yo no estoy hablando solamente de mi amistad; me refiero a alguien que realmente puede ayudarte. Te estoy hablando de Jesús. Mira, no digas nada, solo escucha este versículo de la Biblia.
Roberta fue hasta su mesa de trabajo, sacó una Biblia del cajón y leyó:
–“¿Puede una madre olvidar a su niño de pecho, y dejar de amar al hijo que ha dado a luz? Aun cuando ella lo olvidara, ¡yo no te olvidaré!” (Isaías 49:15).*
Los ojos de Lucía reflejaron emoción.
–Eso ¿está en la Biblia?
–Velo con tus propios ojos.
–Pero ¿por qué tú crees que ese libro es la Palabra de Dios?
–Existen varias razones. La primera es que los escritores bíblicos afirman que ellos escribieron por mandato divino. Por ejemplo, el apóstol Pablo dice: “Toda la Escritura es inspirada por Dios y útil para enseñar, para reprender, para corregir y para instruir en la justicia” (2 Timoteo 3:16). Hay dos pensamientos en ese texto: el primero es que toda la Sagra­da Escritura fue inspirada por Dios, y el segundo es que Dios nos dejó su Palabra para que sirva como instrucción, enseñanza y reprensión. Es inútil intentar ser feliz sin el conocimiento de la Palabra de Dios.
–No sé, amiga. Me gusta ver la confianza que tú tienes en ese libro, pero cualquier persona podría haber escrito eso y después afirmar que fue inspirada por Dios.
–Es verdad. Pero existen otras razones para creer que este libro es inspirado por Dios. Por ejemplo, la unidad de pensamiento. La Biblia fue escrita en un período de mil quinientos años. Moisés, que fue el primer autor, vivió quince siglos antes que San Juan, el último de los escritores. Muchos de los cuarenta escritores no se conocieron entre ellos; sin embargo, si tú lees la Biblia, vas a ver que existe una unidadde pensamiento asombrosa. Es como si un día los cuarenta escritores se hubieran reunido y hubiesen combinado qué parte le corresponde­ría escribir a cada uno. Lucía parecía desconcertada. Por primera vez, mostraba algún interés en asuntos espirituales. Hasta aquel día, daba la impresión de haber vivido simplemente por vivir, sin nunca haberse preguntado cuál era la razón de su existencia. Miró el reloj; todavía faltaban quince minutos para volver al trabajo.
–Tú sabes que para mí es difícil creer en esas cosas de la religión. Las personas más apegadas a la Biblia que conocí fueron las que más me decepcionaron.
–Tal vez porque solamente conocían la teoría; quizá porque ellas nunca conocieron al Autor personalmente.
–Pero ¿eso es posible?
–Escucha lo que dice aquí: “Ustedes estudian con diligencia las Es­crituras porque piensan que en ellas hallan la vida eterna. ¡Y son ellas las que dan testimonio en mi favor!” (S. Juan 5:39). Quien dice eso es el propio Jesús. Él desea que tú lo conozcas y descubras que puedes confiar en él y en sus promesas.
–Hummm…
–Hay más. Escucha: “y conocerán la verdad, y la verdad los hará libres” (S. Juan 8:32).
–¿Me va a liberar de qué?
–De todo eso que estás sintiendo. Del miedo, de la aflicción, de la desesperación, de la soledad. Jesús dice: “El ladrón no viene más que a robar, matar y destruir; yo he venido para que tengan vida, y la tengan en abundancia” (S. Juan 10:10). ¿Te das cuenta? Él desea que tengas una vida abundante. Pero, para eso, necesitas confiar en la Biblia.
A esa altura, la sirena de la fábrica indicaba la hora de reiniciar las ac­tividades. Las dos se dirigieron a sus puestos de trabajo, y Lucía decidió:
–Tenemos que seguir hablando sobre este asunto.
Roberta se sonrió.
Las horas de la tarde pasaron con rapidez. A la salida, Lucía esperaba a Roberta.
–Quiero saber más de lo que estábamos hablando, pero necesito correr a casa; les prometí a mis hijos que hoy llegaría temprano.
–Te acompaño. Podemos conversar en el viaje.
–¿No va a ser tarde para ti?
–Un poco… pero no hay problema.
En el ómnibus, mientras viajaban, Roberta le habló de las profecías, como una prueba más de la inspiración de la Biblia.
–Mira lo que el profeta Isaías escribió más de dos mil setecientos años atrás: “Él reina sobre la bóveda de la tierra, cuyos habitantes son como langostas. Él extiende los cielos como un toldo, y los desplie­ga como carpa para ser habitada” (Isaías 40:22). ¿Sabes? Durante siglos, la ciencia afirmaba que la Tierra era plana; sin embargo, la Biblia ya decía que era redonda. Cristóbal Colón probó la veracidad de la Biblia al llegar a América el 12 de octubre de 1492.
–Eso es asombroso. No lo sabía.
–Existen muchas cosas que las personas ignoran. Por ejemplo: la ma­nera extraordinaria en que la Biblia describe proféticamente la historia del mundo, desde los tiempos del Imperio Babilónico hasta nuestros días.
–¿Dónde está eso?
–Aquí, en el capítulo 2 de Daniel. Podemos leer al llegar a tu casa. En esa profecía, la Biblia presenta el desfile de los imperios que domi­naron al mundo desde los tiempos de un rey llamado Nabucodonosor, pasando por el imperio de los medopersas, el Imperio Griego bajo el comando de Alejandro Magno, y después por el Imperio Romano. Se menciona también la caída de Roma, y el intento siempre fallido de muchas naciones para dominar el mundo. La Biblia dice que, después de la división del Imperio Romano entre las diez tribus bárbaras que vivían en las áreas próximas a sus márgenes, nunca más se levantaría un imperio con aquel alcance y poderío. En nuestros días, el señor Jesús regresará a este mundo para colocar un punto final a la historia del pecado.
–¿En nuestros días? Tú estás jugando conmigo…
–No. No estoy jugando. Mira lo que dice aquí: “En los días de estos reyes el Dios del cielo establecerá un reino que jamás será destruido ni entregado a otro pueblo, sino que permanecerá para siempre y hará pedazos a todos estos reinos” (Daniel 2:44).
–¿Qué reyes son esos?

–Se refiere a nuestros días; los días en los que ya no existe más un reino que domine el mundo. En esos días, Dios establecerá su Reino para siempre, y eso sucederá con el regreso de Jesús a la Tierra.
( Esta historia continuará.... )

                                      Tomada de:  La Única Esperanza de Alejandro Bullon.

JOHN CARLOS SOTIL LUJAN 

DIRECTOR DEL WEB BLOG - REFLEXIONES PARA VIVIR

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