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Un caballero elegante, de traje oscuro, salió del aeropuerto John F. Kennedy, en Nueva York, con apenas el equipaje de mano. Abandonó el lugar, apresurado, dejando abandonada su valija de viaje. En la puerta, tomó un taxi en dirección a Queens. Bajó en aquel barrio, de mayoría latina, y tomó otro taxi que lo llevaría a su verdadero destino: Newark, Estado de Nueva Jersey.
Pedro, joven empresario del ramo de la informática, estaba agitado. Sintió que el corazón se le salía por la boca. Su empresa estaba quebra­da, pero nada justifica lo que estaba haciendo últimamente. Ese era el tercer viaje en el que transportaba narcóticos. Las dos primeras veces, salió todo bien. Esta vez, repentinamente, el pánico se apoderó de él: presintió que sería descubierto; le sacó la etiqueta de identificación y abandonó la valija.
Dos horas después, del otro lado del puente, en Newark, se dirigió a la casa de Jair, que ignoraba las actividades ilícitas de este amigo de la infancia. Crecieron juntos, jugaron al fútbol, pescaron juntos y juntos salieron muchas veces para conquistar chicas, hasta que la vida los llevó por caminos diferentes.
Años después, ellos se reencontraron accidentalmente en la puer­ta del Hotel Pensilvania, delante del Madison Square Garden, en Nueva York. Jair había cambiado bastante. Parecía más serio. Casado con Laura, era padre de dos hermosos hijos. Se había transformado en un cristiano fervoroso. Pedro continuaba soltero, se aproximaba a los cua­renta años y vivía la “vida loca”, como a él mismo le gustaba definir.
En aquel día del mes de julio, en Newark, al abrir la puerta, Jair perci­bió que algo extraño había sucedido con el amigo de su niñez y, después de abrazarlo, le preguntó:
–¿Qué pasó? Estás blanco como la cera.
–No pasó nada. Creo que es solamente el cansancio del viaje.
–No es cansancio… Creo que estás enfermo… pero quédate tranqui­lo, te quedarás en el mismo dormitorio en el que estuviste la otra vez.
Pedro entró. Se sintió sucio y desleal con el amigo que bondadosamente le abría las puertas de su casa. ¿Qué podía hacer? ¿Salir co­rriendo y nunca más regresar? ¿Abrirle el corazón y confesar que estaba poniendo en riesgo la seguridad de la familia que lo hospedaba? Jair no merecía lo que él estaba haciendo. Ese sentimiento lo perturbó profundamente.
Minutos después, debajo de la ducha, sintiendo el agua correr por el cuerpo, él lloró. ¡Cómo deseaba que aquella agua fresca limpiara tam­bién su alma de las incoherencias de su existencia! Nadie podía llamar “vida” a la sucesión interminable de noches y días huecos en que se habían transformado sus jornadas. El pavor y la desesperación tomaban cuenta de él al pensar en la idea de que la policía podía descubrir quién era el dueño de aquella valija abandonada en el aeropuerto.
Por algún motivo, que no consiguió identificar en aquel instante, se acordó de Marta, la joven que había abandonado cuando supo que es­taba embarazada. Él tenía un hijo al que nunca había querido ver. ¿Por dónde andaría Marta? ¿Cómo estaría la persona que él, un padre ausente y débil, jamás conoció por no tener el coraje de hacerse cargo?
La empresa de informática que había abierto hacía cinco años mar­chaba a todo vapor al inicio, pero poco a poco entró en colapso. Él era el único culpable. Vivía en forma extravagante. Gastaba más de lo que ganaba. Así, comprometió el capital de la empresa.
Al ver que el barco se hundía, hizo de todo para salvar el patrimo­nio, pero no lo logró. Creyó que en poco tiempo conseguiría el dinero para salir de esa situación desastrosa, y ponerle fin a su carrera como marginal. Repentinamente, aquel día en el aeropuerto, sintió que ese camino no era el suyo, experimentó miedo, se descubrió débil y huyó como un niño asustado.
Al llegar la noche, sentado a la mesa de la familia para la cena, Pe­dro se mostró silencioso e introvertido. No era el mismo que en otras ocasiones.
–¿Qué pasó, Pedro, estás enfermo? –le preguntó Laura.
–¿Por qué? Jair me preguntó exactamente lo mismo cuando llegué.
–Estás diferente, tío –afirmó el hijo de la familia.
–No. No es nada –respondió el visitante, emocionado al ver la es­cena familiar.
Pedro conocía muchas familias, pero ninguna como aquella. Se respiraba felicidad en aquel ambiente. Sin embargo, un torbellino de pensamientos amedrentadores lo incomodaba aquel día. ¿Cómo enfren­tar la deuda? La valija abandonada significaba mucho dinero. Él tenía que huir. Algo le decía que estaba siendo vigilado. ¿O aquel sentimiento fue apenas fruto de su imaginación? ¿Y si lo identificaban? ¿Y si los po­licías golpearan la puerta de la casa de su amigo? ¿Arruinar a aquella hermosa familia? ¿Comprometerla con la justicia? El corazón era un remolino de sentimientos que no lograba contener. Pidió permiso en la mitad de la cena, y se retiró.
En el silencio de su dormitorio, lloró. ¿Qué era lo que estaba pasan­do con él? Ese no era el Pedro que él mismo conocía. ¿Por qué tantos escrúpulos, tanto temor, tanto remordimiento?
Una hora más tarde, Jair golpeó la puerta.
–¿Puedo hablar contigo?
–Entra.
–¿Qué sucede? ¿Estás con algún problema? ¿Quieres hablar?
–No es nada. Creo que me emocioné al ver tu hermosa familia, feliz… No sé, ustedes son diferentes.
–Somos cristianos. Jesús es huésped permanente en este hogar.
–¿Sabes que siento envidia de ustedes? Quería tanto ser feliz, tener esa paz que siento cada vez que llego aquí, pero mi vida está de cabeza para abajo.
–¿Quieres saber? Nosotros no siempre fuimos así. Tres años atrás, estábamos a punto de divorciarnos. Estuvimos separados uno del otro durante dos o tres meses. Yo creía que mi vida había llegado a su fin. Amo a mi esposa, pero, a pesar de eso, había provocado la separación.
–¿Tú?

–Sí… fui infiel.
( Esta historia continuará.... )

                                   Tomada de:  La Única Esperanza de Alejandro Bullon.

JOHN CARLOS SOTIL LUJAN 

DIRECTOR DEL WEB BLOG - REFLEXIONES PARA VIVIR

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